Hasta que la muerte nos reúna. Capítulo 6

- ¡Silvia! –afirmé
- La misma, que viste y calza. –contestó
- Pensé que te marchabas con tus amigos. –me acerqué al surtidor para repostar
- Creí…-noté cierta duda en sus palabras-… que a lo mejor querías compañía.
Me quedé mirándola fijamente. Percibí cierta vergüenza al hablar.
- Te han abandonado, ¿verdad? –pregunté firmemente
Me retiró la mirada, y bajó la cabeza. Estaba nerviosa.
- Dime, ¿te han dejado tirada? –insistí
- Es que… -no sabía que decirme
- No me tienes que dar explicaciones. –no dejé que continuara.
Terminé de repostar y me metí en el coche. No estaba furioso con ella ni mucho menos.
- Estamos haciendo mucho ruido. –dije mientras cerraba la puerta
Ella entendió que la estaba rechazando y dio media vuelta para irse. Entonces bajé la ventanilla.
- ¿Te vas a subir o qué? –terminé de hacerla sufrir
Me miró desafiante y leí sus labios: “hijo de puta”. Pero abrió la puerta del copiloto y tiró el macuto en la parte de atrás.
- Eres un cabrón, ¿lo sabes? –me dijo medio en broma antes de que le saliese una carcajada.
Salimos de la gasolinera. Conduje por la carretera principal varios kilómetros a una velocidad alta. Hasta que se nos cruzó un infectado que deambulaba por mitad de la calzada. Al tener que hacer maniobra para no estrellarnos, bajé la velocidad el resto del camino. Este viaje ayudó mucho a conocernos. Supe que era catorce años menor que yo. Aún vivía con sus padres cuando comenzó todo. Ellos enfermaron, fueron al hospital, y nunca más los volvió a ver. Se reunió con unos amigos, que planearon irse a los aledaños del pueblo con las tiendas de campaña. Sobre todo al ver a los primeros atacantes. Cuando la conocí era su primera expedición. Del grupo de amigos, salieron cuatro, incluida ella. Los otros tres se quedaron en el campamento. Después me contó que al llegar donde acamparon, justo después de separarnos, no quedaba nadie. Tan solo una tienda caída. Supuso que fueron atacados y no les dio tiempo a recogerlo todo.
Cuando estábamos llegando al siguiente pueblo, a unos veinte kilómetros de la gasolinera, me fijé en una casa de campo. Justo en la entrada estaba aparcado un coche. Mi coche. Mi Ford Fiesta. El frenazo que di, hizo que Silvia se golpeara levemente con el salpicadero.
- ¿Qué haces? –preguntó furiosa
- Ese es mi coche. –le señalé el camino
- ¿Y? –dijo incrédula- Ahora tienes uno mejor.
- No es por eso. Es por orgullo. Además, se llevaron también una foto de mi familia y mi cartera.
- No deberías enfrentarte a nadie por eso. Seguro que lo cogieron creyendo que estaba abandonado como la mayoría. –trató de convencerme.
Di marcha atrás hasta la entrada de un camino. Conduje hasta la casa de campo. Aparqué justo detrás de mi Ford. Me bajé y comprobé que fuera el mío. En ese momento, de la casa salieron dos tipos jóvenes. De unos veinte años. Veinticinco como máximo.
- ¡Eh tú! –me gritó uno de ellos.- ¿Qué cojones estás haciendo?
- Este coche es mío. Me lo robasteis de la gasolinera cuando estábamos siendo atacados. –recriminé
El más alto, sacó una llave inglesa y se dirigió hacia mí. Por un momento pensé que me golpearía con ella.
- Perdiste tu coche por abandonarlo –me señaló con la llave inglesa a la altura de mi boca- Pero como no te pires de aquí ya, vas a perder algo más.
Dudé por un momento que contestar.
- El coche me da igual –dije tratando de que bajara la llave-, tan solo déjame coger de la guantera una foto de mi familia y mi cartera. Solo os pido eso.
El chico hizo el simulacro de golpearme con ella. Mi instinto hizo que me tapara la cara con los brazos. Los dos chicos comenzaron a reírse de mí. Silvia salió del coche.
- Venga tíos, -se dirigió a los dos- dejadle que recupere sus fotos y nos largamos.
