Hasta que la muerte nos reúna. Capítulo 10

Los días pasaban tranquilamente. Las incursiones eran cada vez más habituales y seguras. Desde el encontronazo del primer día, Samuel y yo solo cruzábamos las palabras justas y necesarias. En cuanto a mi relación con Silvia, había algo que me preocupaba. Desde que la conocí en la gasolinera, me quedé prendado de ella. A pesar de ser muy joven, estas últimas semanas, la habían hecho madurar más de lo esperado. En mi ausencia, se relacionaba con los más jóvenes del lugar. No es que me sintiese celoso. Pero había que ser realista, y es que era catorce años menor que yo. Después de que volviese de la última salida hablé con ella.
- Silvia, -dije seriamente- necesito hablar contigo
- Claro, ¿Qué pasa? –dijo asustada- ¿te ha pasado algo fuera? ¿otra vez Samuel?
- No, no es Samuel. –no sabía cómo empezar aquella conversación.
- Entonces… -me miraba dubitativa
- Es de nosotros, -comencé- te he visto con esos chicos.
- Venga, no me jodas –me dio un puñetazo sin fuerza en el pecho
- No estoy celoso, es que… -me empezaba a poner nervioso- ¿Lo nuestro es solo tonteo o algo más?
- Joder…-miró hacia el cielo-… sabía que al final saldría esta conversación. ¿Es por lo que le dije al sobrino de Tomas?
- En cierto modo… -confesé
- Cariño,…-me dijo acercándose-…estoy contigo porque me gustas. Me gusta cómo me miras, como me tratas, como me besas, como…
- Vale, vale, -no quería que nos escucharan- ya lo he pillado
- De verdad, no te preocupes, -me besó para tranquilizarme.- No puedo decirte que te quiero, pero te falta un poquito para que lo consigas…-se rio y me besó de nuevo.
Notamos que había cierto revuelo. Dos hombres llevaban hasta la enfermería a uno de los chicos. Emanaba sangre por un brazo y no paraba de gritar. Vidal se me acercó, arma en mano.
- ¿Qué ha pasado? –pregunté
- Julieta, -le dijo a Silvia- Me robo a tu Romeo, tenemos una emergencia
- ¿Pero qué pasa? –insistí
- Ese chaval estaba haciendo el tonto en una de las verjas y se ha rajado el brazo –relataba con cierto asco- el doctor Molina me ha dado una lista de lo que necesita. Tenemos que salir.
- Joder…-dije-… ¿pero a dónde?
- Pues a un Hospital –puso cara de bobo-, aquí solo dispone de lo justo para dolores de cabeza, reumas…
El todoterreno negro hizo aparición. Lo conducía Samuel, para no variar. Le di un beso a Silvia.
- Ten cuidado, por favor. –dijo Silvia preocupada.
Me metí en el coche y enseguida nos pusimos en marcha. Según me contaban por el camino, el doctor les indicó a que hospital debíamos ir. Era el más cercano, y de seguro encontraríamos todo lo que solicitaba. Llegamos enseguida a la entrada de Urgencias, varios coches nos obstaculizaban el paso. Dimos media vuelta subiéndonos en aceras. Miguel Angel propuso dirigirnos hasta la entrada posterior. Era una entrada de menor tránsito, además de ser la que utilizaban los médicos, enfermeros y celadores cuando llegaban a trabajar. No se podía entrar en vehículo. Un pequeño jardín y una entrada minúscula lo impedían. Aparcamos justo en esa callejuela estrecha y bajamos. Dimos un rápido reconocimiento de la zona. El ruido del motor atrajo a un grupo numeroso de infectados. Al menos veinte. Sacaron sus armas, pero les impedí que disparasen.
- ¡No! –grité- Atraeremos a muchos más.
Esta vez, me hicieron caso. Corrimos por aquel jardín hasta la entrada. La puerta estaba cerrada. En esta ocasión y por la urgencia que nos precedía, dejé que Samuel disparara a la cerradura. La metralla destrozó media puerta. A mí me sirvió para poder entrar. Los infectados ya estaban bastante cerca. Al entrar descubrimos que era una especie de cafetería privada. Rápidamente bloqueamos con mesas y sillas la entrada. Si nos dábamos prisa, saldríamos de allí sin problemas. Vidal encendió su linterna, y se puso le primero. Avanzábamos en fila por aquellos pasillos. Samuel se quedó el último, salvaguardándonos la espalda. Yo, por si acaso, desenfundé mi puñal. El almacen, según la cartelería, estaba una planta más abajo. Pasamos las salas de radiografías y un poco más adelante la recepción de urgencias. Estaba plagado de cuerpos por el suelo. Tan solo se mantenían en pie, cuatro infectados que no eran conscientes de nuestra presencia. Retrocedimos varios pasos atrás en silencio.
