La nieve los trajo. Capítulo 15.

Capítulo 15.


Aquella noche durmió fatal. Cada vez que disparaban, se despertaba sobresaltado. En una ocasión, la mujer de al lado, le explicó que a ella también le costó acostumbrarse a dormir entre disparos. Pero que poco a poco, se iría acostumbrando. El supervisor, Patri, fue despertando a los trabajadores que debían empezar la jornada mucho antes que el resto. Tales, como los encargados de cocinas, almacenes o lavaplatos. Tenían unas duchas portátiles justo al lado del barracón. Disponían de tres minutos para asearse. Después, se iban directos a sus puestos. Tanto Reina como Raúl, fueron acompañados por Patri hasta las cocinas. Que no era más que otro barracón portátil. Dos hombres daban vueltas a unas cazuelas enormes sobre unos fuegos. En unas mesas al fondo, varias pilas de las bandejas metálicas. Unas bien colocadas y limpias. Otras, sucias y amontonadas cerca de unos cubos con agua y jabón. Evidentemente, sabían cuál era su puesto. 

- No tengáis prisa. –le dijo Patri apuntando algo en una carpeta- Pero no dejéis ninguna sin limpiar. Para el desayuno, ya están limpias. Pero debéis dejar preparadas, las de la comida. A las diez, tomareis un descanso de media hora para desayunar, y continuareis hasta la comida. A las cuatro, será vuestro turno de comida. Podéis comer aquí, o en los bancos públicos. Dispondréis de una hora y media. Después, vuestro turno de trabajo concluirá cuando estén listas las del desayuno del día siguiente. Cada dos días, descansáis una jornada. ¿alguna pregunta?

- Por mi parte ninguna. –contestó Reina.

- ¿Podré ver hoy a mi padre? –preguntó Raúl.

- Me apunto tu solicitud, y se la trasladaré al General. En cuanto reciba respuesta, te la comunicaré. ¿algo más? –seguía sonriendo.

- No, nada más. –dijo Raúl mirando a Reina.


Esperaron a que se marchase. Aunque empezaron con su tarea de limpieza. Los dos cocineros que había en ese momento, no parecían muy contentos. 

- ¿Cómo andas de agilidad? –susurró a Raúl.

- Normal… supongo…-contestó.

- A ver… -no dejaba de mirar a uno de los cocineros que no les quitaba ojo- El campamento está rodeado en su totalidad por una doble verja. Excepto, por una caseta prefabricada, por la que entramos. Una de las ventanas, da al pasillo que hay entre las dos verjas. Por la que patrullan los soldados. Tenemos que averiguar cómo entrar en la caseta. Hacernos con una cizaña para romper la verja y escapar. 

- Nos dispararan si nos pillan. 

- Habría que hacerlo de noche. Además de correr muy rápido hacia un bosque cercano. Si lo hacemos bien, no tendríamos problemas. Solo se darían cuenta cuando pasasen por el hueco. 

- Reina… -susurraba más bajo-…hay un tío armado cada diez metros. Nos pillarían enseguida. Quizá si hablamos con el General, nos deje salir por la puerta. Si le explicamos que preferimos buscarnos la vida por nuestra cuenta…

- Ni de coña. –dijo muy serio- He hablado con algunos de aquí, que hicieron lo que tú dices, y no les permiten salir. 

Llegadas las diez de la mañana, el supervisor les llamó para proceder a su desayuno. Consistente en un vaso de leche y cuatro galletas. Aquello tampoco era el paraíso, pensó Raúl. Casi comían mejor en la casa de Ramón. Supuso, que era normal, debido a la cantidad de gente que vivía allí. Mientras desayunaban, Figueroa pasó a las cocinas. 

- Supervisor… -dijo a Patri-… me gustaría hablar con Raúl Sauras en privado. ¿Puede buscarle un sustituto?

- Sí, señor. Enseguida. –contestó mientras se marchaba.

- Buenos días Raúl, -se puso a su lado de pie- ¿Qué tal tu primer día?

- Bien. Mucho trabajo.

- Eso es porque se está haciendo bien las cosas. ¿puedes acompañarme?


Reina lo miraba desconfiado. Raúl, terminó su vaso de leche, y las dos galletas restantes se las llevó. Como imaginaba, fueron hasta la estancia privada del General. 

- Tu supervisor me ha trasmitido tu petición para visitar a tu padre. –dijo sentándose en su escritorio, para ponerse a la altura de Raúl. Ya que era un hombre bastante alto.

- Así es, ¿podré verlo?

- Deja que te explique algo. ¿sabes que es lo que hacemos?

- No sé a qué se refiere.

