La nieve los trajo. Capítulo 25.

Capítulo 25.


A cada momento aparecían más muertos, y desde todas direcciones. El ruido del camión los había estado atrayendo. Patri, con ayuda de Vergara y Héctor los abatían, pero en breve se quedarían sin munición. Eli y Mónica, por su parte se encargaron de distraer a los niños. Raúl, continuaba sin despertar. Cada rato, Mónica le tocaba el pecho, con el fin de notar el bombeo de su corazón. Si bien, el peligro no era descabellado, las fuerzas empezaban a mermar. Héctor había adquirido una extraña y rápida habilidad para disparar un arma de pequeño calibre. Como si uno de sus videojuegos, se tratase, se lo tomaba tan en serio que daba hasta miedo la fina puntería con la que acertaba en las cabezas de aquellos desgraciados. 

- Como no vengan pronto, tendremos que hacerlo cuerpo a cuerpo. –informó Vergara al resto- Me queda solo un cargador.

- Toma –dijo Patri, lanzándole uno de los suyos- ¿Cómo vas Héctor?

- Dos cargadores. –dijo después de abatir a un no muerto.


No tuvieron que gastarlos. Pues habían acabado con todos. Aquel prado tenía un aspecto horrible con tantos cadáveres sobre él. Casi desvanecidos, se sentaron en la parte trasera del camión. 

- ¿No quedan más? –preguntó Eli preocupada. 

- Por el momento no. Pero con el ruido que hemos provocado, no tardaran en llegar. Deberíamos ir pensando en movernos. –contestó Patri.

- Pablo dijo que no nos moviéramos. –dijo Mónica con enfado- Además, ¿Cómo cargaríamos a Raúl?

- Llevamos horas aquí fuera. Se tendría que haber despertado ya.

- ¿No estarás queriendo decir…? –se levantó para encararse con él.

- Supéralo ya. –le dijo un crispado Patri.


Ante eso, Mónica no pudo resistirse y le dio un puñetazo en la cara. Este no parecía esperárselo, pues ni siquiera trató de esquivarlo. Del labio le brotaba un poso de sangre, debido al golpe. Tan solo se levantó, golpeó con fuerza la pared del camión y se bajó farfullando algo que no escucharon con claridad. 

- Déjalo… -dijo Vergara. Un soldado de mediana edad, con la cara colorada y erupciones en las mejillas. Como aquellos que beben en exceso. Los claros ojos verdes la miraban-… todos estamos cansados. Se le pasará.


No obstante, las palabras de Patri, revoloteaban en la cabeza de Mónica. En cierto modo llevaba razón. Eran demasiadas horas sin que Raúl diese síntomas de despertar. Desde que comenzó todo, se había mantenido al margen y se dedicó a cuidar a la pequeña Rebeca. Nunca había tenido que enfrentarse a un muerto. Eso hizo que notara cierta inseguridad. Eli, por su parte, desde que se vio acorralada en su propia casa a los pocos días, tampoco tuvo un encuentro frente a frente con uno de ellos. Los pequeños, sobre todo Rebeca, eran ajenos de los peligros que los acechaban. Hugo sí que lo era, pero era solo un crio que hasta hace nada, su principal preocupación era entregar a tiempo las fichas del colegio. 

Vergara, se encargó de que todos recibieran su ración de comida y agua. Varias latas de conservas, sustraídas del campamento. El único que la negó fue Patri, que se había subido en lo alto del camión y observaba el horizonte con preocupación. El silencio era sepulcral. El revoloteo de una bandada de pájaros, fue el único ruido que se escuchaba. Eso era señal, de que la muerte se acercaba por esa dirección. No tardaron en aparecer. Por suerte, era un grupo de tres que caminaba con lentitud en paralelo a ellos. Calculó que a unos cien o ciento cincuenta metros. No dejó de observarlos, hasta que se perdieron en el horizonte. 


***


Aquellos ojos que lo observaban, se abrieron aún más y desaparecieron. Cuando Reina se repuso del susto, empujó con decisión aquella puerta. Era evidente, que quien fuera aquella persona, era la causante de que no le permitiera abrirla. Estaba en lo cierto. Era un pasillo ancho, que desembocaba en los servicios. Corrió hacia la galería y miró hacia ambos lados. Se encontraba en la segunda planta del centro comercial. A su derecha, vio una figura desaparecer a toda prisa por otro pasillo. Reina corrió hacia él, dejando atrás todos los negocios, ahora cerrados. Al final de ese pasillo había otro dos que se bifurcaban en forma de “Y”. Lo había perdido. Pero de pronto se dio cuenta, que no se había tropezado con ningún hostil. Con más calma, exploró aquella planta. Aquella persona, se había ocupado de encerrarlos a todos, en los negocios con las verjas de seguridad más eficientes. Bajó hasta la planta baja, por unas escaleras mecánicas, que no funcionaban. Tenía la curiosidad, de saber dónde estaban los hostiles que se amontonaban en la puerta principal. Se sorprendió de no haberlo intuido antes. Este tipo de lugares, a cada ciertos metros, se bajaban unas enormes verjas metálicas pesadas. Aquella estancia, estaba repleta de hostiles que lo miraban con ansia de hincarle un diente. Pero era inútil. Aun, con todo el peso recayendo sobre la pesada verja, esta no se movió ni un ápice. Esto mismo ocurría, por todas las entradas principales. Lo que era una fantástica estrategia si quieres ahuyentar a supervivientes indeseados. Pero había un fallo, y lo había descubierto. De lo contrario no habría podido entrar. Aquel lugar era más seguro de lo que podían imaginar. 

