La nieve los trajo. Capítulo 8.

Capítulo 8.


Aquella pregunta dejó sin respuesta a Raúl, que por más que pensaba en algo, era cada vez más ridículo. Héctor lo miraba como quien mira a un mentiroso. 

- ¿Cómo lo sabes? –fue lo que consiguió decir.

- No os encontraba y fui a buscaros. No os vi. Pero sabía perfectamente lo que hacíais. No me has contestado. ¿desde cuándo te la follas? 

- A ver Héctor… sé que debería haberlo contado… 

- ¡que me contestes de una puta vez! –gritó.

- Hace tres meses…-confesó.

- Que hijo de puta... –caminaba de un lado a otro de la habitación decepcionado con su amigo-… soy tu mejor amigo… podías habérmelo contado…

- Lo… siento… -se sentía ridículo-… ¿lo vas a contar?

- Tranquilo. –le puso las manos en los hombros- Sigo siendo tu amigo. Pero no te voy a perdonar que no me lo dijeras. Que cabrón… ¿Qué tal es?

- A ver… -estaba avergonzado-… pues como estar con otra chica.

- Y una mierda… -dijo riéndose-… es la puta profesora buena del colegio tío. Menudas tetas…


Se miraron conteniendo una carcajada, que finalmente salió. A decir verdad, Raúl se sentía aliviado. Compartir con alguien, su mejor amigo, que se acostaba con Mónica, le parecía hasta divertido. Eso sí, le advirtió, que por favor no dijera nada. 

Al volver al comedor, Mónica estaba con Rebeca en brazos. Cuando vio a Raúl, le miró con terror. Este se acercó.

- ¿Estás bien? –preguntó Raúl.

- Pensé que te mataban… -dijo preocupada.

- No podía dejarle…-confesó aunque sabía que fue una imprudencia.

- Si te llega a pasar algo, tu padre me mata. 

- Bueno… pues no me ha pasado nada. Y espero que mi padre no se entere.

- Ni de coña… -dijo con temor.

- Deberíamos comer algo y descansar. –propuso Raúl en voz alta para que le escucharan los demás.


Mónica dejó a Rebeca en el suelo, y se dispuso a preparar la cena. El gas no llegaba. Otro recurso que dejaba de llegarles. La luz, por el momento, seguía llegando. Aunque en ocasiones, las bombillas parpadeaban. Afuera, ya de noche, de nuevo el viento y en esta ocasión, la lluvia volvía a aparecer. Por suerte, encontró una bolsa de patatas que ofreció a Bernardo. Este le sonrió como un niño pequeño que saboreaba cada pieza como si fuera una golosina. Sentado en una silla al final de la cocina. A veces, reía sin venir a cuento. Como si le contasen un chiste. A pesar de que ya no funcionaban las líneas, Héctor recibió un mensaje de Eli.

- Escuchad –dijo Héctor despertando del letargo a los demás- Eli me ha escrito. 

- ¿Cómo? –preguntó Raúl- ¿Tenemos línea de nuevo?

- No lo sé. –sus ojos se abrieron de par en par al leer el mensaje.

- ¿Qué dice? –preguntó impaciente.

- Que están encerrados en su casa. Pero que hay gente fuera, intentando entrar. 


Trató de llamarla, pero no daba línea. Quizá, por el azar, Eli escribió el mensaje y les llegó. Aunque no sabían si el mensaje era de ahora o de horas atrás.

- No sabemos si ese mensaje lo ha escrito ahora –dijo Mónica.

- Eso es verdad –ratificó Raúl- Aunque deberíamos ir a buscarla por la mañana. 

- Espero que puedan aguantar –dijo un apenado Héctor.


