Micro relato 1 (Hasta que la muerte nos reúna)

Trataba de pedalear aun más rápido, mientras miraba casi insistente hacia su amiga. Julia trataba de alcanzarla y cuando lo conseguía, Coral empeñaba mas fuerzas y lograba dejarla atrás de nuevo. Casi habían llegado y Coral le dedicó una sonrisa a su amiga. Se conocían desde pequeñas, y por suerte, lograron sobrevivir. Aquella ruta la hacían casi a diario, por lo que los atajos se los conocían de memoria.
Quedaron escondidas entre dos coches mientras dejaban alejarse a tres podridos, como los llamaban. Aprendieron que era mejor ser paciente que enfrentarse a ellos de primeras. A no ser que no hubiera otra opción. Esperaron a que estuvieran lo suficiente lejos y se colaron en la hamburguesería. Este tipo de locales son una mina de aceite usado. Aceite que usarían para encender un grupo motor con el que consiguen la electricidad. De sus mochilas sacaron las botellas y de las mismas freidoras, las llenaron.
Juguetearon un buen rato en el parque de bolas destinado a niños de no mas de seis años. Aun se sentían como niñas que eran. Esta vez causaron mas ruido que de costumbre, y cuando advirtieron que se acercaban unos cuantos, enseguida se largaron de allí. Pedalearon otro poco más hasta una serie de viviendas bajas, algo mas alejados de la ciudad. Dejando las bicicletas en la entrada, se colaron en una de ellas con la ventana rota. Registraron la casa de arriba abajo, pero no encontraron nada de su interés. Continuaron por la siguiente y después la otra. Al llegar a la última, antes de entrar se llevaron tremendo susto al aparecer una mujer convertida por la ventana. Coral, la chica mayor, sacó del bolsillo una navaja. Sin pensárselo dos veces se lo clavó en un ojo y lo retorció hasta que se desplomó dejando de moverse. Antes de entrar se aseguraron de que no hubiese mas. En esta ocasión encontraron algo que llevarse a la boca. Varias bolsas de patatas y chocolatinas energéticas. Del dormitorio principal tomaron algunas prendas que podían servirles. Mientras se comían una de las chocolatinas, Julia se probó alguno de los vestidos sexys que había colgados en el armario. Mirando por los cajones, a ambas les entró la risa tonta al encontrar un pene de plástico rojo. Mientras seguían probandose ropa de aquella mujer, varios disparos sonaron desde el exterior. Se asustaron. Dejaron de jugar y se escondieron en el armario. Ya tenían la experiencia de que los podridos son tan peligrosos como algunas personas sobrevivientes. Cada vez que se topaban con algún adulto, preferían esconderse y dejar pasarlos.

Comentarios