Hasta que la muerte nos reúna. Capítulo 23

Desde la cubierta del barco, podía tener una visión amplia del lugar. En esta ocasión Silvia y yo, nos acoplamos al equipo de Leo. Le pedí que fuéramos hasta el puerto que días atrás descubrimos. Cristina y Leo eran los más experimentados en la pesca y nos dieron una lista de lo que debíamos coger del astillero y de la tienda de pesca que se encontraba justo al lado. Apagaron los motores y con la inercia llegamos hasta un muelle. Allí nos apeamos. En un principio no iban a venir, pero Leo y Cristina se animaron a ayudarnos. La zona estaba despejada. No había muertos por ningún lado. Fue fácil llevarnos todo lo que necesitábamos.
Aquel pueblito que compartimos, es realmente maravilloso. He recuperado la sonrisa. Las ganas de vivir. Silvia está más radiante que nunca. Conseguimos un motor y conectarlo a la red eléctrica de varias casas. Ahora tenemos agua caliente para ducharnos. Aunque hay pesca todos los días, podemos estar tranquilamente dos o tres días sin movernos de allí. Teníamos libros, Dvd´s, televisiones y hasta un equipo de música que robamos de una tienda de electrónica. Incluso a veces jugábamos un partido de futbol en la playa.
Leo y su gente, parecían más ya de los nuestros. La única que hablaba menos era Jimena. Relativamente hacia poco que perdió a su marido y aún estaba afectada. En cuanto a Silvia y a mí, nos iba mejor que nunca. Estábamos muy felices. O todo lo que se puede estar cuando la humanidad se ha ido a la mierda. Poco a poco me fui olvidando lo ocurrido en la ermita. Ahora solo me importaba lo que nos pudiera pasar de aquí en adelante. Si es cierto, que en ocasiones echaba de menos la vida de antes. Pero miraba a Silvia en la playa y se me pasaba. Si lo piensas bien, ya no tenemos hipotecas ni facturas de la luz. Si, nos cuesta encontrar gran cantidad de combustible para que el motor funcione, pero cuando lo recoges la satisfacción es mucho mayor. En ocasiones salgo a faenar con Leo y Yon, y aprender un poco más sobre aquello. Incluso diría que hasta me gustaba. Tratábamos de llevarnos lo que nos pudiera hacer falta sin que se nos pudriera. Normalmente ataban una red e iban recogiendo lo que podían. Pero en otras, nos tomábamos alguna cerveza y colocábamos las cañas de pescar. No todo iba a ser trabajo y trabajo.
De cuando en cuando asaltábamos algún bar y nos llevábamos ron, whiskey y ginebra. Hacer fiestas en la playa era muy divertido. Además, algún que otro joven como Maria y Yon, daban rienda suelta a sus instintos más… animales. Algo completamente normal. Debíamos aprovechar día a día. Pues el siguiente puede que estés muerto. A decir verdad, no sabría decir con exactitud, cuanto tiempo habría pasado desde que vi al primer muerto dando bocados. Aunque si lo recuerdo bien. Aquel muchacho que escuchaba tranquilamente su música e iba caminando. De cómo el camarero también acabó con las entrañas fuera. O incluso recuerdo, a los policías disparando a bocajarro y no consiguiendo nada. Puede que hayan pasado diez u once meses. Quizá el año ya. No tenía forma de saberlo.
Marcelo era el único que no paraba. Podía pasarse días enteros por ahí. Según él, le gusta explorar aquellos lugares abandonados. Incluso, si encuentra alguna horda o grupo numeroso de muertos, lo intenta alejar del pueblo. