La nieve los trajo. Capítulo 22.

Capítulo 22.


Además de Manzaneque, había otros tres soldados apuntándole con sus fusiles. Le habían dado caza. Por un momento pensó en atacarles. Pero sería inútil. Mirara donde mirara, todas las salidas estaban bloqueadas. Al más mínimo movimiento, y seguramente, le dispararían. Lo peor, es que podrían dar también a Raúl que se encontraba detrás. Aunque quizá sería la mejor solución. Acabar con Raúl. Con su sufrimiento. Pero también, podría ser su salida. Con uno de los cuchillos de la cocina, se lanzó hacia el cuello de Raúl. 

- O nos dejas salir, o le corto el cuello. –amenazó Pablo con convicción.

- Quietos… -ordenó a sus secuaces, que habían quitado el seguro de sus armas-… no le hará nada. 

- ¿Estás seguro? –preguntó amenazante. Apretando aún más el cuchillo provocando una leve herida sangrante.

- Si lo haces, nunca saldrás con vida de aquí.

- Y si no lo hago, tampoco. Al menos no te dejaré que continúes con tus experimentos… -volvió amenazar.

- Vamos… venga… Pablo… -suspiraba irritado-… estoy muy cansado… si no es Raúl, será su hermana, y si no quien considere que necesito para encontrar una cura.


De entre la oscuridad, Pablo, se percató de que había alguien. Casi, como si lo estuviera esperando, dos figuras aparecieron con extrema rapidez. Desarmaron a los tres soldados con técnicas que Pablo desconocía. Dejándolos inconscientes en el suelo. Manzaneque, que se quedó inmóvil por la sorpresa, sacó con torpeza su arma. Pero una tercera persona, algo menos ágil pero igual de eficiente, le golpeó en la nuca. El cocinero que le acompañaba, estaba agazapado detrás  de una de las camas libres. Ramón se acercó con una pistola.

- ¡no! –gritó Pablo- Déjalo. Ayudadme a sacar a Raúl.


Una de las figuras, se acercó a Pablo. Llevaba una capucha de una chaqueta deportiva. Se la quitó y sonrió a Pablo.

- Nos vemos de nuevo, General. –saludó Reina.


Ambos empujaron la cama, hacia el hueco rajado de la lona. A pocos metros, esperaban ya subidos en el camión, Mónica con Rebeca y Eli con Hugo. El hijo menor de Pablo. Héctor estaba de pie, nervioso en la parte baja. Algunos civiles, que pasaban por allí, se sorprendieron de verlos. Pero ninguno dio la voz de alarma. Tan solo apartaron la vista, y continuaron como que no vieron nada. Reina, Pablo y Ramón levantaron a Raúl en volandas y lo metieron en el suelo del camión. Mónica al verlo, no pudo contener el llanto. 

- Vamos, vamos, vamos. –apresuró Pablo a sus hombres. 


El camión arrancó, provocando un estruendo. Aceleró a tope, haciendo que los de la parte de atrás, perdieran el equilibrio. Salieron del campamento, ante la mirada de algunos soldados, que no sabían que ocurría. Ante la duda, se limitaron a observar la huida. Mientras se alejaban, se podía ver como algunas luces se encendían. 

- Creo que nos van a seguir. –gritó Pablo a los de la parte delantera.- Cambiar el rumbo cuando podáis. Tenemos que despistarlos. 

- Recibido. –contestó el que conducía. 


Se incorporaron a una carretera convencional, y a pocos kilómetros, cambiaron el rumbo hacia otra localidad más alejada. Al pasar por una aldea cercana, dos infectados vagaban por la carretera. El conductor, decidió no hacer más maniobras peligrosas, y los atropelló. El camión quedó intacto. No tanto, los cuerpos de aquellos desgraciados. Nuevamente, cambio de rumbo, y tomó una bifurcación que les llevaría hasta la autovía más cercana. Solo que, conducían en sentido contrario. Al llegar a la autovía, condujeron varios kilómetros, antes de abandonarla. Parecía como si supiese en todo momento, hacia donde ir. 

