Hasta que la muerte nos reúna. Capítulo 34

El plan consistía en ir pasando poco a poco, clandestinamente, las armas a la isla. Por eso había tan pocas en la nave. Armarían a las mujeres, sobretodo. Dentro de la isla, tan solo llevaban armas los hombres de máxima confianza del Patrón. Entre los que se encontraban, violadores, pederastas, ex convictos… vamos unas joyas en bruto. Tanto Dani como el resto de clase baja, eran los encargados de abastecer a la isla. Salían en busca de recursos. Siempre coaccionados con la muerte de algún ser querido. Si encontraban algún arma, la escondían en la nave. Tan solo podían pasar una o dos armas cada vez, y cambiando el portador. En la isla, se la asignaban a una de las mujeres. Por lo general, nunca las registraban y podían esconderlas hasta el día que se revelasen. Ayudé en las incursiones por mi cuenta. Aunque tan solo pude encontrar una escopeta de cazador sin munición. Los días pasaban, y no había nada concretado aún. Silvia dejó de salir. Ambos nos dejamos claro nuestras intenciones. El único objetivo ahora era conseguir liberarlas, matando a todos los hombres del Patrón. Después, sin peligro, trasladaríamos a todo el mundo hasta la península. Cada cual se buscaría su destino. Aunque Dani y Silvia me pidieron que no me expusiera, no les hice caso. Cada día espiaba un punto de vigilancia. Casi me conocía ya todas sus maniobras. Sus manías y defectos. Incluso llegue a ponerle nombre a cada uno de ellos. Calculaba el tiempo que tardaban en llegar de la isla a la península, y al revés. No sé si me serviría de algo, pero quedarme encerrado en aquella nave colmaba mi paciencia.
Una tarde, en la nave, Dani quiso hablar conmigo antes de marcharse con el grupo.
- Quería enseñarte algo que encontré por casualidad. –sacó algo de su bolsillo- Es una foto que conservaba en la cartera. Como ves, aquí estas tú. Al lado de papá. Mamá está a la izquierda, cocinando la paella de los domingos. Y este soy yo. Sentado en el sillón jugando a la consola.

Efectivamente era yo. Bastante más joven, pero era yo. La miré detenidamente. Era desesperante no acordarte de tu familia. En la foto podía verse también lo felices que éramos en esa época. Llegué a sonreír imaginándome la sensación de sentarnos a la mesa. Tomando una copa de vino y comiendo paella.
- Los echo de menos, -me dijo triste- igual que a ti. ¿Cómo es la sensación de no echar de menos a nadie?
- Lo que yo siento no es de menos. –contesté- Es la necesidad de querer recordar a alguien querido, para echarlo de menos.
- Recuerdo cuando les dijiste que te marchabas a ese pueblo a trabajar. –dijo
- ¿No vivía en la misma ciudad que vosotros? –pregunté
- No. Algo te pasó, y tu empresa estaba abriendo una sucursal allí. Pediste el traslado y en dos semanas te fuiste. –me contaba
- ¿Tenía novia? –pregunté- No me refiero a Silvia. Sé que la conocí después.
- No. Al menos que nosotros supiéramos. Sí que te vi con alguna de vez en cuando, pero creo que no tuviste nada serio con nadie.
- ¿Tengo alguna foto con Silvia? –la verdad, estaba interesado.
- Si la tienes, lo desconozco. Puedo preguntarla esta noche. –contestó
- Te lo agradecería. ¿Cómo está?
- Triste.
- A ella… ¿la han…? –pregunté asustado
- Violado. –terminó la frase- No. A ella no la han tocado. Su embarazo la ha salvado. No tocan a las embarazadas. Pero a Maria y Caterina sí. Por eso debes ayudarnos.
- Dios…-dije asqueado- no imagino el infierno que estarán pasando
- No, no te lo imaginas. Yo sí. –decía sumamente encolerizado- No puedes imaginarte escuchar a esas mujeres gritar de dolor. Los gemidos de los depravados hijos de puta. No puedes imaginarte el no poder ayudarlas. No hacer nada, porque puedes morir en ese instante.
- ¿Cuándo se llevará a cabo el ataque? –pregunté ansioso
- Muy pronto. Aún no están todas las mujeres armadas.

