La nieve los trajo. Capítulo 19.

Capítulo 19.


Las ráfagas de metralla, se mezclaban con los truenos y rayos de la gran tormenta que tenían encima. Se encontraban tan apretados, que en ocasiones les costaba respirar. No era para menos, debido, incluso, a la histeria colectiva. Niños, mujeres y hombres lloraban desesperados. La situación empeoraba por momentos. La lona de la carpa donde los tenían a resguardo, comenzaba a resquebrajarse con tanto peso de agua de lluvia. El viento huracanado tampoco ayudaba, y en ocasiones, parecía como si fuera a salir volando. De no ser por tanto peso de agua, hacia horas que ya se lo habría llevado el viento. Era sabido por todos, que el ejército estaba lanzando bombas en los puntos más calientes. Lugares que, estratégicamente, habían logrado reunir miles de infectados. Pero cada vez sonaban más cerca. Cada impacto, tenía un efecto expansivo, que notaban bajo sus pies. Una mujer mayor, no pudo aguantar la presión, y sufrió un infarto. Su marido, trataba sin éxito de socorrerla. Aquello provocó más histeria. Algunos trataban de alejarse, ante el temor de que la anciana se levantase. Lo que provocaba que los más cercanos a la verja, se vieran aprisionados. Dejándolos inmóviles por completo. El sentimiento de ahogo, sacaba los instintos más primitivos. Lentamente, la verja cedió. Aquello supuso un alivio para los más atrapados. Comenzaban a salir a campo descubierto. Quizá era mejor que permanecer en aquella trampa para ratones. Los soldados que permanecían en ese lado del campamento, no actuaron contra ellos. Todo lo contrario, los ayudaban a salir. Había gente por el suelo, que los pisoteaban sin remordimiento. Quizá ni siquiera supieran que estaban pisando. Tan solo tenían un objetivo. Salir de ahí. A pesar de ser pleno día, parecía como si fueran las dos de la madrugada. El cielo ennegrecido, y la intensa tormenta, ayudaban a dar esa imagen de noche. Un nuevo impacto de bomba, retumbó con tanta fuerza, que algunos sintieron un punzado en sus oídos. Algunos tenían claro que si las lanzaban contra grupos muy numeroso de infectados, esa última bomba les informaba que ese grupo se acercaba a lo que ya no era un punto seguro. Ni mucho menos. La metralla, al otro lado del campamento, no cesaba. Es más, aumentaba. Los supervivientes corrían por el campo, en todas direcciones. Supervivientes, y algún que otro soldado, embargado por el terror. ¿Quién se lo iba a echar en cara? Tan solo valía una cosa. Alejarse de cualquier ser que caminase torpemente, con la cabeza ligeramente ladeada, ojos perdidos y sin brillo, y aspecto sumamente calcado a la muerte. Alicia comenzó a correr, cuando una chica joven se interpuso. Golpeándose en ambas cabezas con tanta fuerza, que se sintió mareada. Logró recuperarse enseguida. Pero la chica no. Trataba de levantarse, pero el mareo, y una brecha en la ceja se lo impedía. Al principio, se alejó. Pero al mirar por encima de su hombro, le invadió un sentimiento de culpa. Por lo que, retrocedió, y levantó a la chica. Pasándole un brazo por los hombros. 

- Gracias –le dijo la chica en italiano.


Alicia no contestó. No era momento de charlar. Debían salir de ahí cuanto antes. Un hombre descontrolado, las arroyó. Tirándolas de nuevo al suelo. Le maldijo en voz alta, pero ya no distinguía a quien se lo decía. Las personas se entrecruzaban entre ellas. Los disparos del ejército, se escuchaban más cerca. Estaban retrocediendo. Los infectados les ganaban terreno. La chica, parecía recobrar fuerzas. Ambas se levantaron y volvían a escapar. Cuando vieron a un niño, entre dos cadáveres, llorando. La chica miró a Alicia, y no dudaron en coger de la mano al chiquillo. Corrieron en línea recta varios metros. El niño, los estaba atrasando. 

- ¿Puedes correr tu sola? –le preguntó Alicia a la chica.