- ¿Qué hacemos? –preguntó Vidal preocupado.
- Si los disparamos, seguro aparecen mucho más que estén perdidos por el hospital. Esto es una colmena de esos bastardos. –aseguró Samuel.
Sin mediar palabra, adelanté a Vidal. Me agaché y con bastante rapidez me acerqué al mostrador. Desde allí, podía atacar a uno sin que los otros supusieran un peligro. Me levanté, le agarré de la camiseta y le clavé el puñal. Los restantes eran más difíciles, pues se encontraban en mitad de la sala. De pronto, vi como Vidal salía de detrás de la pared de aquel pasillo y corría hacia ellos. Con la culata de su arma le golpeo con tanta fuerza a uno que le destrozó por completo la cara. Los otros dos, se abalanzaron contra él. Repitió la operación anterior, dejando KO a uno y alejando al otro que volvía a la carga. Salté el mostrador, y antes de que atacara de nuevo a Vidal, le clavé mi puñal. Vidal me lo agradeció. Nos quedamos unos minutos quietos y en silencio. No parecía que viniese nadie más. Samuel, nos indicó por cual pasillo debíamos continuar. Bajamos unas escaleras, y tras la primera puerta se encontraba el almacen que buscábamos. Recogimos todo aquello que el doctor pedía, y algunas otras cosas que nos pareció que podían sernos de utilidad. Mientras lo guardábamos todo en mochilas, escuchamos pisadas. Provenían de ese mismo pasillo. Miguel Angel, que era quien se había quedado en la puerta vigilando. Se metió dentro y cerró la puerta.
- ¿Qué pasa? –preguntó Samuel en voz baja
- Se acercan un montón de ellos. –dijo tembloroso.
- ¿Te han visto? –pregunté
- No lo sé, escuché las pisadas, miré hacia el pasillo. Al fondo vi cómo se acercaban un grupo numeroso. Creo que eran pacientes por la ropa. –relataba asustado.
- Bien, -llamé su atención- Quedaos en silencio. No toquéis nada. No os mováis. Si alguno llama su atención, estaremos muertos.
Las primeras pisadas se escuchaban por debajo de la puerta. Se notaba la tensión. Uno de ellos golpeó la puerta. Nos miramos entre todos temiendo lo peor. Seguían pasando de largo, y nos dio un respiro. No recuerdo el tiempo que estuvimos ahí parados, conteniendo la respiración para que no nos escuchasen. Al pasar los últimos, terminamos de guardar todo el material médico con sumo cuidado. Yo fui quien se atrevió a abrir la puerta. Lentamente me asomé. Aquellos infectados habían subido a la planta superior, imagino alertados cuando atacamos a los primeros. Sea como sea, por aquel pasillo no quedaba ninguno. Hice una señal para que me siguieran. Caminamos por aquel pasillo con la esperanza de encontrar alguna salida. No fue así. Giramos varias veces el pasillo a la derecha, y terminaba en una sala de espera de quirófanos. Teníamos que volver a subir. El problema era que aquellos infectados también fueron en esa dirección. Miguel Angel, era el que más asustado estaba. No quería subir. Vidal intentó convencerle. Así que Samuel, se ofreció subir el solo para dar un vistazo de la situación. Le esperamos en el principio de la escalera. Se preparó el fusil para el ataque. Bajó enseguida. Por la cara que traía, no eran muy buenas noticias.
- Está plagado. –se llevó las manos a la cara en gesto de desesperación.
- Mierda, mierda, mierda. –decía sin parar Miguel Angel
- Tranquilízate, -le ordené- Saldremos de esta. No sé como pero lo haremos.
- ¿Tienes alguna idea genio? –preguntó Samuel con aires de superioridad.
