La nieve los trajo. Capítulo 17.

Capítulo 17.


Varios hombres estaban reparando la parte de la verja caída. Otros tantos montaban en los camiones militares a los cuerpos, y los llevaban lejos para quemarlos. Mientras caminaba entre los cadáveres, descubrió al cocinero gordo. Vio como tenia múltiples perforaciones en el pecho y un solo disparo en la cabeza. Ya no había rastro del trozo de bollito con el que se atragantó. Continuó caminando, con la esperanza de que no hubiese ningún niño entre los muertos. Ya había dejado de llover, pero el barro era abundante. A lo lejos, podía ver a Figueroa dando órdenes. Se acercó.

- Hola –saludó Raúl- Me gustaría enterrar el cuerpo de mi padre.

- Por supuesto. En cuanto el doctor termine con sus investigaciones, te doy vía libre.

- Gracias. –decía mientras se marchaba.

- El equipo que irá en busca de tu gente, saldrá en dos horas. Estate preparado.

- De acuerdo.


La taquilla que le dieron al llegar, estaba apilada junto a otras en un rincón del barracón. Sacó su mochila y un abrigo. Aún faltaban diez minutos, pero ya estaba arriba del camión. Pensaba en Reina. No sabía si consiguió llegar a salvo a casa de Ramón. Ni que se encontrarían al llegar. Pero solo le interesaba que Mónica y Rebeca estuviesen bien. Dos soldados se subieron en la parte delantera del camión. Otros dos, junto a él, en la parte trasera. Portaban armas de gran calibre, y cargaron un cajón con munición. Uno de los soldados, bastante joven, le ofreció una pistola. 

- No gracias, -rechazó Raúl- me siento más cómodo con un cuchillo. ¿no tendréis uno?

- Como quieras, -sacó de su funda uno típico del ejercito- llevo años sin utilizarlo. Pero cuando te veas acorralado por esas cosas, echaras de menos esto. –se guardó la pistola.


Les había dado indicaciones de cómo llegar. En tan solo una hora habían llegado. Aunque hicieron varias paradas, para matar a varios hostiles que vagaban por la carretera. Estaba nervioso cuando pararon enfrente de la casa. Bajaron del camión. Raúl no veía movimiento. Eso le angustiaba. Se acercó a la puerta y llamó. De reojo observó que una de las cortinas de la ventana de su izquierda se movía. No pudo distinguir de quien se trataba. Aunque la puerta se abrió. Apareció Ramón y Reina.

- Pensábamos que habías muerto. –dijo Ramón impasible.

- Pues ya ves que no. ¿Dónde está Mónica y Rebeca?

- ¿Quiénes son y que hacen aquí? –preguntó Ramón desconfiado.

- Venimos para que vayáis al campamento. No hay peligro.


Por detrás llegó Mónica. Raúl se abrazó a ella. Como era de esperar, ella también. 

- ¿Estás bien? –preguntó ella angustiada- Nos contó Reina que había muchos.

- Tranquila…-dijo sin darle importancia-… conseguimos pararlos. Bueno… yo no mucho, ya que me encerraron toda la noche en una especie de celda. ¿Dónde está Rebeca?

- Está bien. Ahora duerme con Eli. –le dijo.

- Tenéis que venir con nosotros. No son tan malos. –les dijo sin miramientos.

- Yo no pienso ir. –dijo Reina.

- Yo tampoco. –secundó Ramón.

- Yo iré donde tu vayas…-dijo Mónica.

- Yo también. –apuntó Héctor llegando por detrás- Y creo que Eli también.


Uno de los soldados carraspeo. Raúl lo entendió como un aviso de que se tenían que ir. Entró en la casa. Sharpay los observaba desde dentro. Eli, aunque estaba tumbada, no dormía. Recogió a Rebeca en brazos, que ni se inmutó. Metieron sus pocas pertenencias en la parte trasera del camión, y subieron. Menos Ramón, Reina y Sharpay. Bernardo se movía sin oponer resistencia ni opinión. 

- Bueno…-dijo Raúl a Reina-… aquí parece que se separan nuestros caminos.

