Hasta que la muerte nos reúna. Capítulo 29

Al abrir los ojos me di cuenta de que el sol había desaparecido. La noche era apacible e incluso calurosa. La boca estaba seca, por lo que me apresuré a dar un par de sorbos. Aun me quedaba media cantimplora de agua. Aunque de alimento, solo quedaba yo para los leones de fuera. No los escuchaba, pero tenía la certeza de que aun seguían allí. Me levanté con mucho cuidado, para desentumecer  mis músculos. Había dormido más de lo que planeé, pero creo que la tensión no ayudó a descansar. Caminé hasta la barricada improvisada y coloqué mi oído en la puerta. No se escuchaba nada. Di un pequeño golpecito en el marco de la puerta. Para mi sorpresa, no recibí respuesta en forma de rugido o arañazo en la puerta. No estaba seguro de que se hubieran ido. Tampoco quise arriesgarme. Aun debía pasar una noche mas allí. Si se habían ido, la noche no es la mejor solución para volver al hotel. Varios pájaros salieron volando, alertados por algo. Me asustó en un primer momento. Al asomarme a la ventana, los vi volar, pero no descubrí de donde procedían. La luz de la luna, tampoco alumbraba como para ver el exterior. Permanecí sentado en una silla casi hasta el amanecer. Ese era el momento en el que me decidí a mover la barricada. Mientras abría lentamente la puerta, mis manos temblaban exageradamente rápido. Aquel lado de la puerta tenía múltiples astillas desgarradas por los leones. Me asusté de lo poco que les quedaba para atravesarla. Respiré un poco de aire cargado y salí de la habitación. Llevaba en mi mano el cuchillo, sabiendo que no surtiría mucho efecto si me atacaba una fiera como esa. Bajé cuidadosamente los peldaños de la escalera hasta el piso inferior. Los leones se habían marchado por aburrimiento o por encontrar otra pieza que llevarse al estómago. Fuera la razón por la que ya no estaban, me alegré. Cuando llegué a la calle, agradecí respirar algo de aire. Que el viento me rozara la cara. Aunque el hedor que impregnaba el lugar, no enmascaró el olor que yo desprendía. Me sentía sucio. Deseaba meterme en la ducha. O en el agua del mar. Me daba lo mismo. Percibí la presencia de tres muertos acercándose por aquella calle de la urbanización. Aún estaban lejos. Preferí no enfrentarme a ellos, largándome de allí. Encima de un coche, un perro mordisqueaba un pájaro recién cazado. Me pregunté como lo habría hecho. Supuse que se caería o similar. Está claro que no solo los humanos necesitamos alimentarnos, y las mascotas estaban sacando su instinto. Al verme, gruñó y salvaguardó su recompensa. Al verme marchar, prosiguió con lo suyo, sin perderme de vista. En cierto modo, yo tampoco le perdí de vista por si acaso. Entonces escuché demasiado cerca uno de esos gruñidos. Giré la cabeza y tropecé con uno de ellos que estaba a punto de lanzarse al cuello. Mi instinto hizo que le empujara. Aun asi ambos caímos al suelo. Pisé mal un escalón de la acerca y me doblé el tobillo. Me dolía horrores. Tanto que no me permitía levantarme al instante. El muerto se había incorporado de nuevo y venía hacia mí. Me apoyé en una farola, y conseguí levantarme antes de que llegara. Trataba de huir. La cojera me ralentizaba el paso y no lograba despistarlos​. De una de las casas por las que pasé, apareció otro de ellos. Golpeó la verja que lo impedía salir, pero el susto me tiró de nuevo al suelo. Los cristales de una ventanilla rota de un coche, se me clavaron en la palma de la mano. Di un grito de dolor. La sangre emanaba de mi mano como una regadera. Llevé mi mano al otro costado y con el brazo hacía presión. Me calmaba levemente. Miré hacia atrás, y el muerto que me seguía, lo tenía a menos de dos metros. Gruñendo. Chirrié los dientes en señal de agobio. El perro que antes vi, se encontraba a escasos centímetros del muerto ladrándole y atacándole. El muerto, se entretuvo con el perro, y me dio ventaja. Ahora era su nueva víctima. Mientras me alejaba, el perro era apresado y mordido. El grito que emitió me dio pena. Al fin y al cabo, me había ayudado inconscientemente.
Conseguí alejarme lo suficiente y ocultarme dentro de un coche. Mi camiseta estaba empapada de sangre. Me la quité y con el resto que aun seguía limpia, me cubrí la mano. Me mantuve allí sentado unos instantes recuperándome. Me agazapé entré los asientos traseros, al ver pasar a dos muertos más. No se dieron cuenta de mi presencia. Poco a poco escuché como mas pisadas se acercaban. Nuevamente, mi corazón de paralizó. Los veía pasar golpeándose contra el coche. Eran muchos. Algo los estaba atrayendo, pues avanzaban rápidos y decididos. Mantuve la respiración todo lo que pude. Algunos miraban por el cristal, pero seguían andando. Desconozco si se percataron de mi presencia. Cuando pasaron los últimos, suspiré. Levanté la vista y vi como se alejaban. Era una horda grande. Ocupaban toda la calle y la fila se perdía en el horizonte. Me vino a la cabeza el hotel. Si seguían por esa dirección, terminarían llegando. De alguna manera, tenía que conseguir llegar antes que ellos, y avisar.
Me costó dios y ayuda el caminar tantos kilómetros con el tobillo dolorido. Además de tener que tomar otra ruta alternativa y adelantarlos sin ser descubierto. Estaba llegando al Hotel, cuando vi uno de los coches del grupo de expedición. Se extrañaron al verme, pero me reconocieron. Les explique lo que se acercaba. Al entrar de nuevo al hotel fui directamente a ver a Andrés.
-¿Dónde has estado? –preguntó serio como siempre.
-Salí a explorar –contesté
-¿Dos días? –me estaba interrogando