Aquella noche, tampoco apareció Roberto ni el grupo de Anselmo. Tan solo unos cuantos hostiles que desaparecían enseguida por las calles adyacentes. Hacían turnos de guardia, cada tres horas. Siempre vigilando desde la ventana del tercer piso. A pesar del temporal, el sol volvió a brillar por la mañana. Por suerte, al llover y no nevar, la nieve de las calles comenzaba a desaparecer. Una vez levantados todos, decidieron que Marcos, Raúl y Héctor son los que irían a buscar a Eli y su familia. Si es que aún seguían vivos. Se abrigaron bien. Héctor se apropió del hacha. Raúl y Marcos con un martillo cada uno. Se aseguraron bien de que no había hostiles cerca, y se fueron. La casa de Eli no quedaba muy lejos, aunque era de las más alejadas del pueblo. Caminaban con sumo cuidado de no resbalar por las zonas donde aún estaba la nieve congelada. El pueblo estaba muerto. Casi literalmente. Tan solo en una ocasión, percibieron movimiento a través de una ventana. Ni siquiera supieron si se trataba de un hostil o de una persona normal. Antes de llegar a la calle donde vivía Eli, se pararon. En el mensaje les decía que trataban de entrar. Así que debían ser cautos. Bordearon la casa contigua, y saltaron un jardín privado. Aun les quedaba una casa más. Pero si se subían por el muro que separan ambas casas, podían ver con seguridad si había hostiles cerca. Todo parecía en orden. Tan solo un cuerpo tirado en el suelo. Pero ninguno rondando cerca. 

- ¿Han conseguido entrar? –preguntó un tembloroso Héctor.

- La puerta no se ve desde aquí. Pero no parece…-dijo Raúl.


Saltaron el muro y caminaron hasta la puerta de entrada. Estaba cerrada. Pero llena de sangre. Incluso las dos ventanas de al lado. Por lo visto, habían tapiado con maderas las ventanas. Raúl, con cierto recelo, llamó a la puerta. Dos golpes tímidos. Esperaron unos instantes, antes de volver a llamar. Marcos vigilaba ambos lados de la calle ante posibles llegadas de hostiles. Raúl acercó la oreja a la puerta. No escuchaba movimiento. Se temió lo peor. Miró hacia arriba. Las ventanas superiores, no estaba tapiadas.

- Quizá si entramos por ahí arriba, podamos averiguar algo –propuso Raúl.

- Vale –dijo Marcos- ¿pero cómo subimos?

- ¿pasará algo si rompemos el cristal de la furgoneta esa de ahí? –preguntó señalándola- Si quitamos el freno de mano y conseguimos traerla hasta aquí, quizá lleguemos.


En cierto modo, cuanto menos ruido hicieran mejor. Pero era su amiga la que podía estar en peligro. Marcos se acercó a la ventanilla del vehículo. Con el martillo, golpeó. Pero un primer intentó no fue suficiente. Una segunda vez y se agrietó. Con una tercera, se hizo añicos. El ruido retumbó en toda la calle. Los tres se quedaron quietos, mirado hacia todas partes, con el temor de que atrajera a los hostiles. No aparecía nadie. Marcos entró en el vehículo y quitó el freno de mano. No se movía.

- Quita las marchas –dijo Héctor.


Al quitar las marchas, esta empezó a moverse debido a la inclinación de la calle. De vez en cuanto pisaba el freno. Pero el volante estaba duro. No se movía. Y necesitaban girarlo un poco para que se pusiera perpendicular a la casa. Cuando consiguieron dejarla a la altura de la casa, la distancia entre la furgoneta y las ventanas era considerable.

- Esto no funciona. –dijo Raúl desesperado. 


Una de las veces que miraron hacia las ventanas superiores, descubrieron algo que les puso la piel de gallina. Era la madre de Eli. Pero le faltaba parte de la cabellera, y hacía gestos con la boca. Descubriendo unos dientes llenos de sangre. Los miraba furtivamente, golpeando el cristal de la ventana.

- Mierda tíos…-dijo Marcos horrorizado-… es la madre…

- Es una hostil…-Raúl se llevó las manos a la cabeza.


