La nieve los trajo. Capítulo 11.

Capítulo 11.


Berni, por fin se despertó. El cubo de agua fría que le tiró Raúl por la cabeza, hizo efecto. Temía que se pusiera a gritar como antes. Pero se mantuvo callado y sin apartarse de Raúl. Mónica, Eli y Rebeca, ya había bajado. Informaron que todo correcto. Una pequeña sala con barricas antiguas y vacías, les indicaba que estaban en la bodega. Reina y Héctor, se iban pasando mochilas y bolsas con todo lo que pudieran necesitar. El último en entrar fue Raúl. Aún no habían traspasado la puerta, ni mucho menos los muebles que habían colocado a modo de barricada. Pero el mero pensamiento, de ver a todos esos hostiles entrando a por ellos, le proporcionó un severo escalofrió difícil de olvidar. Habían atado una cuerda a las patas de la mesa de recepción. A modo de que cuando estuvieran todos dentro, tiraran de ella para colocar la mesa encima para ocultar la entrada a la bodega. Hicieron varias simulaciones. Una de ellas, casi se les cae encima la mesa. Pero finalmente, lo lograron. Estaban ocultos. Examinaron la bodega. No parecía que hubiera ninguna salida, a excepción de un arco de piedra, ahora sellado con ladrillos. Supusieron que aquello, era lo que comunicaba las dos viviendas superiores. Como aún no habían logrado entrar los hostiles, con la maza empezaron a tirar aquella pared de ladrillo. No fue difícil romperlos. Antes de hacer el hueco más grande, iluminaron el interior, para no llevarse ninguna sorpresa. Era otra bodega exactamente igual. Con las mismas dimensiones. Una vez que no había peligro, hicieron el hueco lo suficiente grande para pasar. También había unas escaleras que subían, igual que las del hostal. Sin embargo, otro arco sin tapiar, parecía llevarles a otro lado. 

- Quizá haya una salida por ahí. –dijo Eli.

- Vamos a mirarlo, -dijo Reina iluminando el pasillo. 


No era excesivamente alto el pasillo, por lo que tenían que andar con cuidado de no golpearse en la cabeza por las zonas más bajas. El pasillo estaba en línea recta, pero al final giraba hacia la derecha. Otro pasillo largo y sin iluminar. Estaba húmedo. Caían gotas constantemente sobre sus cabezas. Al final de ese pasillo, había otra puerta. Estaba cerrada con un candado. 

- Entra aire por aquí. –dijo Reina- Seguramente es por donde meterían el vino. 

- Deberíamos asegurarnos de que detrás no hay… -dijo Héctor con pánico.

- Solo lo sabremos si la abrimos. –contestó Reina buscando la aprobación de todos.


Raúl miraba a Mónica, que con Rebeca en brazos le hacía gestos de que esperaran un poco. Eli tampoco parecía muy convencida. Tan solo Héctor y Reina eran los únicos que optaban por averiguarlo en ese momento. 

- Está bien…-dijo Reina-… esperamos un poco. Vamos a permanecer en silencio, y trataré de escuchar si hay algo detrás.

- ¿Qué hacemos si al abrir aparecen? –preguntó Héctor.

- Toma tu hacha. –se la tendió- Raúl, coge mi cuchillo. Yo me quedo con la maza. Romperé a martillazos el candado. Si entran, tendremos que ocuparnos de ellos. Mónica y Eli, escondeos detrás de las barricas. Buscad algo con lo que defenderos si nosotros no podemos con ellos.


Aquello supuso un terror insospechado en ellas. Eli temblaba tanto, que se agazapó detrás de una enorme barrica. Mónica, miraba a Raúl.

- Por nuestro bien –dijo señalando a su hermana-, que no haya de esos ahí detrás. No sé si podré defenderla…

- Gracias Mónica…-se abrazó a ella.

- ¿Estáis preparados? –preguntó Reina elevando la maza.

