La nieve los trajo. Capítulo 26

Capítulo 26.



Pasaron la noche en el centro comercial sin problemas. Hacían guardias cada cierto tiempo, pero la tranquilidad y el sueño se apoderaron de todos ellos. Un ruido metálico, proveniente de la planta inferior, los despertó. Sin embargo, les llenó de más curiosidad, un carro de la compra al final del pasillo donde dormían. Estaba repleto de garrafas de agua, ahora rellenas de un líquido más parecido al gasoil. Encima de las garrafas, unas cajas de cartón en la que se podía entrever comida embolsada. Se acercaron con mucho cuidado al carro, miraron hacia todas direcciones, pero no veían a nadie. Encima de una de las cajas, había una nota: “Esto es lo que habéis venido a buscar, cogerlo y marchaos, por favor.” Pablo, le entregó la nota a Reina que aún no había llegado hacia ellos. Al leerla, comprendió, que quien fuera no los quería allí. 

- ¿Puedes comprobar cómo están los de fuera? Con esto podemos volver. –preguntó con cierta amabilidad a Reina.

- Sí, claro. –contestó.


Al salir a la terraza de piedra, descubrió que la tormenta no había cesado. Incluso, el granizo, había dado paso a copos enormes de nieve. Tuvo que andar con cuidado sobre la piedra mojada, para no resbalar. Al mirar al parking desde allí arriba, comprobó que aún quedaban unos cuantos. Pero estaban desperdigados por todo el lugar. Dio la noticia al resto, que enseguida salieron al exterior. Bajaron de nuevo al parking, ayudados por la escalera que había encontrado Reina, y el coche que había logrado arrancar aún seguía allí. El soldado, le hizo el puente, y este reaccionó enseguida. Cargaron las garrafas en el maletero, y se fueron de allí. Reina, observó por última vez uno de los ventanales del centro comercial, y descubrió la cara de una niña con aspecto sucio que le saludaba tímidamente desde el otro lado. Un escalofrío recorrió su cuerpo, al pensar que allí dentro podría estar malviviendo un grupo de niños y adolescentes. Pero ya se marchaban. No tardaron en llegar donde habían dejado el camión y el resto de compañeros. Al escucharlos llegar, les apuntaban con las armas. Solo las bajaron, cuando supieron que eran ellos. 

- ¿Qué tal? –preguntó Figueroa a Patri.

- Hemos tenido alguna dificultad, pero supimos arreglarlo. –contestó el soldado.

- ¿Alguna novedad sobre…? –preguntó refiriéndose a Raúl.

- Aún sigue vivo… -dijo pensativo-… aunque anoche, tuvo un leve… ¿despertar?

- Explícate…

- Se despertó llamando a su madre. –contestó Mónica que llegó en ese momento.

- Entonces ¿está bien? 

- No. Ha vuelto a quedarse dormido. 

- Démosle tiempo… -dijo Pablo no dándole importancia-… llenemos el deposito, y larguémonos de aquí.


No quedó ni una garrafa por incluir en el depósito del camión. Pero parecía suficiente para ponerse en marcha. Pablo, dio indicaciones de nuevo al conductor y se pusieron en marcha. Prácticamente todo el recorrido, permanecieron en silencio. Mientras pudieran, evitaban poblaciones grandes o medias. El lugar, se encontraba bastante apartado de cualquier carretera asfaltada. Recorrieron al menos nueve kilómetros, por el sendero pedregoso, entre colinas empinadas, y curvas imposibles. Poco a poco se veía un edificio con forma rectangular. Rodeado de espesos árboles, ahora cubiertos de nieve. El edificio se notaba bastante antiguo, con las paredes de piedra, pintadas de blanco. En la parte superior, las tejas de color negro que aún no estaban manchadas de la blanca nieve, resaltaban sobre todo lo demás. Innumerables ventanas en forma de arco, con rejas verdes y desgastadas ancladas a la pared. La única entrada aquel edificio, se mostraba ante ellos, imponente. Unos grandiosos portones tallados, de al menos tres metros de altura, y de un color marrón desgastado. Detuvieron el camión a escasos metros de la entrada. Apagaron el motor, y esperaron a que Pablo les dijese algo. De todas formas, la gran mayoría bajó del camión. 

