La nieve los trajo. Capítulo 6.

Capítulo 6


Como si de unos petardos se tratase, terminó por despertarle. Eso, y que Raúl le estaba llamando. Aún era de noche. Con los ojos aún entre cerrados, se incorporó con dificultad debido al cansancio. Observó la cara de terror de Raúl, que llevaba en brazos a Rebeca tratando de esconder su cara entre el pecho de su hermano. Miró la hora. Tan solo había podido dormir una hora y media. 

- ¿Qué pasa chaval? –dijo aun dormido.

- Papa. Papa. –decía asustado- ocurre algo en la plaza.

- ¿Qué ocurre? –preguntó cuándo otro petardo se escuchó.

- Es Anselmo y otros vecinos. Están disparando contra gente. –decía aún más aterrado.

- ¿Cómo? –su cansancio parecía desaparecer.


Se levantó a toda prisa, y fue hasta una de las habitaciones que daban a la plaza. Levantó la persiana, y vio lo que le decía su hijo. En la plaza, llena de nieve tintada de rojo, se podía ver a Anselmo e Ignacio por un lado, disparando contra un hombre. En el otro extremo, estaba el padre de Héctor y otro vecino con una escopeta de caza. Dispararon contra otro hombre que se acercaba a ellos, torpemente. Había dejado de nevar, aunque una niebla algo densa le impedía ver por completo toda la plaza. Tanto Anselmo e Ignacio volvían a disparar al pecho del hombre, que supuso que sería el compañero del accidentado operario del quita nieves, por su indumentaria. Tras dos disparos, el hombre se desplomó en la nieve. El padre de Héctor, mientras cargaba con otros dos cartuchos su escopeta, el vecino que lo acompañaba cargó contra el hombre que les acechaba. Los dos impactos en el pecho, dejaban al descubierto parte de su interior que se desparramaba. No parecía detenerle, pues seguía avanzando contra ellos. Un último disparo cerca de la mandíbula, por parte del padre de Héctor que se dolía de su brazo, dejó inerte al hombre. Roberto pensaba que ya había terminado, pero no. La parte donde estaba la niebla, dejó al descubierto otro grupo de personas que caminaban con dificultad hacia los cuatro hombres armados. Una de las personas, mujer, supuso Roberto por la melena y uno de los pechos que llevaba al aire, se acercaba con más rapidez que sus compañeros. Ignacio no tuvo tiempo de cargar su arma y tuvo que retroceder para no ser atacado por ella. Anselmo que estaba a su lado, le asestó un duro golpe con la porra reglamentaria en el cuello. El golpe fue tan duro, que la mujer aterrizó de espaldas contra la nieve. Sin llevarse las manos al cuello en señal de dolor, como haría cualquiera, se levantó de nuevo ante la perpleja mirada de Anselmo. Elevó sus manos para agarrarlo, pero Ignacio disparó en la sien de la mujer que se desplomó de costado. No era suficiente, pues más personas se acercaban a ellos. Un grito de dolor, atrajo la mirada de Roberto. Era el padre de Héctor. Se encontraba tumbado, con uno de ellos encima tratando de morderle. El otro vecino, seguramente debido al pánico, se alejó corriendo. Dejando a su suerte al ya condenado padre de Héctor y Marcos. 

Roberto, trató de que Raúl no mirase la esperpéntica escena. Pero no pudo. Debido a que él también estaba paralizado. Su mirada se centró de nuevo en Anselmo e Ignacio. Incapaces de detener a todas aquellas personas, corrieron calle arriba alejándose de ellos. 

- No hagáis un puto ruido. Ni encendáis ninguna luz. –ordenó Roberto sin apartar la vista en la plaza.

- Papa… tengo miedo –temblaba como un flan recién hecho.

- Yo también hijo…-dijo con los ojos llorosos.


Bajó hasta la puerta principal y se aseguró que estaba bien cerrada. Bajó todo lo despacio que pudo, las persianas de la parte baja del edificio. Mónica, que se había despertado en ese momento, los observaba con extrañeza.

- ¿Qué pasa? –preguntó.

- No lo sé…-se limitó a contestar Roberto-… pero no hagas ruido ni enciendas las luces. 

- No entiendo nada…

- Mira… profesora… -decía impaciente-… no sabría explicarle lo que acabo de ver. Pero estamos en peligro. Quizá su compañero, el profesor de inglés, tuviera razón y es un ataque biológico. Acabo de ver en vivo y en directo lo mismo que en la tele.

- Me estas asustando…

- Más que nosotros, lo dudo…-dijo mientras bajaba la última persiana.


Se encerraron en la habitación con la ventana que daba a la plaza. Fue la única persiana que no bajó del todo. No quería estar a ciegas por completo. Miraba incesante la plaza, y como aquellas personas pululaban a su antojo. Su aspecto era terrorífico. Uno de ellos, debido a un impacto de bala, le faltaba parte de la mandíbula. Aun así se mantenía de pie. Más cerca de ellos, justo donde atacaron al padre de Héctor, se encontraban dos de ellos. No podía ver con claridad que estaban haciendo. Pero si podía ver el cuerpo inerte del padre de su amigo. Miró de reojo a su hijo, que se mantenía sentado en una cama consolando a una ya calmada Rebeca. Mónica se encontraba cerca de la ventana junto a él, intentando averiguar qué es lo que sucedía. Nadie pronunciaba palabra alguna. Miró otra vez la hora. Marcaban las tres y media pasadas. Comprobó si tenía algún mensaje de Alicia, o alguna llamada perdida. Se empezaba a preocupar. Aunque no era lo mejor que podía hacer, miró las noticias desde su móvil. La velocidad de internet era más lento de lo habitual, pero supuso que era normal. La página tardó casi tres minutos en cargar. Sin embargo al leer cuando fue publicada la última noticia, buscó otra más reciente. Se metía en varias páginas, pero no había nada nuevo. Al menos hasta ese mismo día y hora. De pronto, el silencio se vio comprometido al comenzar a sonar una llamada entrante. Era un sonido estridente, que los seres de la plaza no pasaron por alto. Era Alicia.

- Rober –decía angustiada.

- Nena, ¿Qué pasa? –preguntó sabiendo lo que pasaba.

- Nos han despertado los militares italianos. Dicen que nos llevan a zonas seguras. 

- Quizá es lo mejor. –confesó- Aquí las cosas se están poniendo feas de verdad. 

- Ya lo sé Rober. –comenzó a llorar- han disparado contra civiles. Hay cuerpos por todas partes. Se atacan unos a otros. Algunos están locos de verdad.

- Mierda nena, ¿Qué cojones pasa? –estaba desquiciado- Aquí está la plaza llena de… no sé cómo describirlo… ¿infectados? ¿drogados? No se nena… se han liado a tiros y aun así, no han podido con ellos… se han... se han comido a una persona delante de mis narices…


Ambos se callaron dada la conmoción. Raúl era la primera vez que veía llorar de esa manera a su padre. De hecho, a él también le invadió el mismo sentimiento y no podía dejar de llorar. Mónica los miraba con ojos vidriosos. 

- Nena…-dijo secándose las lágrimas-… ponte a salvo. No sé cómo lo haremos, pero iremos a por ti. 

- Tú cuida de nuestros hijos, Roberto. –ordenó.

- Por favor, cuídate hasta que se calme todo. Te prometo que iremos a por ti. –decía volviendo a llorar como un niño.

- Rober, no te oigo bien –se escuchaba el ruido de varios camiones y gente gritando- ¿me oyes? Cuida de los niños. Yo estaré bien. ¿me escuchas?