Aquellas palabras que describían por lo que estaban pasando me impactaron. Era evidente que todos los sublevados no tendrían reparos en matar. Yo quizá sí. Aún no había matado a sangre fría a ningún vivo. Eso supondría un problema a la hora de hacerlo. Las dudas. No debía dudar. Para ello, debía prepararme mentalmente. Nos despedimos de nuevo, pues deberían volver pronto. Si no, sospecharían. Afuera sonó un trueno. Retumbó por todas las paredes de la nave. Se avecinaba tormenta. Dani, cogió una de las pistolas que había en el armero, y la cargó. Después me la entregó
- ¿Sabes usarla? –me preguntó
- Realmente no. –contesté avergonzado.
- Quitas el seguro –me lo señaló- y aprietas el gatillo. No dudes en usarlo si lo ves necesario.
- Gracias Dani. –le dije- No te recuerdo. Pero siento que te aprecio.
- Yo también hermano. –me dio un abrazo- Cuídate. Estaremos varios días sin aparecer. El Patrón quiere que exploremos un área alejada.
- Tened cuidado –le dije

Como era habitual ya en mí, continué espiando los puntos de vigilancia. No sabía cuánto tardarían en volver Dani y el resto del grupo. Si bien, me dejaron algunas cosas para poder subsistir, no eran suficientes. Me adentré mucho más hacia el interior, dejando la costa un poco de lado. Incluso me acerqué hasta la ciudad grande más cercana. Era muy complicado andar sin encontrarte muertos por todas partes. La vegetación iba ganando terreno a edificios y calzadas. Si conseguía entrar en establecimientos de comida sin ser visto, podía encontrar muchas cosas valiosas. Aun así, no podía llevármelas todas. De una ferretería me llevé un camping gas y varias bombonas de gas pequeñas. Así como alguna sartén y herramientas varias. No sabía si aguantaría el peso la moto. En la calle, mientras rellenaba el depósito, con el método habitual de estos días, escuché el ruido de un carrito de supermercado. Me escondí detrás del coche. Eran dos chicos jóvenes. De unos veinte años, no más. Transportaban en el carrito todas sus pertenencias. Pasaron por mi lado sin darse cuenta de mi presencia. Pero se fijaron en mi moto y las cosas que tenía. Evidentemente tuve que defenderlas.
- Eh –les grité- Son mis cosas

Los chavales dieron un pequeño salto del susto. Del carrito, sacaron dos barras de hierro y trataban de golpearme. Los esquivé. Aunque mi instinto, hizo que me abalanzara contra el más cercano. Le di varios golpes y soltó la barra. El otro venía hacia mí. Pude retirarme lo justo para que solo me rozase. Volvió a la carga y golpeó al coche en el que me apoyaba. No tenía intención de abandonar mis cosas, así que inicié la ofensiva. Le quité al otro chico la barra y le ataqué. Evitó el primer asalto.
- Vale, vale –dijo algo asustado el chaval
- Mierda, -grité
- Llévatelo. Pero no nos hagas nada. –me dijo el chaval del suelo
- ¿Qué me lleve qué? –estaba aún eufórico- No quiero vuestras cosas
- ¿Entonces porque nos atacas? –preguntó el que estaba de pie
- Solo estaba defendiendo mis cosas –contesté
- Pensábamos que estaba tirado, tío –me dijo
- Pues no. –solté con rabia la barra de hierro.