- Cuando todo esto empezó, el mismo Presidente nos reunió a todos los Generales de todos los puntos seguros que íbamos a instalar. Nos pidió… nos ordenó, que mantuviéramos al mayor número de civiles con vida. Era consciente de la gravedad, y que incluso él podría caer. Por eso es tan importante mantener el orden y la cooperación. Puede que te resulten escasas las raciones. O que las medidas de seguridad afecten a tu libertad. Pero créeme, son necesarias para que no se desmorone todo esto que estamos construyendo. Uno de los pilares, es la recuperación de personas indefensas. Como tu hermana y quien sea que la está cuidando. Puede que creas que vivir ahora mismo fuera, sea lo mejor. A la larga, te encontraras solo. Con un poco de suerte, de la mano de tu hermana. Bebiendo como un animal en charcos. O comiendo insectos. Eso no es vida. La falsa sensación de libertad, hará que enloquezcas. Por eso te pido… como un favor personal… que nos digas el paradero de tu hermana. Y de todas aquellas personas, que creas que pueden estar vivos. Tan solo quiero ayudarlos. Como a ti y a tu amigo. Incluso a tu padre. Que por supuesto, podrás ver. 


Hubo un momento en que Raúl estuvo plenamente convencido por las palabras del General. Incluso, estaba dispuesto a desvelarle el paradero de su hermana. Pero un alboroto, afuera, les interrumpió. Figueroa salió como un resorte, seguido de Raúl. Cuando salieron, había una mujer que corría hacia una de las verjas. Varios soldados, le ordenaban que se detuviera. La mujer no hacía caso, y comenzó a escalar la primera verja. Cuando uno de los soldados, apretó el gatillo. La mujer se desplomó hacia atrás. Raúl miró al General, que mantenía su semblante serio. Aunque apretó los labios, en señal de enfado. 

- ¿Ves? A esto me refería. –Raúl observó cómo apretaba sus puños- Hay que mantener el orden a toda costa. Desconozco los motivos por los que esa mujer pretendía escapar. Pero esa no es el procedimiento establecido. 

- Entonces… ¿si le pido que me deje marchar? 

El General no contestó. Tan solo se dio la vuelta para entrar de nuevo a su tienda. Raúl no sabía si seguirle, o quedarse allí. Optó por entrar.

- No me ha contestado. –dijo Raúl desde la entrada.

- No estoy obligado a contestar. Ahora estoy bastante cabreado. Reanuda tus tareas con normalidad. –hubo unos diez segundos de pausa- Y queda denegada su solicitud. 

- Pero…-se calló antes de cometer una imprudencia-… gracias por atenderme.


Salió sin dejar que contestara. Enfadado, llegó de nuevo a las cocinas. Reina lo miraba expectante. Al lado, había una mujer mayor, sustituyéndole. Al verle, dejó de hacerlo, y se marchó. Raúl limpiaba con excesiva efusividad las bandejas, ante la mirada de Reina.

- ¿Qué te ha pasado? –preguntó.

- Este lugar es una puta mierda. –contestó tirando medio cubo de agua sucia al suelo.

- Te lo dije.

- Aunque tendremos que mejorar tu plan. 

- ¿No le habrás preguntado…?

- Si…, y no se lo tomó muy bien. –confesó dubitativo.

- Joder Raúl, ahora tendremos mil ojos puestos en nosotros.

- Lo sé, lo sé. Pero ya no vale lamentarnos. Pasemos desapercibidos unos días.

- Será lo mejor. Aunque me preocupa los de la casa de Ramón. Si ven que tardamos, pensaran que nos ha pasado algo. 


Aquello dejó más pensativo a Raúl. Debían pensar en alguna estrategia para marcharse de allí, y volver con sus hermanas. Sin embargo, pasarse el día allí limpiando bandejas, no les permitían estudiar nada. Tan solo llegada la hora en que terminaron. El supervisor, contó una por una todas las bandejas, y les liberó. Por suerte, solo eran las seis y cuarto de la tarde. Dieron varias vueltas al perímetro, disimulando que hacían ejercicio. Pero en realidad estudiaban los movimientos y manías de los soldados. Por desgracia no sacaron en claro nada. Parecían robots. Aquello mermó sus ánimos. Una vez cenaron, el supervisor, les llamó. Fueron de nuevo hasta las cocinas.

- Las bandejas del desayuno no están limpias. –decía.

- ¿Cómo qué no? –dijo Reina enfadado- Tu mismo las viste esta tarde.

- Entonces, explicarme, este montón de bandejas. –les señaló una montaña de bandejas tiradas entre la mesa y el suelo.

- Vamos a ver, Patri, -decía Raúl- cuando esta tarde viniste a controlarnos, viste que habíamos dejado todo correcto. ¿seguro que nadie ha entrado aquí?

- ¿Me estáis diciendo que miento? –dijo seriamente ofendido.

- No te estoy diciendo que mientas, pero nosotros tampoco mentimos. –recriminó Reina.

- Sea lo que sea, las bandejas no están listas para mañana. Os quedareis aquí hasta que estén limpias. –les ordenó- De lo contrario, tendré que informar negativamente al General.


Al salir el supervisor, entró uno de los cocineros. Era un hombre corpulento. Bastante ancho. Calvo y con barba poblada. El mismo que los miraba con desconfianza. Se quedó de pie, frente a ellos. 

- Os recomiendo que empecéis ya –dijo mientras sacaba una suculenta tableta de chocolate- o no dormiréis nada.