- No. –contestaron todos a la vez.

- Pues preparaos, porque allá voy. –dijo mientras daba un golpe al candando.


El candado se rompió a la primera. Además, el ruido que provocó, al golpear también en la puerta, les cortó la respiración por unos cuantos largos segundos. Se quedaron inmóviles y en posición defensiva, mientras Reina abría muy lentamente la puerta. Aún era de noche, pero se podía distinguir todo lo que había en el exterior.

- Joder…-dijo Reina abriéndola del todo- está despejado.


Un ruido sordo detrás de ellos los asustó. Los que intentaban entrar en el hostal, lo habían conseguido. Además, se escuchó como el mueble bar que había colocado en la puerta, se golpeó contra el suelo. Lo que no sabían, era si habían encontrado la entrada a las bodegas. Por lo que tuvieron que acelerar su salida. Mónica tuvo que abrigar más a Rebeca, pues el frio era infernal. La salida estaba varios metros fuera del pueblo. Sin embargo, podían ver la manada acercándose por la calle del hostal. Ajenos a su huida. Estaban en pleno bosque. Un sendero, lleno de nieve, les indicó que por allí no había pasado nadie. Caminaron por ese sendero varios kilómetros. Siempre alerta de no encontrarse con nadie. Al final del sendero, estaba la carretera principal. Se estaban alejando de aquella manada de hostiles. Llegadas las horas de madrugada, el frio era más intenso. Reina se detuvo mirando al horizonte. Se podía ver el humo saliendo de una chimenea de una solitaria casa entre los árboles. A unos cien metros de la carretera por la cual caminaban.

- Allí hay alguien vivo seguro. –dijo Reina.

- Pues vayamos. Tengo un frio de cojones. –contestó Héctor.

- Deberíamos asegurarnos antes de que no hay peligro. –dijo Raúl.


Salieron de la carretera, y se acercaron a esa casa. La distancia con respecto al pueblo, era de al menos seis kilómetros. Según llegaban, por una de las ventanas, se podía distinguir una leve luz. Posiblemente de unas velas. Estando enfrente de la puerta, Reina les pidió que se quedaran unos metros atrás, mientras llamaba a la puerta. Era una casa de una sola planta. De ladrillo y piedra. Muy rustica, y habitual por la zona. No disponía de timbre, pero si de un golpeador con forma de mano. Llamó tres veces. Percibió un sonido algo familiar. Era música clásica. A los pocos segundos, la música cesó y se abrió la puerta. Apareció un hombre bajo, con cabeza grande, moreno. Unos cuarenta y cinco años. Héctor parecía conocerle.

- Buenas noches. –dijo Reina.

Aquel hombre se quedó mirando a Héctor. Este devolvía la mirada. Luego miró a Reina.

- ¿Qué queréis? –dijo el hombre.

- Pues nos han atacado donde vivíamos, hemos visto su casa. Hace frio, y nos preguntábamos si sería usted tan amable de dejarnos pasar la noche aquí. –dijo Reina.

- Muchacho –se dirigió a Héctor- ¿Dónde está tu padre?

- Murió. –contestó.

- A ver… -decía Reina con sorpresa-… ¿os conocéis?

- Es mi tío. –dijo Héctor.

- Una pena lo de tu padre. –dijo el hombre- Venga, pasad. 


Aquel hombre les dejó pasar. Lo primero que vieron, es que todos los muebles parecían haber sido tallados a mano. La estancia estaba iluminada por varias velas. La chimenea estaba encendida, y agradecieron el calor que producía. 

- No sabía que tenías un tío. –dijo Raúl a Héctor.

- Llevaban sin hablarse años. Mucho antes de nacer yo. Aunque a veces le he visto a escondidas de mi padre a la salida del colegio. Lo que no sabía era donde vivía. –contestó.

- Muchacho, -refunfuñó el hombre- no veo a tu hermano.

- Marcos…-dijo apenado.