- Anda, mira a quien tenemos aquí –dijo el que aún seguía en la puerta- Nuestra camarera favorita.
Intuí claramente, que se conocían.
- Silvia, -sonó otra voz más grave- dile a tu amigo que lo que es nuestro no lo compartimos
Un hombre de más edad y bastante desmejorado apareció por la puerta. Con rasgos propios de la raza gitana.
- Tan solo es una maldita fotografía de mi familia, -dije algo malhumorado.
Aquel hombre se dirigió hacia mí. Se quedó junto a la puerta del Ford.
- ¿Solo eso? –preguntó irónico
- Solo eso. –afirmé
Aquel hombre abrió la puerta del copiloto.
- Busca tu puta fotografía y vete. –ordenó
En ese instante Silvia me agarró del brazo.
- No lo hagas –me advirtió
La miré extrañada. Aquel hombre solo me permitía recuperar mi fotografía, y era lo único que necesitaba. Me acerqué hasta el coche, con la puerta ya abierta. Me hizo la señal de que me daba permiso para entrar. Me agaché para abrir la guantera. Aquel hombre cerró la puerta bruscamente golpeando mi cabeza, atrapándola entra la puerta y el marco. Lo repitió de nuevo, pero ya estaba medio inconsciente. Caí en el suelo. Solo escuchaba un pitido en los oídos, así, como un fuerte dolor en la sien. Además de verlo todo borroso. Segundos más tarde, noté un dolor intenso en mi abdomen. Supe en ese instante que alguno de los tres me dio una patada. El pitido no me dejaba escuchar nada. Aunque intuía que algo le estaban diciendo a Silvia. Temí por ella. Traté de levantarme. Sin embargo, me estaban levantando entre dos. Trataba de hablar pero no me salían las palabras. De pronto, todo a mí alrededor se oscureció.
Al despertarme estaba tumbado en la parte de atrás de mi coche nuevo. La cabeza me dolía mucho. El estómago no tanto. No vi a Silvia por ningún lado. Me levanté a duras penas y salí del coche. Estaba oscureciendo y el lugar no me era familiar. Dos metros más adelante estaba el macuto de Silvia en el suelo. Cerca de un árbol. Silvia apareció por detrás con algunas ramas y troncos pequeños. Al verme levantado, se acercó a mí.
- ¿Qué tal te encuentras? –preguntó preocupada
- Me duele bastante la cabeza. –contesté con resignación
- Te advertí que no te metieras con ellos. –dijo algo molesta
- ¿De que los conoces? –pregunté intrigado
- Tomas, el hombre que te ha dado la paliza, -relataba- era muy amigo de mi padre. Los otros dos, son sus sobrinos.
Me apoyé en el capó del coche. Estaba algo mareado. Silvia me ayudo a sentarme cerca del árbol. Mientras encendía una hoguera.
- Tuve que hacerte caso. –le dije
- Ya no tiene importancia. –una llamarada casi me abrasa- Entremos un poco en calor. Aunque estemos a la intemperie, será mejor que estar dentro del coche.
Me explicó que ellos mismos me metieron en el coche, y como cortesía por la amistad con su padre, no me hicieron más. Cuando pudo sacar unas ascuas del fuego, colocó un recipiente metálico en ellas. Vació un bote de lentejas precocinadas y esperó a que estuvieran lo suficientemente calientes. Me tendió una cuchara, se colocó a mi lado y ambos comimos del recipiente. Silvia, cada vez me parecía mejor persona. Hicimos turnos para dormir. Cada dos o tres horas uno hacia guardia. Por suerte, no tuvimos problemas. En mi último turno, esperé a que se despertase. Estaba metida en un saco de dormir. Me quedé observándola. “¿me estaré colando por esta chica?” Cuando se despertó, serian alrededor de las diez de la mañana. El sol calentaba y el día era esplendido. En uno de los vasos metálicos calenté algo de agua. En el que disolví un sobre de café que recogí de la tienda.