- Bueno… -dijo Pablo con voz alta para que le escucharan todos-… bienvenidos a la Hacienda Figueroa. Un caserío de casi cien años, que mis bisabuelos construyeron y que finalmente, he heredado. No sé en qué estado se encuentra, pero creo que es el mejor lugar donde podemos instalarnos por un largo tiempo. Si. No veo signos de lucha, ni muertos alrededor. 


De dentro de su mochila, sacó un manojo de llaves. Pero solo una de ellas, la más larga, se introducía en la rendija y la giró. Un sonoro pestillo se desbloqueó, y con algo de esfuerzo logró abrir una hoja de aquella imponente puerta. Desveló un enorme patio central, con una especie de fuente en el medio. Se elevaba una figura de un hombre, con sombrero y un azadón en la mano derecha. En los cuatro laterales del edificio, había puertas de acceso. En la primera planta, se asomaban unas extensas terrazas que recorrían toda la fachada. Por el suelo, encontraron mucha basura, seguramente, depositada allí por el viento. Montañas de hojas marrones que amontonaban sobre cualquier rincón. Pablo, con ayuda de Patri, abrió la segunda hoja de la puerta principal, para que el camión entrara con facilidad. Del mismo manojo de llaves, se acercó hasta la primera puerta del lado izquierdo. Probó varias de las llaves, hasta que al fin, una parecía la correcta. 

- Si no recuerdo mal, en esta parte, hay habitaciones inferiores. Las usaban los trabajadores. –informó para que llevasen a una de ellas, a Raúl. 


En efecto, aquella parte del gran edificio, estaba repleta de habitaciones a ambos lados. Separados por un recibidor, con aspecto muy antiguo. Al final de cada pasillo, una cocina y un cuarto de baño completo. El recibidor, estaba roto por una escalera en forma de caracol, que llevaba al piso superior. Héctor y Eli subieron a inspeccionar. Se sorprendieron, pues también había habitaciones, pero mucho más lujosas.

- Venia aquí cuando era niño. –dijo Pablo que los había visto subir- Mi abuelo decía que los trabajadores eran el noventa por cierto de su sustento. Por eso, quería que se sintieran cómodos viviendo aquí. 

- Pero las de abajo son más… -dijo Eli.

- En efecto. –le sonrió- Esta parte, estaba destinada a familias enteras. Abajo, era para los jornaleros temporales. No siempre tenía gente todo el año. 

- ¿A qué se dedicaban? –preguntó Héctor.

- A muchas cosas. Por el otro lado, hay un gran viñedo. O lo que quede de él. Pero también había ganado. Caballos. Además, todo esto necesita un mantenimiento constante. Prefería tener a su propio personal, que contratar albañiles o fontaneros esporádicos. Recuerdo a la cocinera jefe…. –notaban cierta melancolía en sus palabras-… hacia un guiso de cordero impresionante.

- ¿Qué fue de toda esa gente? ¿Dónde están? –preguntó esta vez Eli.

- Cuando mi abuelo falleció, mi padre estuvo un tiempo al cargo. Pero mi madre era más de ciudad y no aguantó mucho tiempo. Poco después, cerró el lugar. Pensaba venderlo, pero en lugar de eso, puso a un amigo suyo a explotar el negocio. Sin embargo, los trabajadores y gente que llevaba mucho tiempo aquí, empezaron a marcharse por la mala gestión. 

- Bueno… pues ahora eres tú el dueño ¿no? –dijo Héctor bajando las escaleras.