- Siento todo esto. –dijo Pablo a Mónica- Si hubiera sabido las intenciones del doctor, nunca hubiera permitido…

- Cállate. –le cortó arisca, desviando su mirada hacia Raúl, que permanecía inconsciente.

- Mierda… -dijo de repente Héctor-… nos hemos olvidado…

- Sea lo que sea, seguro que encontramos más por ahí fuera. –le contestó Pablo.

- Me extraña…


Eli también ahogó un grito al darse cuenta de lo olvidado. Mónica y Pablo los miraban expectantes, de conocer que era tan importante aquello que se habían olvidado.

- ¿Nos vais a decir que nos hemos olvidado? –preguntó Pablo impaciente.

- Bernardo… -contestó Eli con espanto-… ay, pobre… ¿Qué hacemos? No podemos volver ahora… ¿No?


Pablo hizo una mueca como disculpa. A decir verdad, nunca le había prestado demasiada atención a aquel hombre autista. 

- Siento mucho lo de vuestro amigo… no creo que le pase nada. Pero no podía pensar en todo. –trató de excusarse.

- En realidad, es culpa nuestra… -dijo Héctor sintiéndose culpable-… era nuestra responsabilidad. 


El camión paró de repente. Pablo, salió de la parte trasera y se dirigió a la cabina tractora. Se estaban quedando sin combustible. Con las prisas, no habían tenido tiempo de reabastecerse. Estaban en mitad de la nada. Era una carretera de doble sentido, entre unos parajes verdes y planos. El sol comenzaba a aparecer, y por suerte, no había nubes grises cerca. Se avecinaba buen tiempo. Estudiaron varios mapas, y a unos quince kilómetros se encontraba una localidad ligeramente grande. 

- Podemos ir hasta allí, y sacar el gasoil de los coches. –decía uno de los soldados.

- Pero también corremos el riesgo de vernos atrapados por infectados. –comentaba otro.

- Lo que está claro, es que aquí no podemos quedarnos. –continuó Pablo- Nos arriesgaremos. Obtendremos lo suficiente para llegar hasta este punto. –señaló una zona en el mapa- Allí podremos permanecer unos días tranquilos, hasta que se cansen de buscarnos. Es una zona residencial, que tenía reservado. No aparecen en ningún informe. Así que Manzaneque, tratará de buscarnos en sitios que deje apuntados. Además, ya nos hemos alejado bastante. Llevamos toda la noche en ruta.

- Está bien –dijo Reina llegando desde atrás.

- ¿Quién es ella? –preguntó Pablo viendo a Sharpay.

- Mi hermana. Espero que no te dé por entregarnos a otro médico loco… -bromeó


Pablo sonrió a medias, entre avergonzado y molesto.

- Muy bien… -señaló a Patri-… tú y Vergara os quedáis con ellos. Necesitaran apoyo si hay visita. El resto nos vamos.

- Disculpa… -llegó Ramón-… no es por nada, pero llevo años sin recibir órdenes. Y por supuesto, espero que continúe así. 

- Solo trato de mantener un orden. Mantenernos a salvo. –dijo Pablo extrañado.

- Sé muy bien cómo eres. No hace falta que me lo expliques. Solo te estoy dejando claro, que si decido hacer algo, lo voy hacer. –gruñó Ramón lanzándole una mirada punzante.

- Recibido. –le devolvió la mirada.


Los primeros cinco kilómetros los caminaron con facilidad. Pero a partir de ese momento, el cansancio hacia mella. Aunque quedaban aun diez kilómetros, se podía distinguir la ciudad. Era una carretera plana y recta. Por su lado izquierdo, un grupo de cuatro infectados andaban hacia ellos. Los soldados se disponían a abatirlos con sus armas, pero Reina y Sharpay se lo impidieron. Corrieron hacia ellos, y en treinta segundos los infectados estaban en el suelo con sendas heridas en sus cabezas. Tanto Pablo, como los soldados, los observaban con cierta admiración. 