Aquello les enfureció más. Reina estuvo a punto de atacarle. Pero Raúl, sabiendo que eso afectaría a sus planes, le agarró del brazo. El cocinero, se rio de forma macabra. Estaba claro quien había sido el responsable de aquel desastre. No querían más problemas, así que, se pusieron a limpiar. El cocinero se había terminado, ante sus ojos, la tableta de chocolate. Pero no contento ni satisfecho, sacó de otro de sus bolsillos, un bollito de crema recubierto de una capa fina de chocolate blanco. Se deleitaba delante de los chicos, evidentemente, con ánimos de darles envidia. Hasta que de repente, se comenzó a atragantar. Trataba de toser, pero estaba tan obstruido el conducto, que comenzaba a ponerse morado. Les lanzó una mirada de socorro. Raúl se levantó a ayudarle, pero Reina, se lo impidió. El hombre cayó de rodillas y se llevaba las manos al cuello. Hasta que su cara impactó contra el suelo. Inerte. Ambos chicos lo miraban. 

- Tenemos que llamar a alguien. –decía Raúl.

- Se lo tiene merecido. Este cabrón, fue el que hizo todo este desastre. 

- Mierda Reina, van a pensar que hemos sido nosotros. –dijo con tanto temor, que sus palabras se entrecortaban.

- Aprovechemos esto para irnos. –dijo Reina tan convencido que Raúl se asustó- Si ha muerto, no tardará en convertirse. La gran mayoría de aquí, no ha visto uno de cerca desde que comenzó todo. Así que, varios de los vigías abandonarán momentáneamente sus puestos. En ese momento nos vamos.

- No me gusta nada todo esto…-sentía tanto miedo que su cuerpo se estremecía con fuerza.

- Tranquilo, Raúl, amigo mío. –le agarró por la cabeza- No te va a pasar nada. Ayúdame a arrastrarlo hasta la puerta. Desde ahí parecerá que no le hemos visto mientras curramos. Cuando veamos que se levanta, nos esconderemos detrás de las mesas. Si todo va bien, saldrá fuera. Sembrará el caos. Por debajo de las lonas, podemos salir del barracón. Estarán tan ocupados con él, que no se percataran de nuestra ausencia. Eso sí, quítate la chaqueta cuando saltemos. Las púas te desgarrarían de arriba abajo. 

- No sé si seré capaz. 

- Con un poco de ayuda y fe, lo conseguiremos.


Arrastraron el enorme cuerpo hasta la entrada de las cocinas. Ya que una enorme mesa, y los fuegos donde cocinaban, les impedía ver el cuerpo, era la excusa perfecta si entraba alguien en ese momento. Mientras limpiaban las bandejas, no quitaban ojo hacia aquella parte de la tienda. Les resultaba difícil concentrarse, sabiendo que en cualquier momento, ese mastodonte de hombre se convertiría en un hostil. Si a veces les resultaba difícil atravesar el cráneo de los más menudos, no imaginaban lo difícil que sería hacerlo sobre ese hombre tan grande. Ni de la fuerza que tendría. A Raúl se le erizó los cabellos de los brazos al imaginarlo. Además, de la adrenalina que notaba subir por su columna, al saber que tendrían que correr y saltan unas verjas llenas de espinas. O de que algún soldado les descubriese y los disparase. Aminoraron la marcha de limpieza, para tener una excusa en caso de que tardase en levantarse. De hecho, estaban impacientes. Lo miraban a cada rato por encima de la mesa, y volvían corriendo a los cubos de agua. Raúl miró su reloj. Eran las doce menos diez de la noche. Raúl notó que su amigo, también estaba nervioso. Una de sus piernas la movía desesperadamente de arriba abajo. Escucharon unas voces acercándose. Se dieron la vuelta, como habían practicado, para hacer más real su excusa. Por suerte, aquellas voces se alejaban. Eran unos vigías que hacían una ronda y pasaron de largo. Raúl suspiró. Llevándose la mano al corazón, que le latía a mil por hora. Continuaron con su tarea. La una y veinte. Todavía el cocinero no se levantaba. Reina, rebuscó por los armarios algo de valor, o quizá algún arma por si tenían que defenderse. Lo único que encontró fue un pequeño cuchillo con el que pelabas frutas y verduras. El resto eran utensilios de madera o plástico. Faltando dos minutos para las dos de la madrugada, el cocinero movió los dedos de las manos. 

- La fiesta va a comenzar, -le dijo Reina- prepárate. En cuanto se levante, apagamos el foco y esperamos a que salga. Tenemos la verja a unos cinco metros. Primero pondré mi chaqueta en las púas de la primera verja. Tomarás impulso y le ayudaré a saltar. Intenta aprovechar el impulso para tratar de no tocar la chaqueta. Es posible que la caída, te duela un poco. Mas si estas frio, así que calienta un poco. Después saltaré yo. Coloca tu chaqueta en las púas de la segunda verja. Ahora tendrás menos impulso. Así que la chaqueta debería proporcionarte algo de seguridad. ¿Lo has entendido todo?

- Si. Pero no estoy preparado.

- Ya no hay vuelta atrás. –dijo Reina señalándole al cocinero antes de apagar el foco.



Comentarios

Cris Albala ha dicho que…
Que salga bien!!! Cliffhanger... con ganas del siguiente