Mónica observaba como Hugo y Rebeca jugaban sin peligro en el patio. No se separaba de Raúl. Después de su leve despertar, aún tenía esperanzas de que recobrasen su relación. En la anterior vida, nunca hubiera imaginado que se enamoraría de un adolescente como Raúl. Pero lo hizo. Y ahora, después de meses habiendo pasado lo que han pasado, aún seguía enamorada de él. Todavía no se acostumbraba a vivir de esta manera. De un lugar a otro, huyendo no solo de los muertos que caminan, si no de los vivos que quieren hacer daño a otros vivos. Desde esa ventana, veía como los demás, registraban todo el lugar. No parecía que hubiese peligro, pero aun así, lo hacían. Por alguna extraña razón, le vino un recuerdo. El día en que le ofrecieron el puesto de profesora. El primer día que se presentó en clase. En la sala con los otros profesores. Era lo que siempre había soñado. Todo eso se había ido al traste. ¿Qué sería de todos? No podía vivir eternamente de esta manera. 

- Se lo que estás pensando. –aquellas palabras sobresaltaron a Mónica.

- ¿Raúl? –se giró a toda prisa.


Raúl estaba despierto, tumbado en la cama. Pero con los ojos abiertos y sonriéndole. 

- Hola Mónica. –contestó mirando a su alrededor- ¿Dónde estamos?


Ella no respondió. Tan solo se lanzó hacia él y lo besó agarrándolo de la cara. Estaba llorando.

- Te has despertado… -lloraba pero reía a la vez-… ¿estás bien? ¿te duele algo? ¿Quieres agua?

- Un poco de agua no estaría mal. Tengo la boca seca. –contestó mirándola.

- Toma –sacó una botella de plástico, con la mitad de agua.

- No me has dicho dónde estamos. –trató de incorporarse para beber- y ¿Rebeca?

- No te preocupes, está bien. Está jugando con Hugo en… -la cara de Raúl cambió. La miraba con semblante serio.

- ¿Hugo?  El hijo del general… 

- Estamos aquí gracias a él. –dijo antes de que se enfadara más.

- Ese hijo de puta me drogó… ese y el doctor…

- Lo sabemos… -se sentó a su lado-… Pablo fue quien ideó la forma de escapar.


Mónica le contó todo lo sucedido. Aun así, Raúl, no cambiaba de opinión con respecto a Pablo Figueroa. Con mucho esfuerzo se levantó de la cama. Le temblaban las piernas, pero se mantuvo de pie frente a la ventana. Observó a Rebeca, y sonrió. 

- Parece feliz. –dijo- Se lo que pensabas cuando mirabas por la ventana. Yo también pienso lo mismo. Aunque con casi un mes de mi vida perdido. ¿puedes llamar a Héctor y Eli? Me gustaría verlos.


No hizo falta, pues pasaban por allí en ese momento y los vieron. Héctor fue el primero en correr a abrazarlo. Eli, esperó su turno y se fundieron en un abrazo. 

- ¿Cómo estás? –preguntó Eli.

- Raro. –contestó- Como si me hubieran dado una paliza. Y con mucha hambre.


Como si hubieran visto un fantasma, el resto de personas, lo observaban desde el comedor donde se encontraban. Raúl se ayudaba de Héctor al caminar. Habían encendido fuego en la chimenea de aquel comedor. Raúl le dirigió una mirada amenazadora a Pablo. Este lo comprendía, y retiró su mirada. Encima de la mesa, había bolsas de patatas fritas y algunos encurtidos. Se abalanzó sobre ellos, y los devoraba con demasiada ansia. Tuvo que beber en un par de ocasiones al atragantarse. Después de las preguntas de rigor: ¿Cómo estás? ¿Todo bien?, de todos y cada uno de ellos, Pablo se sentó a su lado. Raúl apretó los dientes muy enfadado.

- Raúl yo… -comenzó diciendo-… quiero que sepas que estoy arrepentido de todo. No sabía el alcance de la maldad de Manzaneque.

- Mónica me lo ha contado todo. Pero no por ello creas que te he perdonado. Es más, siento una rabia indescriptible. Si no estuviese tan débil, ya te habría clavado un cuchillo en la garganta.

- Puedes amenazarme todo lo que quieras. Entiendo tu enfado conmigo. Pero no creas ni por un segundo, que permitiré que me hagas nada. –esta vez el agresivo era el- Ahora estamos en paz. He logrado que dejen de experimentar contigo, traerte aquí con tu gente. He arriesgado la vida de mi hijo, por vosotros. Si noto, por un segundo, algún gesto hostil hacia mi o mi hijo, estarás fuera de estos muros en menos que canta un gallo. ¿Me has entendido?

