Te haré un castillo. Capítulo 3

Capítulo 3.
Alana Noboa

El local estaba repleto de niños pijos, y gente sin problemas económicos. Alana estaba en el baño de mujeres retocándose un poco los labios, y subiéndose más los pechos en su ya de por sí, minúsculo vestido plateado. En esta ocasión había elegido una peluca de pelo rubio, y muy largo. Largo casi hasta la cintura. Guardó su pintalabios de color rojo intenso en su bolsito. Se ajustó la parte baja del vestido para que se le marcase bien su figura y salió de nuevo a la sala de baile. La música, muy alta como de costumbre, elevaba la moral de algunos pretendientes que se acercaban a ella con ánimo de invitarla a bailar. Bailó con algunos pegajosos que trataban de acariciarle la parte más baja de su espalda. Pero Alana, muy sutilmente, se retiraba justo a tiempo. Dos de sus amigas, se encontraban coqueteando con dos hombres al final de la pista. Bajo la mesa del DJ. Con una rápida ojeada, captó a quien sería su víctima de esa noche. Tan solo era la una y media de la madrugada, pero esa noche sentía la necesidad de terminar su trabajo cuanto antes. Aquel hombre se encontraba sentado en una silla alta de la barra. Bebía una copa de algún licor y observaba la pantalla de su móvil. Hasta que no se acercó no supo que miraba. Se sentó a su lado, y pidió una copa de champán. Miraba de reojo que hacia su presa. Parecía estar viendo resultados económicos de la bolsa. Aquello supuso un punto extra para ser su víctima aquella noche. Se arrimó un poco más, y le tapó la pantalla del móvil.
- Hola encanto, -dijo con amplia sonrisa- ¿no te aburre tanto trabajo?

El hombre, la miró incrédulo. Bloqueó la pantalla y enseguida guardó el móvil en el bolsillo interior de su chaqueta. Aquel hombre vestía con traje negro, con camisa azul claro y sin corbata. Algo más joven de los que habitualmente suele engañar. Ella insistió.
- ¿Sueles venir solo? –preguntó mordiéndose el labio inferior
- No. –se limitó a contestar dando un sorbo a su copa
- Mis amigas me han dejado sola, y un hombre como tú… -volvía a insinuarse
- ¿Cómo te llamas? –preguntó el hombre algo más interesado y con acento extranjero
- Virginia, y ¿tú? –contestó ella
- Harold. –dijo su nombre seguido de otro sorbo a la copa
- ¿De dónde eres Harold? –aquel extranjero, quizá la estaba excitando.
- De un pequeñito pueblo al norte de Irlanda. –contestó
- Mira Harold, -empezaba a impacientarse- he tenido un mal día en la oficina. Mis amigas se están emborrachando, y yo tengo muchas ganas de des estresarme con el vicio más sano. ¿te apuntas?
- ¿Siempre eres así de directa? –preguntó sin inmutarse
- Vaya… -dijo decepcionada al ver que sus encantos, fallaban por primera vez en mucho tiempo-… he tenido que ir a dar con estrecho.

Harold la miró sorprendido, pero a la vez con media sonrisa.
- O ¿tal vez no? Harold…-estiró las letras finales.
- Ok, de acuerdo. –contestó
- ¿Tienes algún lugar donde podamos…estar más tranquilos?-casi lo tenía

Se terminaron sus respectivas copas y salieron del local. Pararon un taxi, y Harold dio una dirección al conductor. Ella, para que no notase sus verdaderas intenciones, pasó su mano por encima del pantalón. Hacia su miembro. Él no se inmutó, aunque aquello le pareció gracioso y hasta excitante. Tras unos quince minutos, el taxi se paró frente a un edificio en pleno centro. Pagó y bajaron quedándose enfrente de un portal. Ella miró asombrada hacia el edificio al cual iban a entrar. Supuso que aquellos pisos no eran aptos para mileuristas. Subieron hasta el séptimo piso, y entraron a un dúplex. Estaba decorado minimalista. Todo en perfecto orden. Aunque si le sorprendió que no dispusiera de fotos. Los grandes ventanales dejaban ver una panorámica excelente de la ciudad. Ella, esperó de pie enfrente de uno de esos ventanales.
- ¿Qué bebes? –preguntó Harold.
- ¿Qué tienes? –contestó picara
- Lo que quieras. –objetó, convencido de que pidiese lo que pidiese, lo tendría.
- Champan. –solicitó

Harold fue hasta la nevera de la cocina americana, y saco una botella. Se colocó dos copas finas entre los dedos, y llegó hasta ella. Descorchó la botella y derramó parte del contenido sobre ella. Ella lo tomó como que su ropa empezaba a sobrar. Se dio la vuelta, y Harold, delicadamente, le fue bajando la cremallera.
- Gracias, encanto. –se volvió a girar y comenzó a desnudarse.
- Necesito pasar un momento al baño. –dijo el mientras dejaba su copa encima de una mesa