A medida que se acercaban, ya era evidente la degradación de los edificios. Algunos habían ardido en llamas. Seguramente, por pequeñas explosiones de las tuberías de gas. Examinaban los coches abandonados en la misma carretera. Uno de ellos, aún conservaba las llaves puestas. Pero el interior era asqueroso. El desgraciado que murió en su interior, ya no estaba allí. Pero sentarse no era ni mucho menos placentero. El motor de arranque parecía funcionar, pero el chivato del gasoil mostraba que el depósito estaba vacío. Alguien ya había extraído el preciado líquido. Continuaron hasta el siguiente. Más de lo mismo. 

Un escalofrío recorrió sus cuerpos. De repente, un frio intenso y la repentina desaparición del caluroso día, les atrapó. El cielo se ennegrecía a pasos agigantados.  Algunos maldijeron en voz alta por tener que soportar un nuevo chaparrón. Mas, cuando a lo lejos, divisaron como un rayo caía sobre un edificio. Seguido, dos segundos después, de un sonoro trueno. Debían darse prisa en encontrar los suministros necesarios, o resguardarse temporalmente. Aceleraron el paso, llegando hasta las inmediaciones de un centro comercial. En el parking, se encontraban cientos de vehículos. Se acercaron hasta la primera puerta de cristal que vieron, pero se amontonaban cientos o miles de infectados. Cerca del centro comercial, estaba el surtidor de gasolina y una pequeña tienda. Por suerte, no había infectados dentro. Uno de los soldados, con una patada, abrió la puerta del almacén, destrozando por completo la parte donde estaba el pomo. Encontraron lo necesario para llevarse el gasoil. Varias garrafas, con algún líquido que desconocían, e incluso bombas de plástico para succionar el interior del depósito y rellenar las garrafas. Revisaron varios vehículos. Por suerte, allí no habían tocado nada. Con dos coches, llenaron las siete garrafas sustraídas del almacén. Otro trueno sonó, aún más cerca, indicándoles que la tormenta estaba a punto de caerles encima. Pero eso no era todo. Sin saber cómo, casi por arte de magia, los muertos empezaban a acercarse entre los coches hacia ellos. Reina se subió al techo de una furgoneta para tener una visión más amplia. La cara de preocupación, no paso por alto al resto del equipo. 

- Son muchos –gritó Reina sacándose el cuchillo de su funda.


Mientras saltaba desde lo alto, le clavó el cuchillo a uno que pasaba por allí y trataba de agarrarle desde abajo. Retrocedió hasta donde estaba la mayoría. Uno de los soldados, había conseguido con éxito, arrancar un coche. Se apretaron bien en los escasos centímetros del interior del vehículo, y aceleró a tope llevándose por delante a un muerto. La lluvia empezaba a caer sobre el sucio cristal delantero. El conductor accionó los limpiaparabrisas y en una primera barrida los dejó peor que estaban. La lluvia volvía a empapar el cristal, y con una segunda barrida logró limpiarlo del todo. Pablo, que iba de copiloto, miraba por el retrovisor. Aquella calle del parking ya estaba infestada de muertos andantes que intentaban seguirlos. Un frenazo sin aviso, hizo que todos se precipitaran hacia delante. Pablo, fue el que más daño se hizo, al golpearse con la luna. Se hizo una pequeña brecha encima de la ceja izquierda. 

- ¿Qué pasa? –preguntó Ramón refunfuñando.

- Nos han cortado el paso. –informó el conductor.


