La nieve los trajo. Capítulo 23.

Capítulo 23.


La cabeza le dolía exageradamente. La luz proveniente del sol, a través de la ventana no ayudaba de ningún modo, a que disminuyese. Pronto se dio cuenta de que Mellea estaba a su lado. Completamente desnuda, al igual que ella. Tardó unos segundos en asimilarlo. Tan solo con el movimiento de sus labios dijo: ¡Joder! Había practicado sexo, no solo con una chica, si no con una diecinueve años menor que ella. Le llegaban los recuerdos del placer que le proporcionó, y se sintió menos culpable. ¿Qué pensaría Roberto? O ¿sus hijos? Pero ellos no estaban allí, y Mellea sí. Procuraba no darle tregua a sus sentimientos de remordimiento. Lo hecho, hecho está y lo había disfrutado. Inclinó un poco la cabeza para ver si aún seguía dormida. Allí la veía. Tan tranquila. No supo por qué, pero le besó cariñosamente en el hombro. Esta se movió un poco, pero no se despertó. Pese a estar completamente desnuda, el calor era asfixiante. Al levantarse, tuvo un ligero mareo consecuencia de la resaca. Caminó hasta el baño, comprobando que aun salía agua del grifo. Sacó de su envoltorio, un vaso de plástico que enseguida lleno de agua. Dio un primer sorbo pequeño, para comprobar que se podía beber. Tras esa primera comprobación, en total, se bebió dos vasos y medio seguidos. Se miró al espejo lleno de polvo. Poseía un aspecto horrible. Con el pelo aplastado por un lado, debido al dormirse con el pelo aun húmedo. Notó como Mellea se despertaba y se levantaba.

- ¿Alicia? –preguntó con la voz ronca- ¿estás ahí?

- Si, si… aquí en el baño. –se apresuró a contestar.

- Ok…


Notó como se desplomaba de nuevo sobre el colchón. Volvió hacia la habitación, y rebuscó por el suelo parte de su ropa. Miró que Mellea se había vuelto a dormir, pero estaba arropada con la sabana a medio caer por el suelo. Su instinto como madre, hizo que recogiera también la ropa de su joven amante, y con todo la metió en la bañera llena de agua y jabón. En ese momento, ya se había colocado una toalla para taparse. A modo de vestido. Tendió la ropa mojada en cualquier lugar donde pudiera secarse y se sentó en la otra cama. Con los pies subidos y apoyando la espalda sobre el cabecero. Rebuscó en su cartera, para volver a mirar la foto de familia. Tuvo un momento de pánico, al pensar que pudieran estar muertos o algo peor. Sobre todo su niña pequeña. Una lágrima le cayó por la mejilla. Tuvo que secársela enseguida, ya que Mellea comenzaba a despertarse de nuevo.

- Me duele mucho la cabeza. –farfulló.

- Buenas resaca tenemos… -dijo Alicia con voz cansada.

- ¿Aun sale agua? –preguntó mientras se levantaba y se masajeaba las sienes.

- Si. Parece buena. Yo ya he bebido. –la miró con pena- Te… he lavado tu ropa…


Mellea la miró con los ojos entrecerrados. Sonrió y dejó escapar una tímida carcajada, antes de que le retumbase en su cabeza. Se levantó para ir a beber agua, y al volver también se había colocado una toalla alrededor de su cuerpo.

- ¿Quieres que hablemos? –preguntó algo apurada la joven.

- ¿Sobre lo de anoche? –contestó a sabiendas de que se trataba- No hay nada que hablar. Lo que pasó, pasó. Y mucho me temo, que volverá a pasar.

- ¿Tú también eres…? –preguntó extrañada.

- Ja… no. No soy lesbiana. Pero me acabas de confirmar que tu si lo eres.


La italiana tan solo asintió con la cabeza. Alicia le hizo un gesto para que fuese con ella. Dejó que se sentara a su lado y la abrazó. Tenía sentimientos encontrados. Por momentos la veía como una madre, pero en otras… en otras como alguien a quien deseaba. 

- Mis padres nunca llegaron a enterarse. Aunque creo que lo intuían. –relataba apoyada sobre sus piernas- Algunas veces subían chicas a mi habitación. Al principio, creían que eran solo amigas. Pero mi padre… -se entristeció al recordarlo-… mi padre me dijo una vez, que podía confiar en él, fuera lo que fuera. Ese día me enfadé mucho con él. 

- Los padres somos así… -confesó-… es más, creo que mi hijo es gay. Nunca lo ha confesado. Pero nunca le he visto interesarse por chicas. Solo espero que esté bien. El y su hermana.

- ¿Estas casada? –se interesó.

- Si. Si aún vive…

- Seguro que sí. 

- Deberíamos vestirnos y comprobar que nuestras cosas siguen intactas. –cambió de tema.