- ¿Qué te han hecho? –preguntó extrañado- ¿te han amenazado?

- Nada. Solo me han dado libertad de elegir lo que quiero. –contestó.

- No me lo creo. Pero en fin… es tu decisión. –le tendió la mano.

- Gracias por todo, amigo. –le estrechó la mano.

- Suerte.


Por otro lado, Héctor y Sharpay, se despidieron ante la mirada de Raúl.

- Creo que tenían algo…-le susurró Eli-… se han pasado mucho tiempo juntos por ahí fuera. Cuando volvían, siempre estaban de risas.


De camino de nuevo al campamento, se detuvieron en una población. Los soldados, les pidieron que permanecieran dentro, mientras hacían una incursión por varios edificios. 

- Encontré a mi padre. –le contó a Mónica- Aunque también… le maté.


Aquello tomó con desconcierto a sus amigos. 

- Cuando llegamos, lo tenían en un barracón. Una especie de hospital. Hacía semanas que lo encontraron, supongo que junto Anselmo, en un bar. Los habían mordido. Allí lo estaban tratando. Pero solo lograron ralentizar el proceso. La noche que el campamento fue atacado por los hostiles, vi que ya no era él. Le clavé un bisturí. 

- Lo siento…-dijo Eli conteniendo el llanto.

- Ya veréis que no es tan malo el lugar. Al principio creíamos que era una cárcel. Pero el General solo trata de protegernos. 

- Yo te creo –decía Eli-, ¿pero porque Reina y tú os escapasteis?

- Porque al principio pensábamos que no era seguro. Pero después del ataque, hablamos el General y yo. Vi que solo tenía intenciones buenas. Además… Reina está enfadado con el mundo entero. No ve más allá. Permitió que todos esos hostiles llegaran. Si no llego a volver, muchos de los niños de allí habrían muerto. 


Varios disparos les pusieron en alerta. Sin embargo, tan solo fueron eso. Un par de disparos. Raúl miró al exterior, y no vio nada. Pero al volver a entrar, un hostil cruzó por delante. Sin más peligro se alejó. Pero esos segundos, contuvieron la respiración. Los soldados volvían, y abatieron al hostil con un disparo. Rebeca se despertó asustada. 

- Deberíamos irnos ya. –dijo uno de los soldados que se subió con ellos en la parte de atrás, dando un golpe en el cristal más cercano a la cabina del camión. 


Enseguida el camión reanudó la marcha. Raúl percibió que el otro soldado no había subido.

- ¿Dónde está tu compañero? 

- Se ha quedado atrás. Sabrá volver.

- ¿Lo dejáis atrás?

- Se desvió por su cuenta. Nosotros trabajamos en equipo. Si te arriesgas en ir por tu cuenta, es lo que tiene. Sabía las consecuencias. 


Sin más problemas llegaron al campamento. Solo que esta vez, no hubo el protocolario ingreso que tuvo Raúl y Reina la primera vez. El General, parecía estar esperándolos. La verja ya estaba de nuevo en su sitio. Aún quedaban muchos cuerpos por el campamento, pero menos de lo que había cuando salieron. Al bajar, Figueroa, se dirigió directamente a uno de los soldados.

- Quesada está solo. –informó- Se desvió hacia otro objetivo sin permiso. 

- Gracias. –contestó Figueroa sin dejar de mirar el interior del camión- ¿Vienen todos?

- No Señor. En la casa aún permanecen un varón de unos cincuenta años, el joven que escapó y una mujer de origen asiático.

- ¿Suponen un peligro?

- No señor.

- Descansen.


Esperó a que bajasen. Raúl fue el primero. Aunque se sorprendió al ver a Bernardo. Los acompañó personalmente a unos barracones. 

- Elegid vosotros. –dijo Figueroa- Las cosas van a cambiar. No quiero que la gente se sienta cohibida. 

- Gracias General. –dijo Raúl.

- Otra cosa. El doctor, ya terminó… deberías hacerlo cuanto antes. Vosotros –señaló al resto- acomodaos. Cuando estéis listos, veremos en que podéis ayudar.

