Micro relato 2 (Hasta que la muerte nos reúna)

Desde dentro de la celda podía escuchar cierto revuelo en la zona común. Santiago no solía relacionarse a menudo con el resto de presos. Tan solo cuando coincidían en el comedor o las duchas. Cuando ingresó tenía veinticinco años. Aquella trifulca en la entrada de la discoteca, se saldó con dos homicidios por su parte. Dos de los chicos acabaron muertos de una paliza. Su complexión atlética le jugó una mala pasada. Para cuando se dio cuenta, los cuerpos yacían ya sin vida en la acera. Admitió todo ante el juez, que le condenó a cinco años por cada uno.
Habían pasado tan solo tres, pero su sensación era de mucho mas. En todo este tiempo, su comportamiento era casi ejemplar. Digo casi, pues al poco de entrar tuvo que defenderse de algunos presos. Comparte celda con Germán. Le pillaron en el aeropuerto tratando de pasar varios kilos de cocaína. Con casi sesenta años, lleva quince encerrado allí.
El revuelo que antes se escuchaba en el patio, ahora lo había en la sala de televisión. Parecía importante, pues los carceleros enseguida hicieron sonar la alarma para entrar en las celdas. Algo inusual, pues eran las once y diez de la mañana. Germán llegó enseguida. Con cara de incredulidad. Una vez todos los presos estaban en sus celdas, las puertas automáticas se cerraron.
Germán trató de explicarle, mientras orinaba, que la ciudad estaba en cuarentena. Cierto virus estaba haciendo estragos en la población, y los hospitales estaban colapsados.
Pasaban las horas, y Santi continuaba con su libro como si no pasase nada. Sin embargo, su compañero, se mostraba mas nervioso que de costumbre.
Pasada la media noche, varios helicópteros y algun avión militar sobrevoló los aledaños de la penitenciaría. Santi se despertó ante la atenta mirada de Germán. Se encontraba sentado en su catre con cara de espanto.
Afuera, algunos de los presos gritaban para que les dejasen salir. Algunos pedían auxilio. Tanto para ellos como para sus compañeros. Ninguno de los carceleros les hizo caso y continuaron su guardia como si nada. Santiago, trató de que se tranquilizara su compañero. Finalmente lo consiguió cerca de las cuatro de la madrugada. Entonces fue cuando él, también, consiguió dormirse.
La puerta se abrió y antes de que pudiera acercarse, dejaron o mas bien tiraron dos bandejas de comida. Cerraron enseguida. Germán se despertó a duras penas y preguntó la hora.
- Es casi la una y media. -contestó Santiago.

Sin mediar palabra, el anciano preso recolocó como pudo parte de su comida vertida, de nuevo en la bandeja y se sentó en su cama. Daba bocados pequeños, pero excesivamente consecutivos a una salchicha ya fria. La actitud del carcelero, mosqueó a Santiago que miraba insistentemente por el ojo de buey de la celda. Ya no conseguía ver a ningún guardia ni a otros presos.

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