Las ropas lavadas aún estaban algo húmedas, pero dado el calor que hacía, no les importó. Alicia desenfundó la pistola que le dio Nestore, y bajaron a la recepción. Fueron hasta la escalera de del parking y salieron por donde entraron. Rodearon el edificio, sin encontrarse muertos cerca. Aunque a lo lejos había uno entretenido, tratando de dar caza a un perro chihuahua que le ladraba sin cesar. El coche familiar estaba en el mismo lugar, y sus pertenencias también. Tan solo alguien que supiera donde lo habían dejado, sería capaz de encontrarlo. Pero eso no era suficiente. 

- ¿Qué vamos hacer? ¿Seguimos con la ruta? –preguntó Mellea mientras volvían con algunas cosas para comer.

- Deberíamos aprovecharnos de este lugar mientras dure. Hay que averiguar porque aun funciona el agua caliente. Y porque hay electricidad para iluminar las luces de emergencia. 


Exploraron las zonas comunes, y encontraron multitud de cosas valiosas. Las cocinas, estaban repletas de comida. La perecedera estaba podrida por la falta de frio en las potentes neveras. Pero latas de guisantes, maíz o atún, eran perfectas. Grandes pallets de bebidas gaseosas. La cocina de gas, aun funcionaba.

- Puedo hacer unas tortitas con la harina y la leche que no está estropeada. ¿te apetecen? –preguntó Alicia entusiasmada.

- Guau. Claro que sí. –contestó ilusión.


Como si fuera la cocina de su hostal, cogió los utensilios necesarios. Al poco, estaba un plato entero hasta arriba de tortitas. En la despensa, encontró multitud de botes de sirope de chocolate, caramelo y fresa. Aunque, Mellea, prefirió rellenarlas con atún y unos pimientos en lata. La mayor parte del tiempo, la pasaron en la cocina o en un lobby cercando como si fueran unas clientes muy importantes. Jugaron al billar y a las cartas. 

- ¿Crees que tu familia sigue viva? –preguntó cortante.

- Eso espero.

- Tiene que ser terrible vivir con la duda. Yo vi como morían… así que ya lo he asimilado.

- La verdad es que si… -cerró los ojos-… por eso quiero hacer lo posible por volver. Pero siempre está la posibilidad de que nunca los encuentre. 

- Cierto… -asintió como si no hubiera pensado en esa opción.


Un gran estruendo, seguido de múltiples crujidos de cristales, provenientes de la recepción. A unos veinte metros por detrás de ellas. Se quedaron inmóviles. Sin saber reaccionar. El ruido de un motor potente cesó. A continuación, se escuchaban voces amenazantes. Tan solo Mellea entendía lo que decían.

- Le está diciendo que porque no le había hablado de este lugar. –tradujo.


Otro hombre, con voz temblorosa, farfullaba cosas y medio lloraba. Mellea le tradujo algo.

- El otro hombre le ha contestado que pensaba decírselo, pero que ellos los descubrieron antes. –decía Mellea con los ojos llenos de terror.

- Vámonos de aquí. No me fio. –señaló en un susurro.


Desde el lobby, tenían acceso directo a las cocinas. Desde las cocinas, había unas escaleras de servicio de habitaciones, y subieron por ellas hasta el primer piso. Con cuidado, llegaron hasta su habitación. Pero justo antes de entrar, Alicia sintió un punzado en el antebrazo derecho. Al mirar, descubrió que estaba atravesado por una flecha. Mellea la miraba consternada. Al darse la vuelta, descubrieron a un hombre, vestido como un deportista olímpico. En una de las manos portaba un arco. Trataron de meterse en la habitación, pero otro hombre que apareció por detrás, se lo impidió. Alicia se sentía mareada. No era para menos cada vez que miraba su brazo. Incapaz de moverlo y con la flecha atravesada. El hombre que llegó desde atrás, sujetó con fuerza a Mellea, que trataba de zafarse. El del arco, caminaba a paso lento hacia ella. Sin oponer resistencia, se dejó llevar por aquel hombre escaleras abajo. Al llegar a la recepción, vieron un enorme vehículo negro. Uno de los hombres, estaba magullado y casi de rodillas. Otro hombre, de estatura más bien baja, con barba poblaba y unos ojos que infundían terror. Dos hombres más, con una vestimenta más típica de obreros, pero con armas de gran calibre, aparecieron por la puerta de cristal que habían reventado con el vehículo. Las dispusieron junto al otro hombre magullado, obligándolas a arrodillarse. Excepto a Mellea. El hombre de barba poblada, le hizo una señal para que la levantase. Se acercó a ella, y la observó con lascivia. Con bastante rapidez y fuerza, le arrancó hacia los lados la camiseta que llevaba puesta. Como se habían vestido deprisa, no llevaba puesto la ropa interior. Al verlo, el asqueroso hombre, sonrió lentamente a la vez que le agarraba con fuerza los pequeños pechos. Mellea, que se encontraba sujetada por los brazos y cuello, tan solo podía insultarle y tratar de darle patadas. Pero el barbudo, que sabría lo que pasaría, le golpeó en el estómago. La dejó sin respiración por unos intensos y largos segundos antes de agarrarla por el pelo y levantarle la cabeza. 

- Hijo de puta. –insultó casi sin fuerzas, Alicia, que lo miraba horrorizada.