- Sí señor. –dijo Héctor algo incómodo.

- Raúl, cuando puedas, necesito hablar en privado contigo. –informó algo más serio.

- Sí, claro.


Raúl les mostró varias literas libres, así como las taquillas. Les dijo que el General, le había dado permiso para poder enterrar a su padre. Obviamente, Rebeca no debía verlo. Cuando llegó al barracón del doctor, otro soldado le estaba esperando para ayudarle. Además de acompañarle al exterior y que tuviese ayuda en caso de que algún hostil les atacara. Varios metros del campamento, cavó una tumba para su padre. No sabía hasta ese momento, el esfuerzo que suponía hacerlo. Así que, el soldado le ayudó. Casi era de noche cuando terminó de tapar la tumba. Al volver, los focos ya estaban encendidos. Se pasó de nuevo por el barracón para comprobar que todos estuviesen bien, y fue a hablar con Figueroa. Para su sorpresa, el General le ofreció un trago de Coñac. Por alguna extraña razón, Raúl lo aceptó de inmediato. No era la primera vez que bebía alcohol, pero siempre acompañado de algún refresco.

- ¿Te gusta? –preguntó medio riendo.

- No mucho, pero creo que lo necesitaba.

- ¿Cuántos años tienes ya? Diecisiete creo recordar…

- Si. En mayo cumpliré los dieciocho.

- Mira Raúl… no voy a engañarte. La situación actual no es precisamente la mejor de todas. ¿te has preguntado porque tengo más relación contigo que con el resto?

- Pues no se… ¿Por qué me parezco a su hijo? –se encontraba algo mareado.

- Si, más o menos. Pero no exactamente. Necesito que hagas algo para mí. Para todos, corrijo. 

- ¿Qué tengo que hacer?

- La gente de ahí afuera necesita algo por lo que continuar. Igual que tú. Por eso, creía necesario traer aquí a tu hermana y a la gente que quieres. 

- No comprendo.

- Te prometo que tu hermana no le pasará nada. Será mi protegida. Pero a cambio… el doctor necesita trabajar contigo.

- No sé nada de medicina. –cada vez se sentía más mareado y tuvo que sentarse en una silla.

- No es necesario. ¿sabes quién es la persona que más ha durado después de infectarse?

- No –negó repetidas veces con la cabeza.

- Tu padre. Casi estuvimos a punto de contrarrestar los efectos de canibalismo, hasta que tú lo mataste.

- Me siento… muy mareado.

- Es normal. No te preocupes. El sedante no es muy fuerte. –dijo el doctor Manzaneque llegando desde atrás.


Ya no escuchó nada más. Notó como la habitación le daba vueltas y perdió el conocimiento. Soñaba con sus padres. Era una tarde en el rio. Cuando fueron de pesca. Rebeca dormía en su carrito. Estaba sentado en una silla junto a su padre, que bebía una cerveza, mientras sujetaba su caña. Un pez picó, tirándole la botella al suelo. Ambos reían por la presa que habían conseguido. Cuando la caña de Raúl, también se tensó. En esta ocasión, la pieza de Raúl era mucho más grande. Su padre le felicitó. Su madre, llegó para abrazarles. Allí, su padre, le abrió su primera cerveza. Lo celebraron, asando el pescado allí mismo para comer. Era el mejor día de su vida. Lo recordaba como si fuera ayer. Un fuerte dolor de cabeza le despertó de su sueño. Allí estaba. En la misma cama donde había estado su padre. Tenía las extremidades atadas a la cama, y varias vías en los dos brazos. El techo le daba vueltas. Estaba a punto de vomitar. El Doctor, llegó con un cubo y lo incorporó lo suficiente para que vaciase el contenido dentro del recipiente. Volvió a dormirse. Supuso que le habría inyectado otro somnífero o similar. Era agradable, volver a sentarse en la mesa de su casa, con sus padres mientras desayunaban antes de ir a clase. 


Comentarios

Cris Albala ha dicho que…
No!!!! Ahora conejillo de indias :o