Esta asintió con la cabeza. Así que, tomó en brazos al niño, y continuaron corriendo. Tenían las ropas empapadas. Se habían alejado bastante, como para aminorar la marcha. Sobre una colina, podían observar el desastre. Un nuevo avión sobrevoló sus cabezas. Sabiendo lo que podía ocurrir, se taparon los oídos. Obligando al niño a hacerlo también. Un nuevo estruendo, hizo que perdieran el equilibrio. Aun estando tan lejos del punto NO seguro. Se alejaron todo lo que pudieron, hasta incorporarse a una carretera secundaria. Siguieron esa carretera, intentando que algún coche parara y les ayudase. Sin embargo, los dos únicos vehículos que pasaron, ni siquiera aminoraron la velocidad. Alicia tenía entumecidos los brazos de llevar al niño. Cerca de una gasolinera abandonada hacia años, hicieron un alto en el camino. La estructura de ladrillo aún permanecía en pie. Aunque carecía de ventanas y puertas. Daba igual. Tan solo querían resguardarse de la tormenta, y de posibles infectados. Había goteras, pero no era ni mucho menos tan molesto que la lluvia. No había nada dentro, ni siquiera una mísera silla o mesa con la que pudieran hacer un fuego para calentarse. Alicia, dejó allí a la chica y el niño, y les pidió que no se movieran. Ella miró desde el exterior, si podría encontrar algo que les fuera de utilidad. Por suerte, a unos pocos metros, había una pila de palets. Estaban empapados, pero algo de fuego conseguirían. Arrastró los menos mojados hasta el interior, y agradeció que aun conservara su paquete de tabaco con un mechero en el interior. Era una costumbre que había dejado desde hacía años, pero dados los últimos acontecimientos, había vuelto. Si no le mataba el tabaco, lo harían aquellos seres infectados. Arrancó un trozo de cartón del paquete, y consiguió hacer una pequeña llama para prender los palets. La madera chisporroteaba dada la humedad en su interior. Hubo un momento en que casi se apaga, pero enseguida logró avivarlo de nuevo. Por fin se podían calentar un poco. Se quitó los pantalones y la camiseta, y los dejó lo suficiente cerca de la lumbre para que se secase. La chica hizo lo mismo. Alicia, se acercó al niño asustado, y trató de quitarle la ropa. Para que no tuviese frio, o no mucho, lo arropó con su abrigo. Estaba mojado, pero era mejor que nada. 

- ¿Cómo te llamas? –preguntó a la chica- Yo me llamo Alicia.

- Mellea –contestó tiritando, tanto por el frio como por la conmoción.

- ¿y tú pequeño? –se dirigió el niño.

- Luka Vitale –contestó el niño.

- Muy bien Luka, ¿Cuántos añitos tienes? –preguntaba en su escaso conocimiento de italiano.

- Ocho.

- Escúchame bien Luka, -le decía Alicia tratando de animarle- saldremos de esta. ¿Estaban tus padres allí?

- Si.

- ¿Tienes más familia?

- Si. Pero no sé dónde viven.

- No te preocupes. Con nosotras estarás bien. –miró la brecha en la ceja de Mellea- ¿Cómo estás? ¿te duele?

- No mucho. 

- Vale… -suspiró-… esperaremos aquí, hasta que se tranquilice un poco todo. Cuando amaine la tormenta, buscaremos algún lugar más seguro.


Al poco tiempo, los primeros palets se consumieron. Tuvo que vestirse para salir a por más. Prácticamente metió todos dentro. Además, los dispuso a modo de pantalla, para que si por casualidad, algún infectado entrase, les impedía un ataque directo. A decir verdad, se sentían más seguras así. En el exterior, aun se podían escuchar a lo lejos los disparos. Aunque las detonaciones habían cesado. Supieron que los aviones, empezaban a retirarse, cuando todos juntos se alejaban. Ninguno volvía para seguir lanzando bombas. Alicia sacó de una cartera guardada en uno de sus bolsillos traseros, una fotografía. Ahí estaban los cuatro. Felices. Ya había perdido la cuenta de cuánto tiempo llevaba en aquel país. Tan solo esperaba que su familia siguiese bien. Roberto le dijo en la última conversación por móvil, que buscaría la forma de buscarla. Sin embargo, si todo el mundo estaba igual, seguramente les sería muy difícil encaminarse hacia allí. Un ruido en el exterior, las puso en alerta. Pudo ver como el niño, estaba medio dormido en las piernas de Mellea. Alicia le hizo un gesto con el dedo para que no hiciese ruido. Poco antes de salir corriendo del campamento militar, pudo guardarse un destornillador de grandes dimensiones, que descansaba encima de uno de los vehículos en reparación. Lo agarró con fuerza, y se levantó despacio. La lluvia copiosa, entraba por el hueco donde antes había ventanas. Pudo distinguir una sombra al otro lado de la construcción en ruinas. Avanzó despacio. Si solo fuera un infectado, quizá tendría una oportunidad. Con tan mala suerte, que pisó unos restos de cristales, provocando que un simple ruido resonara con un enorme estruendo. La sombra se movió, acelerando el corazón de Alicia hasta límites insospechados. Ya no la veía. Se encontraba indecisa, entre seguir avanzando o quedarse en aquella posición, donde si venia podía abatirlo con más seguridad. Cuando se disponía a dar un paso más, alguien salió de su escondite asustándola. Dando un grito. Era un soldado que la apuntaba con su fusil de asalto. Al ver que Alicia no era una infectada, bajó su arma y resopló.