Al volver donde estaba el resto de su gente, se topó de nuevo con la estrepitosa tormenta. Algunos, como Pablo, lo miraban receloso y con cara de pocos amigos. 

- Acabo de encontrar la entrada. –decía Reina con una amplia sonrisa entre gotas de agua.

- ¿Para qué? Nos comerían en cuestión de segundos. –dijo el soldado con que discutió minutos atrás.

- No lo creo. –continuaba con su sonrisa- Aunque, hay alguien más dentro. No he conseguido encontrarlo. Ni se si hay más. Pero os aseguro que ahora mismo, estar allí dentro es mucho más seguro que estar aquí fuera. Podemos esperar hasta que se dispersen y volver al camión.


Había dispuesto una escalera del cuarto de mantenimiento, para que pudiera subir hasta la azotea de piedras. Todos y cada uno entraron en la galería del centro comercial con cara de asombro al no encontrarse con infectados pululando. Lo comprendieron, cuando Reina les mostró como habían encerrado entre rejas a los muertos. No obstante, prefirieron quedarse cerca del pasillo de los baños, con el fin de escapar con seguridad ante cualquier imprevisto. De todos modos, Sharpay y Reina, caminaban por aquel piso de la galería. Desde ahí arriba, podían observar perfectamente las entradas en forma de jaula, donde tenían encerrados a los hostiles. En ese momento, estaban calmados. Casi aletargados. Reina miró hacia donde había desparecido aquel o aquella inquilina. Llegaron hasta el pasillo en forma de “Y”, y Sharpay le miró desconcertada. 

- Cuando entré, descubrí a alguien que huía. –dijo Reina- Lo perseguí hasta aquí, pero no sé por dónde se fue. 

- ¿Qué más da? –preguntó para que desistiese en su búsqueda.

- ¿Y si necesita ayuda? Parecía que fuese alguien muy joven. Como un niño. Debe de llevar aquí encerrado o encerrada mucho tiempo. 

- No ha podido encerrarlos el solo…-señaló las entradas de abajo.

- Eso había pensado… pero…

- Pero nada. Pensemos en cómo salir de aquí y volver al camión. Por si no te acuerdas, hace una noche, abordamos a un grupo de soldados para secuestrar a un chico.

- Raúl… -corrigió-… se llama Raúl. 


Mientras discutían, notaron movimiento por uno de los pasillos. En el de la derecha. Se asomaron, y descubrieron a una persona. Tenía el pelo largo, recogido en una coleta. Estaba sacando algo de una de las tiendas. Reina corrió hacia allí. Esa persona, giró la cabeza hacia ellos. Era un chico muy joven. Los miró con los ojos  muy abiertos, y dejó lo que estaba haciendo, para escapar. Era muy rápido. Pero Reina, lo era más. Antes de girar hacia otro pasillo, logró alcanzarlo. Agarrándolo de la sudadera, ambos cayeron al suelo. El chico, intentaba zafarse de Reina pataleando. Llegando, incluso, a alcanzarle una de las patadas en el hombro con tanta fuerza, que volvió a caerse de espaldas. Pero Reina reaccionó enseguida, haciéndole la zancadilla cuando comenzaba a correr. Este se golpeó contra el suelo, con tanta brusquedad, que Reina temió haberle hecho daño de verdad. 

- ¡Joder! –gritó Reina- ¡Deja de huir de una puta vez!


El chico no contestó, se levantó y miró horrorizado a Reina con un corte en el labio. Apartó la mirada, y volvió a correr. Esta vez, Reina, dejó que se marchase. Sharpay llegó en ese momento.

- Déjale –le regaño- ¿No te das cuenta que no quiere saber nada?

- Ya lo he visto. –se levantó enfadado.


Pasada una hora, volvió a salir a la terraza de piedra. Por suerte, aquellos hostiles, se empezaban a cansar de no encontrar más carne que llevarse a la boca, y se dispersaban. Pero no era suficiente, para volver al parking y conseguir la gasolina que habían venido a buscar. La lluvia había dado paso a gigantescas piedras de granizo. Por lo que tuvo que observar el exterior desde el quicio de la puerta metálica. 

- Hemos encontrado comida. –dijo Pablo llegando desde atrás. 

- Se están yendo. –se limitó a contestar.