- ¿Te gusta el café? –pregunté ofreciéndola
- ¡Oh por dios sí! –contestó- encima calentito…
Enseguida preparé otro para mí. Al terminar, recogimos todo y lo metimos en el coche. Al sentarnos de nuevo, le pregunté si de verdad quería acompañarme a buscar a mi familia. Ella afirmó y nos pusimos en marcha. Al no conocer el lugar, me fue indicando por donde vino cuando me trajo inconsciente. Tras unos minutos nos incorporamos de nuevo a la carretera principal. No todo iba a ser de color de rosa. Allí nos estaban esperando Tomás y sus sobrinos con mi Ford. Me quedé pasmado sin saber qué hacer. Silvia tampoco se pronunció. Se bajaron del coche, cada uno con un arma distinta. La llave inglesa me era familiar. Los otros dos con un hacha y una barra de metal, respectivamente.
- ¡Venga! ¡Bajad del coche! –gritó Tomás
Silvia bajó la ventanilla y se asomó.
- Tomás, creo que ya tuvo suficiente. Lo ha entendido. –trató de persuadirlo
- ¡He dicho que bajéis del coche! –gritó mucho más enfadado.
Esta vez note a Silvia más aterrorizada. Lo que me asustó si cabe aún más. Nos miramos con temor. Pero al final accedimos. No sin antes guardarme el puñal en la parte de atrás del pantalón. Silvia lo vio, pero no dijo nada. Esta vez creo que me estaba dando la razón. Cuando nos bajamos comenzaron a acercarse. Nosotros permanecimos junto al coche.
- Silvia, cariño. No sé qué le has visto a este pringado. –dijo burlescamente el más alto.
- Ja…-rio Silvia-… ¿no me digas que aún no lo has superado?
¿Superado? ¿Qué tenía que superar? Entonces me di cuenta. Tenía que ser su ex novio o parecido.
- Vete a la mierda, puta. –la insultó
- Vete a la mierda tú, tío. Entre nosotros no hubo nada. –le recriminó- Tonteamos un poco y punto. Pero no. Tu tenías que ir mas allá.
- ¡Callaos ya! –gritó Tomas- Silvia, no tengo intención de haceros nada. Al menos a ti no, si colaboras.
- ¿Qué quieres? –me atreví a intervenir
Tomas se dirigió hacia a mí con violencia.
- ¿Quieres que te reviente como ayer? –se quedó a escasos centímetros de mi cara
- No. –dije firme, aunque me temblaba todo por dentro- Solo quiero irme de aquí sin que haya más violencia.
- Eso mismo quiero yo. –levantó una mano- Dame las llaves.
No podía ser. Otra vez no. Y menos tan lejos de cualquier pueblo o ciudad.
- ¿Es que no me has oído? –me agarró del cuello
Enseguida me llevé la mano a la espalda. Saqué mi puñal y lo clavé en el cuello. La sangre me salpicó en toda la cara. Empezó a decir algo pero no le entendía. Se llevó las manos al cuello y gorgoteaba. En ese momento, los otros dos corrieron a socorrer a su tío. Yo me quedé paralizado. Había acuchillado a un hombre vivo. Una cosa era hacerlo con los infectados, y otra cosa diferente era esto. Miré a Silvia, que me miraba aterrorizada. Uno de los chavales me golpeó con la llave en el hombro. Retrocedí unos metros más atrás, dolorido. Pero cuando el segundo se me acercó, Silvia se tiró encima de él haciéndolo caer al suelo. El forcejeo lo ganó el chico. Cuando la tuvo boca arriba y se disponía a golpearla con la barra de hierro, corrí hacia ellos, dándole un empujón. Entre el dolor del golpe con la llave y la caída, vi las estrellas. Mi puñal salió volando. Quedó cerca de Silvia. Que se apresuró a cogerlo, mientras el chaval de la llave se disponía a atacarla. Ella se lo clavó en el costado. El chaval se retorcía de dolor en el suelo. El destino quiso que la barra de metal que el otro joven blandía, no acertase a golpearme. Si lo hubiera hecho, seguramente no lo hubiera contado. Me levanté lo más rápido que pude y me abalancé contra él. Nos dimos puñetazos por todos lados hasta que Silvia le dejó inconsciente con su propio arma. Cuando los dos nos cercioramos de que no corríamos más peligro, nos abrazamos. Temblábamos.
- Ayúdame –me susurró al oído.
Cuando me retiré, descubrí toda la ropa de su costado izquierdo empapado de sangre. Se desplomó sobre mí.

Comentarios