Aquello no se lo esperaba, era una oportunidad única. Nunca le resultó tan sencillo. Una vez que Harold entró en el baño, cerrando la puerta, corrió hasta su minúsculo bolso y sacó un pequeño frasco. Dejó caer tres gotas en la copa de Harold y volvió a guardar el frasco en el bolso. Antes de que saliera del baño, se quitó por completo el vestido. Quedándose en ropa interior. Al salir, Harold descubrió la exuberante figura de la mujer. No pudo contener una erección. Ella se acercó a la mesa donde tenía su copa, se la ofreció mientras pegaba su cuerpo semi desnudo. Harold se dejó llevar. En esa misma estancia, al fondo, se encontraba una cama enorme. Le agarró de la mano y cuando llegaron hasta el borde de la cama, comenzó a desnudarle. Le pidió que sujetara su copa mientras le bajaba los pantalones. Al volver a subir, le tomó la copa y le insistió a beber. Este bebió la copa de un solo trago, mientras ella hacia lo mismo con la suya. Le empujó hacia la cama, cayéndose ella encima de él. Conocedora de que no tardaría mucho en hacer efecto aquellas gotas.
Al despertarse, descubrió que los rayos de sol le incrementaban la jaqueca. Aun no era consciente, cuando sintió que alguien la observaba. Estaba tumbada en la cama, arropada casi hasta los hombros. Cuando por fin se le aclaró la vista, se incorporó como un resorte. No deducía que hacía allí. La estancia le resultaba sorprendentemente familiar. En una silla, a los pies de la cama, estaba aquel hombre. Sentado, observándola despertar.
- Buenos días señorita Noboa –dijo Harold con extrema cortesía- Es realmente impresionante el efecto que produce ese somnífero que utiliza. Casi seis horas y veinte minutos.
- ¿Qué cojones…? –decía asustada
- Imagino que eso es lo que sienten sus víctimas cada noche que pasa con ellos. –continuaba hablando con tranquilidad- pero…oh no… no me malinterprete. No he abusado de usted. Ni pretendo hacerlo. ¿Cuál es la cantidad habitual que suele acopiar? Es algo que me tiene intrigado ¿sabe?, ¿tiene hambre?  Imagino que sí. Me he tomado la libertad de subirle un sabroso desayuno del bar de enfrente. –su extremada educación comenzaba a irritarla.
- No entiendo nada… -decía ella casi más para sus adentros que para Harold.
- Oh… disculpe. –dijo de nuevo, levantándose y señalando las copas-…le cambié el orden de las copas cuando… bueno usted ya sabe…-le señaló con el dedo hacia abajo.
- ¿Quién le ha contratado? ¿Qué quiere? –trataba de buscar una salida al embrollo en el que se había metido.
- No se preocupe señorita Noboa –se ensombreció un poco- lo ocurrido aquí tan solo lo sabe usted y yo.
- Deja de llamarme así… ¿Cómo sabe mi nombre? –preguntó preocupada. Pues nunca decía su verdadero nombre y mucho menos su apellido
- Alana Noboa, -relataba- natural de Pontevedra. Treinta y dos años. Llegó a Madrid hace cinco años para ser actriz. Algo que nunca ocurrió. Dado que le daba vergüenza volver con su familia, y con sus dotes, rápidamente descubrió que ganar dinero de la forma poco ortodoxa en que lo hace le permite vivir cómodamente.
- Mierda…-dijo angustiada
- Como le he dicho, señorita Noboa, no debe preocuparse. –sacó de uno de sus bolsillos interiores de la chaqueta un sobre- Aquí dispone de sus primeros honorarios, por las molestias ocasionadas. Puede quedarse en el apartamento el tiempo que desee. Le recomiendo que cambie su atuendo de anoche, por uno menos llamativo que podrá encontrar en el vestidor. Creo que son de su talla. Aunque no podría afirmarlo al cien por cien.
- Espera, espera… -no comprendía nada de lo que estaba ocurriendo- ¿Qué honorarios? Yo no soy puta.

Harold la observó divertido. Soltó una ligera carcajada, y se encaminó hacia la puerta. Dejó un llavero con dos llaves en una mesa cercana a la puerta.
- Oh… se me olvidaba. –se dio media vuelta- En el sobre también encontrará un cita con fecha y lugar. No se olvide de acudir. Que tenga un buen día, señorita Noboa.

Al cabo de unos minutos, Alana no dejaba de sorprenderse de aquella situación. Tenía una mezcla de vergüenza, terror y calma a la vez. ¿Quién era este tipo tan peculiar?

Comentarios

siyalosabes ha dicho que…
Se puede decir que es lo del cazador cazado. Hasta ahora, los tres capítulos parecen no tener nada en común... Veremos.