- No. No. No me lo cuentes. –apoyó una de sus manos en el hombro- Aunque me alegro de que tú sigas vivo. 

- Deja que te presente, -dijo Héctor- chicos, este es mi tío Ramón. Es el hermano de mi padre. Aquí estaremos bien. Es un buen hombre. Tío, estos son Reina, Raúl, Eli, Mónica, la hermana de Raúl y Bernardo. El tonto del pueblo.

- A ese lo conozco. Supongo que su madre también ha caído. –dijo Ramón.


La única que pudo dormir fue Rebeca. Había tomado como su protectora a Mónica. Así que casi, no se separaba de ella. Le ofrecieron a Ramón, algo de carne. Por supuesto, lo aceptó de buena gana. En el fuego de la chimenea, asaron unas salchichas. Ramón les ofreció vino. Héctor le estuvo contando a su tío todo lo ocurrido desde los accidentes. Al verlos, les ofreció quedarse un tiempo allí. De hecho, por un momento se lo rogó. Al parecer, llevaba viviendo solo desde hacía muchos años. Desde que dejó el ejército, se ha ganado la vida tallando en madera adornos. Incluso haciendo muebles rústicos. Una de sus cualidades más significativas era la paciencia. El padre de Héctor y el, tuvieron una fuerte discusión mucho antes de nacer. Una disputa por la herencia familiar. En la que Ramón, salía perjudicado. No le importaba el resto de bienes. Tan solo quería un viejo almacén, para montar su negocio de madera. El dinero, y la carnicería se la cedían al padre de Héctor. Sin embargo, este no aceptó. Quedándose con casi todo, menos en la casa donde ahora vivía. En ocasiones, y a escondidas, veía a sus sobrinos a la salida del colegio. Les llevaba alguna figura de madera de regalo. 

La casa tan solo disponía de una habitación, que por supuesto, utilizaría Ramón. Así que, entre el sillón y unos sacos de dormir, tenían que acomodarse el resto. Dentro de la minúscula cocina, había un mueble cerrado con candado. En el de al lado, tan solo un plato, una cuchara y un vaso metálico. Muy común entre los soldados. Como única despensa, debajo del fregadero, tenía un saco de alubias y otro medio saco con patatas. 

***


Reina corría entre los coches de aquella calle. Otra población fantasma. Tan solo habitado por aquellos seres, que como única finalidad, era llevarse la mayor parte de su cuerpo a la boca. Desde que se acomodaron en casa de Ramón, hacían incursiones a poblaciones cercanas. Por suerte, encontraban casi todo lo que buscaban. Lo único que no encontraban era carne. Se conformaban con cualquier cosa que no pereciera tan pronto. Lo conseguido en la carnicería del padre de Héctor, se acabó pronto. Incluso, racionándolo. Raúl le seguía de cerca. Aunque la lluvia era intensa, había adquirido cierta habilidad para mantener el equilibrio y no resbalar. Eran perseguidos por un grupo de unos quince hostiles. Al principio, acaban con ellos, pero a medida que pasaba el tiempo, pensaron que era mejor evitarlos. Eli y Héctor, los esperaban cerca de un surtidor a las afueras. Los veían venir. Ellos, aun no se habían acostumbrado a la presencia post mortem de aquellos seres, provocándoles serios escalofríos. Cuando se reunieron, por fin, se fueron en un coche robado hace semanas. Reina era el único que sabía conducir, a parte de Ramón y Mónica, pero ellos siempre permanecían en la casa. Se alejaron de allí, sin dejar de observar por los retrovisores a los perseguidores. Llegar hasta la casa con el coche, no era tarea fácil. Mas cuando el minúsculo camino de tierra se embarraba. En una ocasión, se quedaron atascados, y hasta pasados dos días no pudieron sacarlo de ahí. Así que, lo escondían a la entrada, entre unos árboles, y caminaban los pocos metros que los separaban de la casa. Por lo que fuera, ningún hostil se acercaba a la casa. Aunque Ramón, les indicó que harían guardia todo el día y noche. Si otra manada, se acercaba, allí no había una salida subterránea como en el hostal. En el mueble con candado, guardaba dos escopetas de caza, una pistola y munición para las dos armas. Esas armas, por precaución, solo eran accesibles para Ramón. Conseguir agua era sencillo. Cerca de allí, el rio fluía con fuerza. Mas, con las intensas lluvias, que no cesaban. Puesto que no sabían si el agua estaba contaminada, la hervían antes de consumir. Hasta el momento no habían tenido problemas. En cada salida, Raúl, conseguía pañales y algún juguete para su hermana. Algunos tarros de comida para bebes, ya estaban caducados. Pero la leche en polvo, parecía durar más. No obstante, comía prácticamente lo mismo que los adultos. Sobre todo las alubias cocidas. Las devoraba. 

