Hasta que la muerte nos reúna. Capítulo 9

Tras ducharnos… y algo más. Nos pusimos ropa nueva que nos trajeron. Eran cerca de las ocho, y teníamos que reunirnos con el resto de la gente. Mientras se vestía, la miraba embobado. Era la primera vez que la veía con el pelo suelto. En el momento que se disponía a ponerse de nuevo la coleta, la pared.
- Estas mejor con el pelo suelto. –la bese en cuello por detrás.
Sonrió y dejó la goma en la mesita. Se giró para besarme nuevamente en los labios. En ese momento, alguien llamó a la puerta. Nos separamos entre risas nerviosas. Al abrir, descubrimos que era la asistenta de Gregorio. Nos estaba recordando la cena. Antes de irme, llevé mi mano a mi cintura buscando el puñal.
- No te hace falta aquí, -me dijo cariñosamente Silvia.
La hice caso y cerramos la puerta. Caminamos hasta el comedor común. Aun había gente fuera esperando para entrar. Nos sentimos algo incomodos al centrar sus miradas en nosotros, incluso dejaron a media sus conversaciones. Saludé a quien se me ponía por delante, algo vergonzoso. La asistenta nos invitó a pasar. Aquel salón era bastante grande. Con grandes mesas dispuestas en fila para formar una sola. Con sillas a ambos lados. Enfrente, en una zona algo más elevada, estaba otra mesa bastante más pequeña. Enseguida supimos que sería donde se sentaría Gregorio. Nosotros nos sentamos en dos huecos que había libres, lo más cercano a la mesa de Gregorio. Cuando el salón estuvo lleno, varias personas empezaron a sacar bandejas de comida. Desde pollos asados, patatas asadas, ensaladas. Todo un festín que se nos supuso algo exagerado. Antes de empezar, Gregorio solicitó silencio.
- Buenas noches a todos, -se levantó- como muchos de ustedes ya habrán visto, tenemos a dos nuevos integrantes entre nosotros –nos señaló para que nos levantásemos- Estas dos personas, han logrado sobrevivir ahí fuera durante semanas. Todos sabemos de los peligros que nos acechan. Por eso quiero daros la bienvenida oficial-nos volvía a hablar directamente- a nuestra comunidad. Comed y bebed lo que os apetezca.
Dió el pistoletazo de salida, y el resto de gente aplaudió. En cierta forma parecía que estuviéramos en una fiesta de etiqueta, pero en el apocalipsis. Tras todo eso, nos dispusimos a comer. Silvia, cada vez que tenía la ocasión, me cogía la mano por debajo de la mesa. Yo la miraba y sonreía. Entonces me acordé. Miraba hacia todos los miembros, pero no conseguía ver ni a mi madre ni a mi hermano.
- ¿No están aquí verdad? –preguntó
- No. No los veo. –contesté apenado.
Me besó nuevamente en los labios, y proseguimos comiendo. Al llegar el capítulo de postres, la asistenta se acercó hacia mí.
- Disculpe, -me dijo-, el señor quiere hablar con usted. Quiere que se siente a su lado, si no es mucha molestia.
- Claro que no, -contesté amablemente- enseguida voy.
Silvia me miró extrañada, pero no le di importancia. Terminé de comerme la manzana de dos bocados rápidos, y me levanté. Al llegar junto a Gregorio, me tenían reservado un asiento. Me tendió una copa de vino y me senté.
- ¿Has comido bien? –empezó
- Sí. Muchas gracias –le agradecí
- Quiero que mires a toda esta gente, -me señaló la amplitud del salón- ¿Qué me puedes decir sobre ellos?
- Pues… no lo sé. –dudaba que respuesta darle sin temor a equivocarme
- Ese señor –me indicó uno gordo con la cara roja de tanto vino-, era el dueño de una importante empresa eléctrica. ¿Ves aquella pareja de ancianos? –no dejó que contestara- Su hijo era el gerente en España de Google. Aquellos de ahí, formaban parte de mi partido político. La panda de críos del fondo, son hijos de políticos. Estos de más adelante, son sus padres. La señora que viste de rojo, estaba casada con un empresario Argentino. –dio un sorbo a su copa- Dime ahora, ¿qué puedes decirme de ellos?