Marta entró en ese momento. Tenía cara de preocupación. Al verme, cambio la cara a enfado. Sin embargo, el abrazo que me dio me tranquilizó.
-Como me alegro de que estes bien. –seguia abrazándome fuerte.
-Marta, por favor. –interrumpió el doctor- Debo examinar esa mano. No tiene buena pinta. ¿Cómo te lo hiciste?
-Cerca de una urbanización en la que estuve. Me atacaron unos muertos y cai en unos cristales de un coche. –contesté
-¿Los mismo que se dirigen hacia aquí? –preguntó Marta
-Si. –dije antes de que el doctor me sacara un resto de cristal de la mano
-Me voy. Tenemos que prepararnos. Pero luego quiero que hablemos. –me dijo con semblante serio.

El doctor continuo realizándome las curas pertinentes, a la vez que me interrogaba sobre mis dos días encerrado en la habitación infantil. Incluso, diría, que no se creyó una palabra sobre la parte del león. En cierto modo, me dio igual si me creía o no. Cada vez empezaba a caerme peor. No entendía su actitud. No solo hacia mi, si no hacia todos los integrantes de allí. Me vendó a conciencia el tobillo y me dio una pastilla para el dolor. Mas bien la mitad, pues estábamos escasos de ese tipo de recursos. Escuchábamos mucho movimiento por los pasillos. Me dejó marchar y bajé hasta el hall de la entrada. Todos y cada uno de allí, portaba un arma. Me acerqué a Angel.
-¿De donde habéis sacado tantas armas? –pregunté a su lado
-Sabes que en España es complicado encontrar armas. Pero Marcos y los demás, entraron en un cuartel militar y las robaron. Tambien, en la ciudad había barricadas hechas por los militares. Cuando cayeron, las armas seguían allí. Incluso los que se convirtieron, seguían llevándola encima. Tardaron días en recoger todo lo que ves. El problema es la munición. Casi nadie de aquí, sabe de armas, y se estuvo probando que balas correspondían a cada modelo.