La llamada se cortó, aunque las últimas palabras las escuchó perfectamente. Raúl se acercó a su padre. Este le recibió abrazándolo con tanta fuerza que le ahogaba, pero necesitaba sentirlo cerca el también. Mónica, ya no podía contener las lágrimas al observándolos. En ese momento, se acordó de los seres de la plaza. Al principio, se alertaron del tono de llamada de Roberto, y trataban de buscar la procedencia del sonido. Pero ahora, de nuevo, seguían a lo suyo. Dos de ellos, los más alejados, estaban en un estado de letargo y no se movían. Tan solo permanecían de pie sin moverse. Cuatro de ellos, se unieron al festín con el cuerpo del padre de Héctor y Marcos. ¿Dónde estaban los chicos? Pensó. Se escoró un poco, con la certeza de poder ver algo más allá. Podía ver la puerta del médico. Estaba cerrada. Una de las ventanas, emitía una luz tenue. Supuso que allí estaban escondidos, y quizá, observando los movimientos de aquellos seres. No podían hacer nada. Al menos por el momento. Si bien el viento soplaba con menos fuerza, y no nevaba, la niebla era densa por momentos y en un descuido se darían de bruces con uno de ellos. Poco a poco el cansancio iba haciendo mella. Sobre todo en Roberto, después de rescatar y llevar en volandas al operario de la maquina quita nieves hasta el médico. En la silla donde estaba sentado, apoyando la cabeza sobre la pared, justo al lado de la ventana para no quitar ojo a los de fuera, daba cabezadas cada vez más largas. Mónica terminó por tumbarse en la cama donde estaba Raúl con Rebeca. Raúl prefirió quedarse sentado a los pies, aunque poco a poco iba tumbándose. Así pasaron las primeras horas hasta que empezó a amanecer. Cuando miró, Roberto, por la ventana tan solo pudo ver a uno de ellos que trataba de pasar entre dos coches, pero su ropa estaba enganchada en un espejo retrovisor. Cuando cedió la ropa, rasgándose, cayó de bruces a la nieve. Se levantó de nuevo a duras penas, y comenzaba a desaparecer por una de las calles adyacentes. Por un momento respiró tranquilo. Pues no sabía si podían acceder a las viviendas, ni si aún eran conscientes de cómo se abrían puertas. Fuera lo que fuera lo que les habían hecho, por suerte a ellos no se lo hicieron. ¿Se trasmitía de alguna manera? Si hubiera sido por el aire, ya estarían como ellos. 

El sol radiante, que hacía días que no veían, empezaba aparecer. Los primeros rayos reflejaban en la nieve, proyectando la luz contra las ventanas. La niebla había desaparecido ya por completo. Miró hacia la plaza desierta. No había movimiento ni de hostiles ni de nadie normal. No sabía si eso era bueno o malo. La luz que vio por la noche en la ventana del médico, ya no estaba. Ni notó movimiento en su interior. Pensó en los pobres chicos que habían visto como atacaban a su padre. El sonido de los pájaros revoloteando por los tejados despertó al resto de los allí presentes. Raúl fue el primero en asomarse a la ventana. 

- ¿No hay nadie? –preguntó.

- Hace horas que se fue el último. –contestó su padre con cara de cansancio

- ¿Qué está pasando papa? ¿Tiene algo que ver con los accidentes?

- Supongo que sí. Hasta donde sabemos, el accidente más cercano fue en Zaragoza. Así que desconozco como ha podido llegar hasta aquí. ¿puedes ponerme en el móvil la televisión?

- Sí, claro…-dijo encendiendo el móvil.


Por más que lo intentaba no había forma de conectarse a nada. No tenían televisores en las habitaciones, así que tuvieron que bajar a la del comedor. Como era de esperar, solo emitían telediarios de días pasados. Películas infantiles. O programas del corazón, también ya grabados.

- Esto no me gusta nada…-dijo Roberto mientras ponía la cafetera en el fuego.

- ¿Estarán tan desbordados que no pueden dar más información? –preguntó Mónica a nadie en concreto.

- Eso… o que no hay nadie para dar las noticias. –pensó Roberto en voz alta- Chaval, ¿puedes llamar a tu madre?

- No hay línea. Aunque las rayitas dicen que tenemos cobertura, no da señal. Vamos, que ni siquiera lo intenta. –contestó tan rápido que Roberto supuso que ya lo había intentado antes.

- Debería ir a buscar a Anselmo. Si alguien puede saber algo es el. –dijo Roberto, buscando la aprobación de su hijo.


Golpearon la puerta dejándolos sin respiración. Roberto se llevó el dedo índice a los labios para que permanecieran en silencio. Volvieron a golpear la puerta. No podían ver si se trataba de un hostil o no porque tenían todas las persianas bajadas en esa planta. Muy despacio, se acercó a la puerta, que volvían a golpear. Se disponía a subir las escaleras para mirar por la ventana que dejaron abierta para ver el exterior, pero alguien les habló.

- Roberto ¿estás ahí? –dijo claramente la voz de Anselmo- ¿Me oyes?


Entonces se tranquilizó un poco y abrió muy lentamente la puerta.

- Gracias a Dios Roberto –dijo un desencajado Anselmo- Déjanos entrar.


Abrió por completo la puerta, y detrás del guardia civil estaba Ignacio. A su lado Héctor y Marcos. Raúl se acercó a la puerta, y Héctor entró para abrazar a su amigo. Los demás también entraron, y cerraron la puerta.

- Necesito que te ocupes de estos chicos –ordenó Anselmo- anoche fue de lo más movida.

- Lo sé, os vi desde arriba. –dijo Roberto.

- El padre nos ayudó a detener a esas… personas… no sabría cómo llamarlas. Parecen estar muertos, pero los muertos no caminan. Nosotros tuvimos suerte, pero su padre no tanto. –relataba con espanto.

- ¿Pero qué pasó? 

- Al parecer, cuando se marchaban de casa del médico, se dieron de bruces con esos salvajes y con uno que escapaba de ellos. Tenía una escopeta. Escuchamos disparos, y bajamos del cuartel a la plaza. Joder… se me ponen los pelos de punta cuando los recuerdo. 

- En la tele no dicen nada nuevo. Las líneas están colapsadas, no consigo hablar con mi mujer. ¿Tus superiores te han informado de algo? 

- Ja…-rio irónico-… la última vez que hablé con la central, estaban desbordados. El ejército tenía el control. Por lo visto están montando campamentos a las afueras. Las ciudades están cayendo. Sea lo que sea que les pase a los que se exponen, en las ciudades debe ser mucho peor que aquí. De esto fue hace unos tres días. Por más que intento contactar con ellos, no contestan. Ni por líneas móviles ni por radiofrecuencia. Por eso hemos venido aquí. Estamos reuniendo un grupo de personas. Nos acercaremos hasta Zamora y evaluaremos la zona. 

- ¿Qué dice el alcalde de todo esto?

- Ese cabronazo ha desaparecido del mapa. Hemos ido a buscarle a su casa, y ni rastro de él ni su familia. Sus coches no estaban, así que supongo que ha huido. 

- Vamos, que sabía más de lo que nos contaba…-recalcó Roberto.

- Los salvajes que había por la zona, hemos logrado contenerlos cerca del rio. Al parecer el ruido les gusta mucho. Por lo que de momento estamos a salvo.

- Entonces me uno al grupo de expedición. –dijo Roberto convencido.

- Mejor que te quedes con ellos –señaló a los muchachos.

- Yo puedo hacerme cargo, -dijo Mónica.


Roberto miró a su hijo. Con la mirada le estaba diciendo que no se fuera.

- Chaval, tengo que ver cómo está el panorama ahí fuera. Debo asegurarme que podemos ir a buscar a tu madre. –le dijo.

- No me gusta que te expongas tanto. –contestó el

- A mí tampoco.  Además, este es el lugar más seguro, por el momento. Mónica cuidará de vosotros. 



Comentarios

Cris Albala ha dicho que…
Esto empieza a ponerse feo... Me gusta como empiezan a descubrir lo que ocurre.
Cris Albala ha dicho que…
Italian@s manifestaros!!! Dejad algún comentario