Un nuevo día amanecía, y Raúl no dejaba de pensar en sus padres. ¿Se habrían convertido? ¿Estarían muertos del todo? El solo hecho de pensar en encontrarse medio podrido a su padre, su estómago le manifestaba un ligero cosquilleo de dolor. Por otro lado, su madre, desde Italia no sabía si seguía con vida. Si lo estaba, seguro estaría buscando la manera de volver con ellos. Si llegaba al hostal y viese que no hay nadie… Por eso, casi todos los días volvía a los alrededores de su pueblo. Aun rondaban muchos hostiles por allí. Pero desde una zona elevada, donde recordaba que hacían botellones, tenía una amplia vista de la plaza del pueblo. El primer día que subió, pudo ver como una mujer era engullida. No supo quién era en ningún momento. Aun asi, sintió lastima por ella. Desde entonces, no vio a nadie más vivo. 

Allí estaba de nuevo, encima del risco. Cayéndole la lluvia por la cara. Mirando fijamente la entrada a su casa. Entraban y salían a su antojo. Eran como robots. Se movían por impulsos. Si notaban movimiento inusual, o alguna teja caía al suelo se lanzaban hacia ella como si fuera un ser vivo. Segundos después, cuando no podían sacar carne de la teja, volvían a su estado. Así, una y otra vez. Sin descanso. 

- Sabía que te encontraría aquí. –dijo Eli llegando desde atrás.

- No sé nada de mi padre. Creo que ha pasado ya más de un mes desde que se fue con la Guardia Civil. Y mi madre… desde Italia… -le contaba melancólico.

- Llevamos mucho sin hablar como lo hacíamos antes. –dijo apoyando su cabeza en el hombro de Raúl. Este le devolvió el gesto, pasando un brazo por la espalda.- Eres mi mejor amigo y te echo de menos.

- Yo a ti Eli… -confesó limpiándose una lágrima.

- No parece que os vaya muy bien a la profesora y a ti. 

- Ya. Se está ocupando de Rebeca como si fuese su madre. Y nosotros salimos a por cosas. –dijo el sin darle importancia.

- ¿La quieres? –preguntó.

- Creo que sí. –contestó confuso.

- Me alegro. –le dio un beso en la mejilla.


Pasado unas horas, ya cansados, volvían juntos hacia la casa. Antes de que la noche cayera sobre ellos. La noche y el frio. Ya que las noches era sumamente frías. De camino, recogieron algunas ramas secas para tirar a la lumbre de la chimenea. Aunque tenían una gran cantidad en la parte posterior de la casa, desperdiciarlos era mala idea. A pocos metros de la casa, se escuchó un disparo. Supieron enseguida que provenía cerca de la casa. Se miraron confusos, y justo antes de comenzar a correr, alguien les cortó el paso. 

 

Nota: Gracias a Cris Albala.



Comentarios

Cris Albala ha dicho que…
Gracias a ti por regalarnos tus escritos. Me ha gustado mucho el capítulo.