Hasta que la muerte nos reúna. Capítulo 39

Amanecía con un día soleado y apacible. Silvia observaba como aquellas personas habían recuperado las ganas de vivir. Aquel lugar era perfecto. Les costó mucho tiempo, pero ahora eran autosuficientes. Dani la estaba ayudando a rellenar unas garrafas de agua y cargándolas en el carruaje. Así como varias cajas de fruta y verdura para el viaje. Desde hace algún tiempo, el combustible era complicado de encontrar. Un grupo de expedición se hizo con caballos y mulas. Que enganchándolos en remolques, era su forma actual de desplazamiento. Cuando terminaron de cargar el remolque, Dani acompañó a Silvia hasta su casa.
- ¿Estas segura de querer iros ahora? –preguntó Dani
- Si. –contestó- Hace tiempo que se lo prometí.
- Desde hace años no se ve ningún muerto, pero eso no significa que donde vais sea igual que aquí. –expuso Dani
- Lo sé, pero estamos preparados. –decía Silvia con una sonrisa
- ¿Dónde está? Me gustaría despedirme.
- Por supuesto, -exclamó

Abrió la puerta de casa y entraron.
- Alex, -llamó Silvia- Alexandra, ven, alguien quiere despedirse de ti.

De la habitación principal, salió una niña de doce años. Bastante más alta para una niña de su edad. Con el pelo castaño recogido en una coleta. Casi la viva imagen de su padre. Salió sonriendo, y al ver a Dani corrió hacia él. Dani la recibió levantándola y dando una vuelta sobre sí mismo. Se dieron un abrazo.
- Ven aquí jovenzuela –la abrazó en volandas- Pórtate bien con tu madre.
- Si tío, no te preocupes. –contestó ella
- Alex, quédate un momento con tu tío. –miró a Dani- Yo voy a despedirme también.
- Ok –lo aprobó.

Silvia salió por la puerta trasera, hasta un pequeño jardín de cara al mar. Se aproximó hasta la tumba. Se agachó, casi sentándose de rodillas.
- Hola cariño. –decía- Hoy vengo a despedirme. Hace tiempo que le prometí a Alex que la llevaría donde nos conocimos. También para que vea donde crecí. Con algo de suerte encontraré algo de valor en casa de mis padres. Te prometo que la cuidaré bien. Este viaje nos llevará semanas en ir y volver. Otra cosa, si te parece bien, -sacó el puñal- dentro de dos días es su cumpleaños y quiero regalarle tu puñal. Es una chica fuerte. Estarías orgulloso de ella. Además es súper inteligente. Ayer ayudó a Miriam en un parto. No es la primera vez, pero ya hacia las cosas igual o mejor que Miriam. Esta chica promete. Dice que quiere ser médico. Ayudar a las personas cuando enferman, o ayudar a otras madres a parir. Si seguimos así, en poco tiempo tendremos una generación nueva que nos cuidará cuando seamos ancianos. En fin. A mi regreso, te cuento como nos ha ido. Te quiero.

El camino era largo. Mucho más ahora que las carreteras habían desaparecido casi por completo. La naturaleza ganó su pulso, y ciudades enteras estaban sumidas en bosques eternos. Habían aparecido ríos en lugares donde el hombre los hizo desaparecer. La fauna era más extensa. Aquella comunidad no era la única que prosperó. Por el camino, se cruzaron con otras que los recibieron de buen agrado. Por suerte, tan solo se encontraron en todo el camino con un solo muerto al que se encargaron definitivamente de él. Estaban casi llegando. Silvia paró el carruaje frente a un edificio derruido. Lo recordaba de otra manera, evidentemente. Era el motel donde se resguardaron tras el apuñalamiento que recibió. Lo recordaba con nostalgia. Continuaron el camino. En mitad de la nada, un viejo coche descolorido y oxidado al que le faltaban tres de las ruedas y dos puertas. Lo reconoció. Era el viejo Ford. Ambas bajaron del carruaje y se acercaron. Por desgracia no encontraron nada de valor sentimental.
- Este coche era de tu padre –le señaló a la niña
- ¿Esto funcionaba antes? –preguntó al ver el estado del vehículo
- Jajajaja, claro que sí. Antes de que los muertos apareciesen, todos nos movíamos en coches. Había muchísimos por todo el mundo.
- Claro, ahora como somos muy pocos, no podemos fabricar gasolina de esa
- Efectivamente. De eso se encargaba gente muy lista.

Continuaron hasta llegar a la entrada del pueblo. Como era de esperar, aquello era desolador. Casi no lo reconocía. Llegaron justo hasta la gasolinera, de la que solo quedaban paredes a medio caer. Los surtidores aún seguían en pie.
- Aquí fue done conocí a tu padre.  –le explicaba- El trataba de llenar el depósito. Casi le da un infarto cuando le hablé por la espalda. Eran los primeros días del caos. En ese edificio, cuando todavía estaba en pie, nos refugiamos de un grupo enorme de muertos. Nos cuidamos mutuamente. Ahí empezó algo maravilloso para los dos.

Transitaron por las calles del pueblo. Estaba desierto. Ni siquiera había muertos que acecharan tras una esquina. Le costó orientarse para encontrar en la casa donde vivía con sus padres. Era un edificio céntrico, de dos pisos únicamente. Nuevamente, como era de esperar, estaba en ruinas. Aunque parecía estable para entrar. Subieron hasta el primer piso y entraron en la casa de sus padres. Todo sucio y tirado por los suelos. En su habitación, aun colgaban algunos vestidos de fiesta en el armario. Los tocó con nostalgia. Recordando aquellas noches de fiesta, escuchando música y bebiendo hasta el amanecer. En uno de los cajones abiertos, se encontraba una fotografía de ella con sus padres.
- Mira, -le señaló- esta soy yo con unos dieciséis o diecisiete años. Estos son tus abuelos.
- ¿Están muertos? –preguntó
- Si cariño. No los vi morir, pero estoy segura. –dijo abrazándola- Guárdala en tu mochila.

Estando fuera de nuevo. De su bolsillo sacó una nota. Tenía apuntada una dirección. La observó tratando de recordar donde estaba esa calle escrita a bolígrafo. Prácticamente, estaba en la otra punta del pueblo. A medida que se acercaban, los edificios derruidos, daban paso a urbanizaciones de casas adosadas. Llegó hasta una calle en la que aún conservaba parte de la dirección escrita en la pared. Era esa. Se detuvieron justo en el número cuatro. La verja de la entrada estaba tirada por el suelo. El portón del garaje subido, aunque pendiente de un hilo para caerse. Pasaron con sumo cuidado. Dentro de la vivienda, se nota que alguien vivió estos años por allí. En la mesa del salón, había un ordenador portátil con más de la mitad de las teclas desenganchadas. La pantalla rota en mil pedazos.
- ¿eso que es mama? –le señaló una gran pantalla de televisión
- Es una televisión. Ahí veíamos películas y noticias de todo el mundo. –le explicó

Subieron a la parte de arriba con mucho cuidado, pues algunos peldaños estaban caídos. Llegaron a la habitación principal. En una mesita de noche, puesto para abajo, un cuadro pequeño de fotografía. Al levantarlo, su corazón le comenzó a latir con suma rapidez. Cerró los ojos y lloró. Lo abrazó contra su pecho. Necesitaba volver a abrazarle.
- Alex, -la llamó, pues aún estaba en la puerta- Es hora de que conozcas a tu padre.

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