- Perdona –resopló el soldado en Italiano- pensé que eras uno de ellos.


Alicia entendía un poco el italiano, pero no lo dominaba. Le habló tan rápido que, la última frase no la entendió.

- Ha dicho que pensaba que eras uno de ellos. –apareció Mellea por detrás.

- ¿Estáis solas? –preguntó el soldado.

- Nosotras y un niño. Venimos del campamento. –contestó Mellea en su idioma natal.


Aquel soldado, de aspecto juvenil, dio una rápida ojeada por encima de los palets. Sus manos aun le temblaban. Dejó apoyado su fusil entre el suelo y la pared desconchada, y se desabrochó el casco. Al quitarlo, descubrió una prominente calvicie, que ninguna de las mujeres pasó por alto. Se veía un chico joven, pero sin nada de pelo en la cabeza. Se notaban las entradas, y seguramente, se rapaba casi al cero para disimular su calvicie. Trataba, nerviosamente, de buscar algo en sus bolsillos de todo el uniforme. Finalmente, en uno de los bolsillos delanteros, encontró lo que buscaba. Una cajetilla de puritos finos y un encendedor metálico. Se puso uno de ellos en los labios. Dado el estado de nerviosismo, no atinaba a prenderlo. 

- Tranquilízate –le dijo Alicia al verlo así.

- No puedo tranquilizarme. Esto me supera. –contestó en italiano. Mellea al ver la cara de Alicia se apresuró a traducirle.

- Dice que no puede. Que la situación le supera. –tradujo.

- No deberíamos quedarnos mucho tiempo aquí. La horda se desvió hace unos minutos. No tardaran en llegar. –decía a medida que Mella traducía.

- Pues marchémonos. –dijo Alicia, vistiendo a Luka.


Una vez que el soldado se tranquilizó lo suficiente, cogió de nuevo el fusil y se puso el primero. Observó el exterior, y les dio una orden de que podían salir. 

- Sigamos la carretera. En cuanto encontremos un transporte, lo utilizaremos. No miréis hacia atrás. –de nuevo el soldado daba instrucciones que Mellea tradujo para Alicia.

Sin embargo, solo hace falta que no te digan que hagas una cosa, para que lo hagas al instante. Miraron hacia atrás, descubriendo una gran masa de esos seres que ocupaba la totalidad de la calzada, y parte de los arcenes. Alicia, volvió a llevar en brazos a Luka, y aumento la marcha. Mellea la seguía muy de cerca. Llegaron hasta un cruce, donde se encontraron con dos vehículos colisionados entre sí. Los ocupantes ya no estaban, excepto en la parte de atrás de uno de ellos. Alicia tuvo que retirar la mirada, ahogando un llanto al ver un bebé de pocos meses lleno de sangre por todo el cuerpo y medio bracito desgarrado. El soldado trató de arrancar el coche que menos daño parecía tener. Pero desistió al ver que una de las ruedas delanteras estaba tan ladeada que no sería posible conducirlo. Continuaron varios kilómetros en línea recta. Mellea y Alicia se turnaban para transportar a Luka. Pero viendo que se alejaban con bastante facilidad de aquella horda, optaron por que el chico anduviera un poco para que no se hiciera tan difícil la caminata. Era casi de noche, así que debían buscar un lugar seguro para, al menos, pasar una noche. Sus estómagos rugían, solicitando su ración de sustento. 

- ¿Cómo te llamas? –preguntó Alicia al soldado.

- Nestore –contestó.

- Soy Alicia, ella es Mellea y el niño es Luka. Llevamos mucho sin comer. Deberíamos buscar algo.


Nestore, al escuchar las palabras de Alicia en boca de Mellea, buscó entre sus bolsillos. Sacó varias barritas energéticas y les ofreció una para cada uno. Era casi increíble, que con tan solo media barrita, la sensación de hambre desapareció por completo. Nestore y Mellea, continuaron por delante de Alicia y Luka. A pesar de no conocerse, entablaron conversación enseguida. Quizá también, por tener edades similares. El, con veinticuatro, y ella con dieciocho. La zona por la que transitaban, estaba desierta. Ni siquiera un infectado pululando a su antojo. Pero eso no era señal de seguridad. Las llanuras a ambos lados de la carretera secundaria por la que andaban, les ofrecía una amplia visión del lugar. Así que era muy complicado que les sorprendiese un infectado sin que lo hubiesen visto, previamente, a kilómetros. La tormenta había desaparecido por completo. En ocasiones la luna era tapada por nubes negras, llenas de lluvia. Un cartel les indicó que estaban a diez kilómetros de una autopista. Nestore, sugirió, seguir hacia allí. Ya que normalmente, las autopistas solían tener muchas áreas de servicios. Con un poco de suerte, permanecerían intactos. Además bromeó, señalando su indumentaria militar.

- ¿Quién se va a negar a ofrecer su hospicio a un militar? –bromeó, sabiendo que tendría razón.


Efectivamente, el soldado tenía razón. A pocos kilómetros para la incorporación, llegaron hasta un área de servicio. Por la escasa, o nula, iluminación supieron que allí no encontrarían mucha resistencia. No obstante, Nestore, que ya parecía menos tembloroso que cuando se encontraron por primera vez, cargó su fusil y encendió su linterna. Pidiendo al resto que esperara detrás. El área de servicio disponía de un amplio parking para coches y camiones. Apenas un camión con su remolque, y otro remolque abandonado, junto a una docena de coches distribuidos aleatoriamente por todo el estacionamiento. La zona de surtidores con su correspondiente tienda, permanecían apagados. Justo al lado, a un metro de distancia entre edificios, un restaurante. Era al menos tres veces mayor que la tienda del surtidor. También permanecía con las luces apagadas, pero la puerta de entrada tenía ambas hojas de cristal rotas. A pesar de poder entrar sin abrir la puerta, Nestore, prefirió abrirla. Al hacerlo, varios cristales que aun colgaban débilmente, cayeron al piso. El ruido no fue tan estridente, como cuando deslizó la puerta con tanto cristal en el suelo. Esperó unos segundos allí, apuntando tanto con su arma como con la linterna. Pudo observar desde fuera, como mesas y sillas estaban tiradas por el suelo. Enseguida cayó en la cuenta, que los que se refugiaron allí, los habían dispuesto a modo de barricada. Por lo que tragó saliva antes de mirar por el otro lado de la misma. Como esperaba, varios cuerpos inertes permanecían allí, en avanzado estado de descomposición. Supuso que llevaban bastante tiempo. Al explorarlos mejor, descubrió por qué no estaban convertidos en aquellos seres come humanos. Todos tenían un orificio de bala en la cabeza. No quiso saber más, y exploró el resto de la estancia. Lo que veía no le atraía demasiado. Por lo que, prefirió mirar en la tienda de al lado. Al salir, Alicia y Mellea le miraban expectantes.

- Voy a mirar la tienda. Aquí dentro está lleno de cadáveres. –informó.


La tienda parecía en buenas condiciones. Desde el exterior, y a través de la cristalera iluminó el interior. Le reflejaba la potente luz de la linterna. La apagó unos segundos, y apoyó su cabeza en el cristal para ver mejor. Un segundo más tarde, algo golpeó el cristal, justo donde tenía la cabeza. Provocando un severo susto al militar y como consecuencia, también a los demás. Era un infectado. El empleado de la tienda. Golpeaba y mordisqueaba el cristal. Nestore se reunió con las ellas.

- Esta es la situación. –hablaba más a Mellea para la traducción, que Alicia. Pero siempre buscaba más la opinión de Alicia- En el restaurante hay al menos catorce cadáveres. Además, el olor es nauseabundo. Por el contrario, la tienda parece más acogedora y limpia a pesar del infectado. Es solo uno y podemos con él.

- No creo que sea difícil con tu arma. –dijo Alicia.

- No deberíamos utilizarla, a menos que sea de extrema necesidad. Hace mucho ruido, y seria malgastar balas. Solo me quedan dos cargadores más en mis bolsillos. Si estáis de acuerdo, una de vosotras debería abrir la puerta. Mientras yo me encargo de él, con la navaja. 

- De acuerdo. –contestaron ambas al unisono.


Comentarios

Cris Albala ha dicho que…
Genial saber algo más de Alicia!!!