- No sé qué pretendes, buscando a quien sea que has visto. Por lo que se ve, se las apaña muy bien aquí. Ahora mismo, a sus ojos, como unos intrusos. 

- Era un crio. 

- Y habrá más por todo el país. 

- ¿Qué le estabais haciendo a Raúl? –se giró para mirarle a los ojos.

- No te hagas ideas estúpidas en la cabeza. Fue un error. Lo sé. Y en cuanto se despierte, me disculparé. 


***


El sol empezaba a ocultarse, oscureciendo aquel solitario lugar. Patri, permanecía expectante en lo alto del camión. No se encontraba cómodo al saber que pasarían la noche en mitad de la nada, con la posibilidad de que más muertos los atacasen. De hecho, empezaba a arrepentirse de haberse unido al General en esta misión suicida. Sin embargo, al pensar en el pobre chico que aún seguía sin despertar, y en todo lo que le habían podido estar haciendo, creía que era lo correcto. Vergara, por su parte, parecía más interesado en tener su mente ocupada, y atendía constantemente a las mujeres. Eli, se dio cuenta de que en una ocasión, le temblaba nerviosamente la mano izquierda. El soldado, trató de esconderla a ver que la miraba. Eli, apartó la mirada, de tal forma, que Vergara entendiera que no le daba importancia. Pero el sí sabía que aquello era importante. Tras varias horas sin beber ni una gota de alcohol, era un claro síntoma de abstinencia. Héctor había recogido un par de ramas gruesas del suelo, y practicaba los movimientos que semanas atrás le había enseñado Sharpay. El mismo, se sorprendió al comprobar su evolución. Cerca del camión, estaba el tronco partido de un árbol, pero lo suficiente alto para que recibiese los golpes que Héctor le asestaba. Cada tanda era más rápida y eficiente. 

- Tienes que separar un poco más los pies, y tirar el cuerpo un poco hacia atrás. Que el movimiento del cuerpo sea la que ejerza la fuerza. –dijo Patri llegando desde atrás- ¿Quién te ha enseñado a golpear así?

- Sharpay. Antes de que llegaseis a la casa de mi tío. –contestó a la vez que repetía los movimientos rítmicos, pero con los consejos de Patri.

- ¿Puedo entrenar contigo? –agarró otras dos ramas.

- Claro… -dijo sorprendido.


Ambos se enzarzaron en movimientos, golpeando las ramas. Al principio solo eran algo lentos y sin intención de herir. Pero a medida que los dos se sentían más confiados, aumentaron la fuerza y la velocidad. Héctor pagó caro aquello. Patri, terminó golpeándole con su rama izquierda en el costado derecho de Héctor. Este se separó, retorciéndose de dolor. El soldado, arrepentido, se interesó.

- Perdona, perdona. No pretendía…

- No te preocupes. –volvió a recoger la rama que se le había caído.- Continuemos.


De nuevo, comenzaron despacio, pero aumentaban la velocidad. No tanto la fuerza. Héctor, estaba siendo derrotado por Patri, que parecía pasárselo bien. Así que, recordó las lecciones de Sharpay. Además de usar las ramas, en esta ocasión, utilizó los pies. Patri, que no lo esperaba, terminó por el suelo, cayendo de costado. 

- Vaya, vaya… -rio sarcásticamente- con que esas tenemos…


Héctor sonrió levantando las cejas. Había tirado al suelo a un soldado profesional. Al levantarse, no dio tregua al chico, y reanudó la lucha. Las ramas golpeaban entre sí, con tanta rapidez y fuerza que se estaban astillando. Héctor retrocedía, ante los ataques cada vez más furiosos de Patri. Tropezó con algo, y cayó al suelo de espaldas. Era el cuerpo de un infectado al que habían abatido horas antes. Patri le extendió su mano para ayudarlo a levantarse. Sin saber porque, Patri vio como Héctor le quitaba el gran cuchillo de su cintura. Se asustó, pues pensaba que por venganza, le atacaría con él. 

- ¿Qué estas…? –gritó con temor.


Héctor saltó hacia él, pero solo para apartarlo hacia un lado. Clavándole el cuchillo a un muerto que se acercaba por detrás, y que solo Héctor se había percatado de él, mientras se levantaba. Patri, al verlo, respiró profundamente al saber que no quería atacarlo a él, si no salvarlo. 

- ¿Pensabas que iba a por ti? –preguntó Héctor con media sonrisa.

- Me has asustado de verdad… -confesó-… de todas formas, gracias. 

- Anda volvamos al camión. –tiró la rama que aun sostenía, y le ofrecía su propio cuchillo a su dueño.


A escasos centímetros del camión, cuando todos estaban en completo silencio, Raúl se despertó repentinamente y se incorporó. 

- ¡Mamá! –gritó a la vez que los demás gritaban del susto.


Pero igual que se despertó, se volvió a tumbar y quedar dormido como al principio.


Comentarios

Cris Albala ha dicho que…
Me ha gustado mucho. Genial capítulo. Hay más gente del centro comercial? No es mala idea de supervivencia...