- Que eran personas ricas. Con poder. –dije lo obvio
- Así es. –dio otro sorbo- Todas estas personas, de algún modo u otro han logrado sobrevivir porque pudieron pagarse este hospedaje.
- No los culpo por ello. –dije sincero
- Son personas como tú y como yo. En eso somos todos iguales. Sin embargo, no solo te diferencias de ellos por su nivel económico. Cualquiera de ellos, no lograría sobrevivir ahí fuera más de una hora. Tú, en cambio, lo has hecho durante semanas. –volvió a llenar mi copa de vino
- Tuvimos suerte. –traté que quitarle importancia.
- Con suerte o no. Sabes cómo comportarte ahí fuera. –su cara cambió- Te puedo ofrecer la seguridad de dormir bajo un techo y tranquilo todas las noches con tu novia. De ducharte con agua caliente.
- ¿Qué me está proponiendo? –pregunté sin tapujos.
- Al ritmo que llevamos, pronto nos quedaremos sin recursos. Desde comida a combustible. –suspiró- Quiero que te unas al equipo de Samuel. Que consigas todo esto para nosotros, para ellos. –me señaló nuevamente el salón- No pido que arriesgues tu vida innecesariamente. Solo que nos ayudes. Vete de nuevo con tu novia, háblalo con ella si es lo que necesitas. Pero mañana necesito que me des una respuesta. –hizo una señal a su asistenta para que me acompañara
Al llegar de nuevo con Silvia, le conté nuestra conversación. No le sentó nada bien. Pues no entendía que yo tuviera que exponerme al peligro y todos esos ricachones siguieran viviendo en su burbuja. Tras terminar la cena, volvimos solos hasta nuestra habitación. Previo a esto, me quedé cinco minutos afuera fumándome un cigarro. Tenía que pensarlo bien. Al volver, Silvia estaba plácidamente dormida. Me desnudé, y me tumbe junto a ella.
A la mañana siguiente, después del desayuno. La asistenta de Gregorio, se acercó a mí. Me pidió que le acompañara hasta el despacho. Entramos por la puerta principal, y subimos una gran escalera hasta el primer piso. En la primera puerta estaba el despacho. Al entrar, junto a la ventana, estaba Gregorio. Delante del escritorio, Samuel, Miguel Angel y Vidal.
- Buenos días, -se dio la vuelta- ¿has descansado?
- Buenos días, -contesté- Si, he descansado perfectamente.
- No me andaré por las ramas, ¿Cuál es tu respuesta? –preguntó firme, sentándose en su silla de cuero marrón oscuro.
- Me uno. –fui escueto.
- Fenomenal –sonrió
- Una cosa, -me miró expectante- quiero que garantice la seguridad de Silvia en mi ausencia. Por supuesto, que se nos trate por iguales.
- ¿Solo eso? –sonrió de nuevo- Te garantizo que tu novia y tú, seréis tratados como el resto.
Dicho esto, ya estaban preparados para irnos. En esta ocasión, dejaron en el garaje el todoterreno negro, y sacamos un camión pequeño, de unos cuatro metros. Bastante manejable, y con ruedas para todo tipo de superficies. Esta era nuestra primera expedición juntos. Me tendieron un arma como las suyas. Pero la rechacé. No tenía idea de cómo funcionaban y eran muy pesadas. Instintivamente llevé mi mano al puñal, y quedé más relajado al comprobar que lo llevaba encima. Tras varios kilómetros, supe que no tenían ni idea de hacia dónde dirigirse.
- Propongo que nos acerquemos hasta algún centro comercial. –les dije cuando paramos en un cruce de carreteras.
- Puede que el joven tenga razón –dijo Vidal
Samuel sacó un mapa. Tras observarlo varios minutos, puso rumbo hacia el oeste. Desde aquella montaña se podía ver perfectamente la ciudad y sus alrededores. Les señale un buen sitio para empezar. Estaba al lado de un polígono, parecido en el que nos encontraron. Dentro del parking, había bastantes coches. Supuse que estaría infestado de gente no deseada.