Héctor se acercó a la puerta y empezó a llamar a Eli a gritos. La madre, desde arriba, se empezaba a poner más nerviosa. Hasta el punto de partir uno de los cristales. Lo atravesó con un brazo. Al volver a sacarlo del agujero, se desgarró todo el antebrazo, dejando a la vista tendones y parte del hueso. Marcos y Raúl miraban aquello estupefactos. Héctor, comenzó a golpear con el hombro la puerta. Tratando de forzarla. Lo único que consiguió fue hacerse más daño. El ruido que estaba haciendo, atrajo a un hostil que se acercaba calle abajo. 

- Héctor, ¡para! –le ordenó su hermano- estas atrayéndolos.

- Me da igual, ayudadme –dijo mientras cogía carrerilla.


Fue inútil. La puerta no se movió. Cuando Raúl miró calle abajo, se habían unido otros dos. Los reconoció. Eran vecinos del pueblo. Por la forma de andar y las heridas, supo que se habían convertido. 

- Tíos, tenemos que irnos –decía Marcos.

- No sabemos nada de Eli, puede estar atrapada en su propia casa. –se enfadó Héctor.

- O se ha convertido –contestó Raúl.

- Me niego. –golpeó la puerta otra vez.


Los tres hostiles que subían la calle, eran lentos. Pero en cuestión de un minuto tendrían que hacerles frente si no se marchaban enseguida. Marcos y Raúl, sujetaron con firmeza su martillo. Se pusieron en mitad de la calle. Eso hizo que se centraran en ellos, y olvidaran a Héctor que seguía empeñado en entrar. Un impaciente Raúl, corrió hasta el más cercano y le asestó un duro martillazo en el hombro. Hizo que se cayera al suelo, pero comenzaba a levantarse. Volvió de nuevo donde Marcos, que permanecía inmóvil. Faltando dos metros asestó un golpe en la mandíbula a uno de ellos, arrancándosela de cuajo. No pudo reprimir una arcada. Pero seguía avanzando hacia él. Raúl, hizo lo mismo contra el primero que atacó, que ya estaba a su altura. Les golpeaban y retrocedían. Nada parecía detenerles. Eran tres contra dos. Aunque estaban alejándolos de la atención de Héctor, uno de ellos cambio de rumbo y se dirigía hacia Héctor. Por más que le avisaban, Héctor estaba fuera de sí, intentando entrar en la casa. Finalmente, el hostil se agarró a Héctor. Lanzaba dentelladas, que este intentaba evitar. Tanto Marcos como Raúl, estaban entretenidos con los otros dos. Unos gemidos, tras de ellos, les heló la sangre. Un grupo de al menos seis se acercaba a ellos por el otro lado de la calle. Era evidente, que el escandalo no pasaba desapercibido para aquellos seres. Tras otro martillazo por parte de Marcos, algo hizo que se desplomara al suelo y no se moviera. Pero no fue él, quien provocó la muerte definitiva de aquel ser. Un joven, vestido con ropa deportiva y un abrigo verde oscuro con capucha, le había clavado un enorme cuchillo por la parte de la nuca. Hizo lo mismo con el que estaba con Raúl. También se desplomó. Ambos chicos se quedaron expectantes. El joven de capucha, corrió hacia donde estaba Héctor, luchando con el suyo. Saltó por encima del capó de la furgoneta y con gran habilidad le clavó el cuchillo. Otro que se desplomó. Aún quedaban los seis que llegaban por la parte de arriba de la calle. Otra vez, el joven corrió hacia la posición de Raúl y Marcos. 

- Iros para atrás –ordenó el joven.


Estos obedecieron al instante. Observando cómo se enfrentaba a seis hostiles el solo. Los atacaba de uno en uno, pero con una certeza milimétrica. Clavaba el cuchillo, en ojos, nucas o sienes. El caso, es que todos y cada uno de ellos, caían al suelo como piedras. Al terminar, limpió el cuchillo de unos treinta centímetros de hoja, en la ropa de un hostil. Se acercó a los tres amigos. Se quitó la capucha. Mostrando su cara. Tenía el pelo rubio y corto. Barba poco poblada. Aunque parecía rozar los treinta años. Poco más alto que los muchachos.