Me dispuse a terminar de llenar el depósito, cuando los muertos que estaban por los alrededores, se disponían a darnos caza. El ruido que provocamos, no eran ajeno a ello. Maldije al ver que se acercaban por todas partes. Eran demasiados para hacerles frente. Los chavales estaban asustados, igual que yo. Vi el portal de un edificio abierto. Sin cristales. Corrí hacia dentro, y les hice una señal para que vinieran. Dudaron por un segundo, pero al ver a los primeros a escasos metros, aceptaron mi propuesta. Cerramos el portal, y subimos hasta el primer piso. La puerta no aguantaría mucho sin cristales. No tardarían en encontrar el resquicio para entrar o tirarla. Había cadáveres inertes por el suelo. Teníamos que pisarlos para poder continuar. Algunas viviendas que tenían la puerta cerrada, al pasar escuchábamos los golpes de los muertos de dentro. Subimos hasta el segundo piso. Igualmente, cadáveres por el suelo, excepto uno que se levantó. Uno de los chavales, me adelantó y asestó un duro golpe en el cráneo del muerto antes de que se levantase por completo. Una vez en el suelo, le golpeó otras dos veces. Las casas estaban cerradas y repletas de muertos vivientes. Llegamos hasta el cuarto y último piso. Ninguna vivienda nos prestaba la ayuda que necesitábamos. Escuchamos el crujido de la puerta principal. Había caído. Se les escuchaba entrar y subir las escaleras. Con todo el lio con los chavales, se me olvidó coger la pistola que llevaba en la mochila. Estaba atada en la moto. Me apoyé en una puerta. El golpe del muerto que por allí andaba encerrado, me asustó. Me retiré al instante. No había salida. Rebuscamos entre todas las pertenencias del cadáveres del suelo en busca de algo con que defendernos. Ellos llevaban una barra de hierro, pero yo nada de nada. No encontré arma que me sirviera. Los muertos seguían subiendo, eran lentos, pero efectivos. Los golpes de los inquilinos muertos, no ayudaba a camuflarnos. Estaban ya en el piso inferior. Mi nerviosismo llegaba a tal extremo que me temblaba hasta el último musculo de mi cuerpo. El sudor me caía por la frente. Sentí el sabor salado cuando rozaban mis labios. Golpeé una puerta para tratar de abrirla. Podíamos encontrarnos con uno o con varios, qué más da. Uno de los chicos me ayudó. La golpeábamos con todo el cuerpo. La cerradura comenzaba a ceder. Dentro de la vivienda, el muerto o los muertos estaban excitados. Gemían y arañaban la puerta con cada embestida. En el último intento conseguimos romper la cerradura. Del impacto, la puerta golpeó a los dos muertos de dentro, tirándolos al suelo. Nosotros también caímos. El chaval que quedaba en pie, nos arroyó para golpear a los muertos antes de que nos pudiera atacarnos. Por el pasillo ya venían los primeros muertos de la calle. Nos levantamos y cerramos la puerta. Mientras el otro se encargaba de los inquilinos, pusimos todo lo que encontramos para bloquear la puerta. Mesas y sillas hacían la barricada algo más segura. Cumplimentamos el bloqueo con una nevera que, directamente, tiramos. El piso olía condenadamente mal. Estaba todo oscuro. Abrimos las ventanas, para airear un poco la estancia. Recorrimos todas las habitaciones en busca de más muertos. Los de fuera, golpeaban sin cesar la puerta. Pero no la movieron ni un centímetro. Recobré un poco el aliento. Ellos hicieron lo mismo. Ya no había más salida que tirarse de un cuarto piso. Solo nos quedaba quedarnos en silencio y esperar. Menos mal, que en mi bolsillo aún tenía el paquete de tabaco. Uno de los chavales me pidió un cigarro. De mala gana, le ofrecí. Aun golpeando la puerta, estábamos más tranquilos.
- ¿Cómo os llamáis? –susurré, presentándome yo primero
- Soy Jesús, -dijo uno de ellos
- Diego…-contestó el otro
- ¿Vais solos? –seguí preguntando
- Dejamos un grupo hace unas semanas. –contestó Jesus
- Si. Nos enteramos de que hay una comunidad que se las apaña bien. –dijo Diego
- Cerca de Valencia, -prosiguió Jesus- creo que reclutan a gente. Que quieren crecer. Volver a crear algo importante.
- Entiendo…-sabía exactamente de quienes hablaban-… si salimos de esta, mi consejo es que no valláis. Si son los que creo, no esperéis mucho de ellos.
- ¿Eres de ese grupo? –preguntó Diego
- No. Pero tengo gente que sí. Y os aseguro que no son sus mejores vacaciones. –contesté

La puerta crujió, parándonos un segundo el corazón.

Comentarios

Cris Albala ha dicho que…
Con la falta de memoria parece menos desconfiado... de los nuevos no me fío...