El hombre, que pareció entender el insulto en español, la abofeteo. Pese a al golpe recibido, no fue tan doloroso, como la herida de su antebrazo. El hombre se volvió de nuevo a Mellea, haciéndole una mueca de negación con la cabeza y señalándole las piernas. Se entretuvo un rato con sus pechos, mientras la joven lloraba indefensa. Alicia que no podía contenerse, al ver el acoso, trató de levantarse y golpearlo. Pero su opresor se lo impidió a tiempo. 

- Como vuelvas a interrumpirme le corto una oreja a la niña y hago que te la comas. –amenazó el barbudo alargando las palabras.


Alicia lo entendió todo, o casi todo. Mellea la miró, pidiéndole ayuda. Pero tenía un dilema enorme. Si trataba de ayudarla, perdería una oreja. Si no lo hacía, era seguro que la violaba. Aun así, se decidió por la primera.

- Como la toques, te mato. –dijo temblándole todo el cuerpo.


Aquello sorprendió, tanto al barbudo como a sus secuaces. El hombre barbudo, sacó lentamente un enorme puñal enfundada a su espalda. Se acercó lentamente a Mellea, colocándoselo en su oreja derecha. Mellea soltó un grito aterrador. Aun no la había tocado, pero el mero hecho de saber lo que ocurriría, fue como si ya lo hubiera hecho. El hombre, miró divertido hacia Alicia, levantó las cejas y con un corte limpio la oreja cayó al suelo. En esta ocasión, Mellea gritó con más fuerza. Tomaba aire y volvía a gritar y llorar desesperada. Alicia, observó con rabia hacia el hombre con el arco. Pensó que lo que tenía colgado en la parte de atrás, era su carcaj, pero se dio cuenta de que tenía cruzado dos machetes con la empuñadura negra. Miró a su brazo atravesado con la flecha, y partió la parte donde estaba la punta. Con una fuerza inusual, se zafó de su opresor y se lanzó contra el arquero. Le clavo la punta de la flecha en el ojo derecho, y antes de que pudiera hacer nada más, le arrebató los dos machetes con ambas manos. Con otro movimiento rápido, imprudente, pero como si le diese igual todo, se lanzó contra el cuello del barbudo. Cruzó los machetes, y la cabeza del barbudo saltó disparado hacia un lado. Alicia soltó un grito de rabia y dolor. Se giró hacia el opresor de Mellea que lo miraba con los ojos abiertos y la boca a medio abrir. Soltó a Mellea, levantó las manos y avanzó hacia atrás lentamente. Los otros dos hombres, que portaban las armas más potentes, ya no estaban en la recepción. Mellea se desplomó al suelo. Alicia miraba con rabia al hombre que tenía las manos en alto. Se escuchó el ruido de los disparos. Los otros dos hombres, trataban de disparar desde fuera del hotel. Alicia no pasó por alto, la inexperiencia de aquellos hombres, pues lejos de entrar las balas dentro del hotel, golpeaban contra las paredes. Tan solo un par de balas rebotaron contra el vehículo negro con el que habían llegado. El hombre con las manos alzadas, aprovechó ese momento de despiste de Alicia, para tratar de correr hacia la salida. Ella se dio cuenta, y corrió hacia él. Con su brazo bueno, logró impactar con el machete sobre su hombro izquierdo. El hombre tropezó. Cayendo al suelo de cabeza, rozándose con los cristales rotos. Su acara se embadurnó de sangre, dándole un aspecto grotesco. Alicia llegó hasta él, lo miró con dureza, y dejó que la punta del machete se clavara sobre su nuca. El hombre dejó de moverse. Ella, respiraba rápida y profundamente. En ocasiones le salía un silbido como si le faltara el aire. Dio un grito largo y agudo. Cuando se quedó sin aire, volvió a repetirlo. Estaba sacando su furia. Cuando comenzó a llorar, se dio cuenta de Mellea. Soltó los machetes, allí mismo, y fue hasta ella. Estaba inconsciente sobre el suelo. En el hueco, donde estaba su oreja, salía sangre sin parar. Con un trozo de su camiseta, trató de taponar la herida. Buscó la oreja, pero desistió. ¿De qué le serviría? A pocos metros de allí, estaba la enfermería. Corrió hasta ella. Aunque la puerta estaba cerrada, pudo abrirla con cuatro intentos de golpearla. Por suerte, aquello estaba intacto. Sacó una caja de gasas, alcohol y un bote con pastillas de antibiótico. Movió a Mellea, para recostarla de lado y tener una mejor práctica. Lavó la herida con alcohol y unas gasas. Supo que tenía que taparla, cuando tomó un color más claro. Con esparadrapo y varias gasas una encima de la otra, le tapó la herida. Con todo, se había olvidado de la suya. No se percató cuando la otra parte de la flecha, se le había caído. Mejor así. Si hubiera tenido que sacarla ella sola, quizá le hubiera dolido más. Se practicó la misma cura a ella. Se sentó, apoyando la espalda sobre mostrador de recepción, y trató de traerse lo más cerca posible a su joven amante. 


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