- Los veo por la cristalera. –dijo Miguel Angel- Deberíamos buscar otro lugar.
- Si, de este nos podemos olvidar. –confirmó Samuel.
Al dar la vuelta, dos infectados comenzaron a seguirnos sin éxito. No obstante, tanto Miguel Angel como Vidal, sujetaban con fuerza sus fusiles. Los pude ver alejándose por el retrovisor. Tardamos un poco en encontrar un segundo centro. Este parecía menos peligroso. La parte buena era que, la zona de carga y descarga era de fácil acceso. Esto nos permitiría salir corriendo en caso de emergencia. Una vez aculado el camión, la puerta elevadiza era el siguiente obstáculo. Mientras los otros tres estaban de pie esperando, yo me fijé en una puerta peatonal con un ojo de buey. Me acerqué. Estaba cerrada. Saqué mi puñal, y con la hoja traté de forzarla. Conseguí introducirla por una ranura y el pestillo cedió sin dificultad. Empujé lentamente, y asomé la cabeza. Estaba oscuro. Con un trozo de madera rota bloquee la puerta para que no se cerrara. Sobre todo porque solo se podía abrir desde dentro. Con la escasa luz que había, no quería correr el riesgo de adentrarme en aquel almacen sin cerciorarme de que estaba libre de infectados. Con la hoja del puñal golpeé el marco metálico de la puerta. Era un recurso que me había servido anteriormente. Tras varios golpes salí al exterior para esperar. No sucedía nada. Me acerqué nuevamente, golpeando el metal. Sin embargo, para sorpresa de los cuatro, varios infectados aparecieron por la entrada de camiones. Justo detrás nuestro. Vi las caras de terror que tenían mientras se acercaban. Samuel, fué el primero en disparar. La metralla perforó el cuerpo del infectado, sin derrumbarle. Retrocedió escasos metros hacia atrás. Vidal y Miguel Angel hicieron lo mismo. Me percaté de que no disparaban directamente a sus cabezas. Recurso que me reservé. Quería averiguar más sobre ellos. Quizá más por mala puntería, o por repeticiones, conseguían abatirles. Pero en ningún momento supieron si fue por exceso de balas o por la bala en el cerebro. Después de aquel espectáculo, me pronuncié.
- Habéis hecho mucho ruido. –dije algo molesto- entremos antes de que vengan más.
Me di la vuelta y entré en el almacen. Manualmente, y con unas poleas, subí la lona del almacén. La luz entró y comprobamos el tesoro encontrado. Me asombré de que Vidal, llevase una lista. Cargamos el camión con todo aquello que incluía el papel. Apuntamos el lugar en el mapa. Pues quedaron muchísimas cosas por recoger. Cerramos de nuevo el almacen y atranqué la puerta peatonal. De vuelta, estaban muy excitados por el éxito de nuestra incursión. No era para menos, la verdad.
- Cuéntanos, -me dijo Samuel- ¿A qué te dedicabas antes?
- Me ocupaba del mantenimiento de las líneas de producción en una factoría. –relaté mi puesto
- ¿Estaba bien pagado? –preguntó de nuevo
- La verdad es que no, -confesé
- Menuda mierda. Yo no hubiera sabido vivir con esos sueldos. –dijo burlonamente
- Viendo como malgastáis balas, lo entiendo todo. –me sentó fatal sus aires de superioridad
- ¿De qué vas? –detuvo el camión precipitadamente- ¿te crees que por dar golpecitos en las puertas eres mejor que nosotros?
Por un momento estuve a punto de partirle la cara. Le mantuve la mirada agresivamente, hasta que Vidal puso orden. Reanudó la marcha, y la alegría que antes tenían, desapareció hasta que llegamos a la comunidad. Mientras descargábamos, Samuel se acercó a mí. Me golpeó en el estómago y me susurró.
- Puede que seas el ojito derecho de Gregorio, pero como me vuelvas a contestar así, te vació un cargador. –me miró fijamente y se marchó.

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