- Habéis hecho mucho ruido –dijo mientras recogía una mochila del suelo, la cual no vieron en ningún momento dejarla.

- ¿Quién coño eres tú? –dijo Raúl boquiabierto.

- Alguien que os acaba de salvar el culo. –se disponía a marcharse.

- Espera, espera –le llamó Raúl- muchas gracias.

- De nada. Si queréis un consejo, -señaló su cabeza- darles aquí. Parece su punto débil. 

- Solo estábamos buscando a nuestra amiga. No pretendíamos hacer ruido. –dijo Héctor.


El joven se quedó mirando a Héctor y después las ventanas de la casa de Eli. Hizo un gesto de negación con la cabeza y suspiró. 

- ¿Vive aquí? –preguntó.

- Sí, pero no podemos abrirla. Y arriba… -señaló a la madre.

- Puf…-dijo el joven-…no quisiera decíroslo. Pero lo más seguro es que… -hizo un gesto con el índice pasándolo por el cuello.

- Si no quieres ayudar, lo entiendo –dijo Raúl- Pero necesitamos saber si aún sigue viva o no.

- ¿Todavía no sabéis lo que ocurre no? –dijo sobradamente.

- ¿A qué te refieres?

- Supongo que esa es la madre de vuestra amiga. Pues siento deciros, que ya no es una persona. Si vuestra amiga estaba en casa con ella, y no sabía cómo pararla, seguramente sea como ella. Si te muerde, estas condenado. 

- ¿Cómo sabes todo eso? –preguntó Marcos.

- Estábamos en plena campaña de puenting y escalada. Teníamos unas pequeñas cabañas, donde nos alojábamos los monitores y los clientes. Yo dormía en una litera con mi compañero. En plena noche noté que algo me agarraba del pie. Era él. Fuera de sí. Trataba de morderme. Pude encerrarlo en el baño. Pero al salir al comedor principal, varios clientes estaban comiéndose las tripas de otro. Tuve que esconderme por dos días en mi habitación, con mi compañero en el baño. Rasgaba la puerta sin cesar día y noche. Cuando me decidí salir de ahí, aún quedaban unos cuantos en el comedor. Incluido el de las tripas colgando. Se lanzaron hacia mí. Por casualidad, el primero cayó sobre mí, pero se clavó mi cuchillo en un ojo. Dejó de moverse. Cuando conseguí salir de debajo, otros dos ya estaban casi encima. Les clavé el cuchillo y dejaron de moverse. 

- Pero puede que se haya escondido como tú…-dijo Raúl.


El joven hizo una mueca sonriente, dando la razón a Raúl. Se quitó la mochila. Miró la casa. La furgoneta. Dio varios pasos para atrás, y después corrió hacia la pared de la casa. Con rápidos movimientos hacia los lados, logró escalar en segundos los casi cuatro metros hasta la ventana contraria a la madre. Sentando en el bordillo, ojeó la estancia. Parecía estar vacía. Aunque la madre de Eli, se pegaba aún más a la ventana tratando de alcanzar, sin éxito, al joven. Todo ante la mirada sorprendida de los chicos desde abajo. Sacó el cuchillo. Con un ágil movimiento, la ventana se abrió sin prestar resistencia. Después entró en aquella habitación, desapareciendo de la vista. Los tres permanecían expectantes esperando que ocurriese algo. Fueron cinco minutos largos. Hasta que el joven, abrió la puerta sonriente.

- Pues parece que tenías razón –dijo rascándose la parte trasera del pelo- ¿Quién de vosotros es Raúl?


Comentarios

Leo Menendez ha dicho que…
Gran presentación de personaje!