Negué con la cabeza. Estaba igual de desesperado que ellos. Me rascaba nerviosamente los ojos. Ninguno habíamos descansado desde por la mañana y se notaba en nuestro comportamiento. Samuel subía las escaleras a cada rato. Cada vez contaba uno o dos menos. Se movían nerviosamente por el hall. De alguna manera sabían que estábamos cerca, pero no eran capaces de encontrarnos. Y eso que tan solo nos separaban veinte metros. De pronto, un ruido metálico sonó en esa misma planta, detrás de nosotros. Se escuchó a lo lejos, pero retumbó como si fuera ahí mismo. Nos dimos la vuelta a la vez. A mí, por lo menos, se me paró el corazón. Aunque seguro que al resto también. Samuel apareció de nuevo por las escaleras, nos indicó que volviéramos al almacén. Por lo que pude entenderle, el ruido les atrajo de nuevo hacia nosotros. Para mis adentros estaba maldiciendo a todo y todos. Y ¿Por qué no decirlo?, estaba acojonado. Volvían a pasar por delante de la puerta. Gemían y se chocaban entre ellos, contra las paredes y contra la puerta. Pasaron unos veinte minutos hasta que dejamos de oírlos. Esa era nuestra oportunidad. Samuel no tuvo paciencia y abrió la puerta. Se dio de bruces con uno rezagado. Forcejearon hasta que Vidal le golpeo con la culata. Hicimos muchos ruidos, así que nuevamente se dieron la vuelta. En esta ocasión, corrimos hasta la escalera. Subía los peldaños de dos en dos. Al llegar al hall, aún quedaban dos vagando. Los esquivé. No tenía intención de enfrentarme a ellos. Además, en su intento por atraparme, tropezaron con los cadáveres del suelo. Me dio cierta ventaja. Cuando llegue al pasillo final, miré hacia atrás. Vi que me seguían, así que proseguí corriendo. Al llegar a la cafetería por donde entramos, tuve que detenerme. Estaban entrando aquellos que vimos al llegar. Me di la vuelta corriendo, y llegué hasta ellos. Me asusté al ver el estado de Samuel. Emanaba sangre por uno de los hombros.  Incluso le faltaba parte de la camisa y de piel. Me horroricé.
- Están entrando por aquí. –advertí mientras miraba la herida de Samuel.- Subamos a las plantas superiores. Tenemos que curarle.
Subimos a la primera planta. Aunque había cuerpos por todos los lados, ninguno se había levantado. El olor era insoportable. Cuando pasé por un punto de informacion, agarré unas mascarillas verdes. Una me la coloqué y pasé el resto a Vidal. Nos encerramos en la única habitación donde no encontramos cuerpos. Colocamos la cama en la puerta y pusimos los frenos. Tumbaron en la otra cama a Samuel. Con las sabanas, tratamos de pararle la hemorragia. Le limpiamos todo lo que pudimos la herida y le vendamos el hombro.
- ¿Cómo te encuentras? –me interesé
- Duele de la ostia –dijo entre dientes.
- No nos han visto subir. Podemos estar tranquilos. Solo tenemos que esperar la oportunidad. –comenté
- Eso espero –seguía doloriendose –porque si no, te mato yo.
- ¿A qué cojones viene eso ahora? –le recriminó Vidal
- Tanto sigilo nos va a pasar factura. Si nos liásemos a tiros, abriríamos paso. –refunfuñó
- Mira Samuel, -repliqué- tu impaciencia ha hecho que estés herido. Solo teníamos que esperar a que se alejaran un poco. Hacerlo con cuidado para que no pasase esto. Pero no, tenías que abrir la puerta y hacerte el héroe.
- Vale ya, -insistía Vidal- Dejadlo de una puta vez.
Me apoyé en la pared junto a la ventana. Se podía ver un jardín interior. Estaba descuidado y las plantas superaban el metro de altura. Me busqué en el pantalón el paquete de tabaco. Al abrirlo vi que la mayoría estaban rotos y aplastados. Pude salvar uno.
- ¿Me das? –preguntó Vidal.
- Si quieres lo compartimos, están rotos. –contesté
- Tengo papel de liar, -buscó en un bolsillo de la mochila- a ver, déjame recoger…
Con cierta habilidad, se lio un cigarrillo perfecto y fino. Le cedí mi mechero. Estaba anocheciendo y todos éramos conscientes de que pasaríamos la noche allí. Si no moríamos antes. El aspecto de Samuel cada vez era peor. Tenía sudores fríos y comenzaba a delirar. Algo extraño dado el poco tiempo que llevaba herido. Miraba a Miguel Angel que cada vez me transmitía más inseguridad. En cualquier momento cometería una locura, o lo que es peor, un error que nos supondría el fin de todos.