- Entendido. –se comió una cebolleta en vinagre.

- Disfruta de tu estancia en mi Hacienda. –se levantó sin dejarse de mirar a los ojos.



El clima en los siguientes días no cambiaba en absoluto. En ciertas ocasiones, le recordaba cuando salían de Madrid después de despedir a su madre en el aeropuerto. La echaba de menos. Y a su padre. Se le aceleraba el corazón al recordarle en aquella cama. En la misma que luego le obligaron a estar. Su mano, la derecha, aun le temblaba cuando recordaba el momento en el que le atravesó con el bisturí. Se abrigó, y se obligó a salir al patio. Algunos jugaban a lanzarse bolas de nieve, mientras que Pablo y su hijo se afanaban en hacer un muñeco de nieve. Héctor, Patri y Sharpay, entrenaban ciertos movimientos de lucha bajo una de las terrazas. Se sorprendió al ver a su amigo con esa destreza. Ramón y Reina estaban en lo alto de una terraza. Observando el horizonte con unos prismáticos. Un soldado, al que no conocía, estaba sentado en la parte trasera del camión con una botella de algo. Dándole largos tragos directamente desde ella. Mónica y Rebeca aún estaban dentro. En el comedor. Le estaba dándole de comer arroz blanco cocido. Su pequeña hermana, le saludaba y reía al verlo. Vertiendo el arroz que tenía en la boca. De repente, notó un exceso de calor en las orejas, y un traqueteo en dentro de ellas. Algo, en su interior, le decía que aquello no era bueno. Se acercó lentamente hacia el soldado que bebía, sentado en el camión. Este le miraba extrañado. No entendía porque, pero el soldado, le asestó un duro golpe en la cara con el culo de la botella. Perdió el conocimiento.

Cuando se despertó, estaba de nuevo en la cama. Pablo, estaba con Mónica. Intentó incorporarse, pero le había atado al cabecero. 

- ¿Qué ocurre? –preguntó Raúl- ¿Por qué me habéis atado?

- Cariño, has intentado atacar a Vergara. –decía con cara de miedo.

- ¿Vergara? ¿Quién es Vergara? –se sentía muy extraño.

- Raúl…-dijo Pablo acercándose con una silla-… ahora te voy a desatar. Pero necesito que me prometas algo. Que te controles.

- ¿Controlarme? Me estoy cabreando y mucho… -le miró con rabia.

- A eso me refería. Has sufrido mucho. Debes calmarte. 

- Lo siento. Lo siento. –miraba a Mónica, para disculparse más con ella que con Pablo.

- ¿Recuerdas cuando llegaste por primera vez al campamento? ¿Cuándo viste a tu padre?

- Si. Si. Lo recuerdo.

- ¿Recuerdas que accedió a que experimentasen con él?

- También.

- El doctor, hizo lo mismo contigo. No entiendo mucho de eso, lo reconozco. Pero creo en lo que ven mis ojos. En ocasiones, el virus le ganaba la partida a tu parte… más racional.

- ¿Quieres decir que me han infectado? ¿eso es lo que me pasa?

- No lo sé… -se pasó las manos por la cara-… el caso, es que Vergara dice que parecías un muerto. Se asustó y te golpeó. 

- Mierda… -suspiró decepcionado-… después de todo, me voy a convertir en un hostil…

- Eso no lo sabemos… -decía Mónica con terror-… no te han mordido. Solo…

- Solo me han inyectado el virus, para experimentar conmigo. –dijo enfadado de nuevo.

- Te vigilaremos. Quizá los efectos pasen. Pero por si acaso, hazte a la idea de que en algún momento… -hizo un gesto con los dedos a modo de disparar contra la sien.


Comentarios

Cris Albala ha dicho que…
Que ganas de insultar al doctorcito de los...
Muy interesante esta lucha entre un vivo y el vírus... cuando notes las orejas calientes enciérrate!!!