Por delante, había tantos como por la parte trasera. Reina y Sharpay fueron los primeros en abandonar el coche. A los primeros, los más adelantados o los que venían por los laterales, pudieron abatirlos con facilidad. Pero a medida que llegaban, les costaba mantenerse en pie sin tropezar con alguno. Finalmente, salieron todos, y con sus armas iban abriéndose paso. Corrieron por un pasillo cubierto, con tiendas comerciales a su derecha. Los muertos comenzaban a adentrarse hacia ese mismo pasillo, y cada vez los tenían más cerca. La tormenta era cada vez más intensa, tanto, que se formó un charco en el suelo resbaladizo por el que corrían. Ramón resbaló, empotrándose contra un escaparate. Reina, retrocedió, para socorrerlo. Con cierta dificultad, lograron alcanzar a los demás. El pasillo parecía interminable. Ramón disparaba su pistola a todo lo que tenía a menos de dos metros. Reina, prefería esquivarlos. Al final del pasillo, un pequeño jardín con una valla de tres metros, era su salvo conducto. Allí estaba esperándoles uno de los soldados. Cuando llegaron, puso sus manos entrelazadas, para que la usasen como trampolín. Ramón, no se lo pensó dos veces y saltó. 

- Sube tú –le dijo Reina.

- Venga, no seas tonto ni quieras hacerte el valiente. –le recriminó el soldado.

- Joder, -su habitual sonrisa desapareció- estoy acostumbrado a escalar más altura que esta. 

- ¿sabes qué? –dijo desafiante- no te lo pienso decir más. Tú mismo.


Reina ayudó al soldado a subir. Incluso, si no le llegan a ayudar desde arriba, se hubiera caído de nuevo al suelo. Reina miró hacia atrás. Aun le separaba unos metros de los primeros muertos que le acechaban. Miró a lo alto del muro, y vio como le observaban. Tomó carrerilla, y con un gran salto, apoyándose en un macetero a un lado, logró llegar hasta arriba sin que le ayudasen. Estaban en el primer piso del centro comercial. Una terraza. Se podían ver las mesas y las sillas, aun en su sitio. Las puertas de los establecimientos, permanecían cerradas. Al acercarse a una de ellas, comprendieron por qué. Estaban llenas de muertos que pringaban sus vísceras por las cristaleras. 

- Deberíamos quitarnos de su vista. –propuso Sharpay- Esos cristales no aguantaran mucho. Si se olvidan de nosotros, ganaremos tiempo para encontrar una solución.

- Lleva razón. –dijo Pablo, escondiéndose detrás de unas grandes macetas con plantas artificiales a modo de pantalla.


Los demás hicieron lo mismo, aunque tomaron varias sombrillas con sus contrapesos, para resguardarse de la lluvia. Se encontraban exhaustos. Reina se asomó por el lado más alejado de la terraza. Estaba plagado de muertos. Aunque muchos menos que cuando los atacaron en el hostal del padre de Raúl. Se notaba nervioso. Habitualmente, siempre encontraba un modo de salir de estas situaciones. Pero en ese momento, quizá por el cansancio o la adrenalina, lo le permitía pensar con claridad. Miró sobre sus hombros, hacia los restaurantes. Los muertos seguían allí. Tratando de salir. Observó la estructura del edificio. Parecía como si estuviese construido a modo de escalones gigantes. Sin pedir permiso, corrió hacia uno de los restaurantes de la izquierda. Tenía un pórtico muy parecido a los templos griegos. Lo que le permitiría tener un mayor agarre de escalada y subir al siguiente piso. Lo subió, no sin antes resbalar con la desgatada piedra y mojada. Pero nada que no tuviera ya asumido. Cuando llegó a la parte superior, descubrió una terraza llena de piedras pequeñitas. Había salidas de humos cada cinco o seis metros. Al fondo, una escueta puerta metálica entreabierta. Se acercó a ella, abriéndola lo más despacio que podía. Dentro solo había unas estrechas escaleras que daban a otra puerta. Al tratar de abrirla, notó que no podía. Algo la estaba empujando desde el otro lado. No quería forzar, por si estaba lleno de muertos. Por la minúscula rendija, podía ver un poco la galería del centro comercial. Quizá un pasillo que daba a los servicios. Su corazón se congeló cuando alguien le miraba, a través de la misma rendija pero desde el otro lado. Y no era una mirada de un infectado, sino de un vivo.


Comentarios

Cris Albala ha dicho que…
Mucha tensión!!! Genial capítulo... de quien es ese ojo???
Cris Albala ha dicho que…
Pobre Bernardo...