Vidal se ofreció en ser el primero en hacer guardia. Pero ninguno conseguimos dormir. Solo Samuel es al que vimos descansar. Quizá por estar herido. Lo cual nos planteaba otra dificultad. En todos los planes de escape que se me ocurrían, teníamos que correr. Dado el estado en el que se encontraba, dudaba que lo pudiera hacer por sí mismo. En alguna ocasión crucé miradas con Vidal, que me dio a entender que pensaba igual. Pensando, pensando, amaneció otro día. Ningún infectado se acercó a la habitación. Lo cual era buena señal. Me ofrecí a ser el primero en mirar al pasillo. Retiramos la cama que hacía de bloqueo, y me asomé. Todo despejado. Me coloqué de nuevo la mascarilla para no ahogarme, y caminé por el pasillo hasta la escalera. Bajé los peldaños de uno en uno sin hacer ruido. Podía escucharlos. Bajé un peldaño más para asomarme. Desde esa posición, solo pude contar tres. Tirados encima de un cuerpo y destripándolo. Puse cara de asco, y bajé un peldaño más. Cinco estaban de pie enfrente de la puerta principal, mirando hacia el exterior. Por un momento se me pasó por la mente salir corriendo de allí y dejar tirados al resto del equipo. Pero supongo, que mi conciencia no me dejó. Retrocedí hasta la habitación. Allí me estaban esperando expectantes.
- Podemos tener una oportunidad. Tendríamos que salir muy deprisa, y por la puerta principal. El problema es… -miré hacia Samuel que permanecía con los ojos cerrados.
- No podemos dejarle aquí,  -me recriminó Vidal
- Lo se… -dije sincero- … solo estoy pensando en que manera podemos sacarle de aquí.
Miguel Angel, que salió un momento de la habitación, volvió con una silla de ruedas.
- Es buena idea… -le dije-… pero ¿Cómo le bajamos? Además hay un montón de cuerpos que nos impiden que ruede.
Nuestra oportunidad se desvanecía por momentos. Cuanto más tiempo tardásemos en decidirnos, menos posibilidades tendríamos de tener el hall despejado. Vidal trató de despertarlo. No reaccionaba. Aún seguía vivo por como subían y bajaban sus pulmones. Le destapé la herida, y el pus nos echó para atrás. El olor que desprendía era asqueroso. Dulce y picante a la vez. Muy denso. Le limpié nuevamente la herida con alcohol y gasas. El aspecto no era bueno. El color negruzco no era buena señal. Claramente se le había infectado la herida. De repente, se despertó bruscamente y exhaló aire ruidosamente. Miró con miedo a Vidal, cuando terminó de coger aire, cerró los ojos y se quedó con la boca abierta.
- Joder… -dijo Vidal- … ¿Qué ha sido eso?
Me miró con cara de asombro, tratando de que yo le explicase lo que habíamos visto.
- Me cago en la puta… -maldijo Miguel Angel- … la ha palmado
- ¿Cómo se va a morir? –pregunté incrédulo
- Mira… -me señaló el pecho-… no respira.
Era el único que aceptaba realmente que había muerto. Nos quedamos inmóviles por un buen rato, asimilando aquello. No se me quitaba de la cabeza aquel último suspiro suyo. Vidal fue quien me sacó de mi letargo.
- Vamos chico, -me dijo moviéndome el hombro- tenemos que irnos ya.
Cuando reaccioné, saqué mi puñal. Nos íbamos de allí. Aparté la cama para salir al pasillo. Fuimos hasta la escalera, bajamos los peldaños, y aquello seguía igual que lo dejé minutos atrás.
- Bien escucharme, -estando los tres agachados- abajo hay dos o tres que están tirados comiéndose a uno. Pegados al cristal de la puerta hay otros cuatro o cinco. Vamos corriendo hasta la puerta, los empujamos hacia un lado y estamos fuera. Solo tendríamos que correr hasta el coche que está en la parte de la derecha. No sé cómo nos vamos a encontrar el panorama fuera, pero no os detengáis. Evitarlos lo que podáis. No os enfrentéis. ¿Tenéis las llaves?
Mierda. Las llaves las tenía Samuel, teníamos que volver a la habitación y sacarlas de su bolsillo. ¿Qué más nos detendría?

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