Marta a la cabeza, junto a Marcos y otros dos exploradores, dieron la orden de salir. Ya se veía venir la horda. Era exactamente como la que evadí. Imagino que se le unirían mas por el camino. Los disparos empezaron. Sabían lo que hacían. No sería la primera vez que se defienden de una horda así. Los cuerpos caían entorpeciendo el avance de los más atrasado. Los que se dispersaban, eran abatidos cuerpo a cuerpo. Me quedé realmente sorprendido, como algunos con los que había compartido labores agrícolas, ahora se habían transformado en auténticas máquinas de matar.
Se tardó casi dos horas en acabar con todos. Hubo un momento de tensión cuando nos hicieron retroceder. Pero con esfuerzo, colaboración y algo de suerte, todo terminó bien. Las labores de agricultura como las de exploración cesaron ese día, para por turnos, limpiar el lugar de cuerpos. Se cargaban en furgonetas y los llevaban a un vertedero improvisado donde se quemaban. La gente estaba extasiada. Yo pude ayudar poco o nada. Sin embargo, nadie me lo recriminó. En definitiva, era muy buena gente. Esa noche, ayudé en cocinas a preparar macedonias de fruta, como ensaladas de pepino y caballa enlatada. Excepto dos vigías, el resto cenamos juntos en el comedor del restaurante.
-No te creas que se me ha olvidado el susto. –dijo Marta
-No era mi intención. –contesté
-No te considero un novio o algo parecido. Pero me importas. –confesaba- Si te soy sincera, tengo hasta un pelín de celos de tu mujer.
-Mi mujer…-suspiré acordándome del sueño-…como si supiera quien es.
-¿Y quieres saberlo? –me miraba como si se hubiera arrepentido de preguntar
-En el fondo, si. –contesté
-Entonces, tu intención era irte. –supuso
-Nooo –le dije sorprendido
-Pues no entiendo que te fueras. –dijo preocupada.
-Mira Marta, como tu has dicho, no podemos considerarnos novios o pareja. Esta claro que tenemos una atracción, y nos dejamos llevar el otro día. –dije.

Miró hacia los lados, y se aseguró de que nadie nos escuchaba.
-Escúchame –hablaba en voz bajita y simulando que comía-, Andrés te va echar de aquí. No le ha gustado tu imprudencia. Piensa que has puesto el hotel en peligro. Hablaré con el, para que puedas quedarte un par de días mas.
-¿Tu estas de acuerdo? –me importaba su opinión
-No del todo –seguia hablando bajito- Si es cierto, que has sido imprudente. Pero te tengo cariño… y… follas bien…
-Así que se trata de eso…-me decepcioné-… de follar.
-No me malinterpretes. –se sonrojó- Quizá… algo mas… pero me da vergüenza admitirlo
Por un momento, pensé en marcharme en al instante. Pero había que ser realista, y con el pie como lo tenía era complicado. Lo que si hice, fue marcharme del comedor ante la atenta mirada de todos. Incluído Andrés, que intuyó algo y se enfadó con Marta. Fui hasta mi habitación, y me quedé sentado en una silla del balcón. Tenía que pensar que hacer. Seguramente, a la mañana, Andrés daría la orden de abrirme las puertas del hotel. Ya había fijado mi próximo destino. Aquella dirección que apuntó en el cristal, el argentino que me reconoció. Marta llamó en varias ocasiones a la puerta. No consideré recibirla en ese momento.
-Por favor –decía a través de la puerta- abre. Hablemos.

Si, es cierto que fue una imprudencia salir solo. Pero de ninguna manera tenía la culpa de que una horda llegara al hotel. Es mas, me desviví, por avisarles y que se pudieran preparar. De lo contrario, el final hubiera sido otro distinto. Conseguí dormir plácidamente, dado que ya no tenía miedo de salir. Por la mañana, desperté relativamente, tarde. Me lavé un poco. Guardé en una mochila mis nuevas pertenencias, y me dispuse a irme. Aquel lugar, volvía a ser el mismo que días anteriores. En cierto modo, creo que solo Andrés y alguno mas, no era partidario de que siguiera allí. Bajé las escaleras y en el pasillo de la enfermería, Andrés estaba atendiendo a una mujer con un corte en la pierna. Dejó de atenderla y me llamó. Dudé en hacerle caso y buscar a Marta para despedirme. Aunque me insistió y accedí a entrar en su despacho.
-Se que Marta te ha comentado mi opinión. –se sentó en la silla- Sientate.
-Prefiero quedarme en pie. –dije fríamente.
-Sientate –ordenó

No tenía la intención de seguir discutiendo. Me sentaría, escucharía lo que tendría que decirme y me largaría de allí para no volver a escucharle.
-Tienes el tiempo que haga falta para que te recuperes del esguince. –dijo- Si hago esto es solo, única y exclusivamente, por Marta.
-No hace falta. –recriminé- Ya he tomado la decisión. Sabré arreglármelas.
-No te lo estoy pidiendo por mi. –se relajó- Te lo pido por ella. Arreglar vuestras cosas. Que vuelva a ser la misma. Si eso conlleva a que te quedes, se hace la excepción. Se lo debes a esta gente que te ha cuidado cuando estabas medio muerto en la playa. Los que te han enseñado a convivir y te han dado de comer estos meses.
-De verdad…-ya que estábamos confesándonos-… ¿se puede saber que es lo que te pasa en especial conmigo?
-Desde que estamos aquí, hemos tenido que soportar muchas cosas. Gente que quería aprovecharse de nuestra hospitalidad, muertos que nos atacaban, robos en mitad de la noche dejándonos sin nada. Cuando te encontramos, tu aspecto era demencial. Supe en ese instante, que nada bueno nos depararía. Te habían dado una paliza, a saber por que, te habían tirado al mar para morir. ¿Quién hace eso? Alguien que te teme. Alguien que te ha hecho sufrir por algo. No creo que por diversión. ¿venganza? Quizá. El hombre que te reconoció, te tenía pánico. Si. Marta me lo ha contado. La conversación. Tu mujer… -hablaba con mucho resquemor
-Ya salio de nuevo el tema de mi mujer. –me empezaba a molestar ya.
-No se trata de si estas casado o no. Se trata de que hiciste, para acabar como has acabado. No se queda uno amnésico por simplemente caer al mar en un día de tormenta. –seguia acusándome de algo que no podía recordar.

Lo miré sin contestar. Froté mis ojos con las manos. Aquello no tenía buena pinta. Me levanté. Antes de salir, me di de nuevo la vuelta y le tendí mi mano vendada.
-Gracias Andrés –me estaba despidiendo- Agradezco todo lo que habéis hecho por mi. Por eso espero que seáis prósperos.
-Como quieras. –me devolvió el gesto

Me acompaño hasta la puerta y los dos vigías se despidieron de mi. Escuché como Marta venia corriendo.
-Adiós Marta. –me despedí
-No. No y no. –miró enfadada a Andrés- Me prometiste unos días.
-No es decisión de Andrés, -repuse- me voy por mi propia decisión.
-De ninguna manera, -vi los ojos vidriosos- No te puedes ir ahora. Joder. No.
Me acerqué a ella. Me dio un empujón y un puñetazo sin importancia en el pecho. Insistí hasta que cedió. La abrazé con muchas ganas. De hecho sonreí, cuando pasó sus brazos por mi cintura. Me apretaba y me soltaba. Le di un beso en la mejilla y tras otro abrazo me solté. Abrí la puerta y me marché. Me sorprendí al notar caer una lágrima sobre mi mejilla.

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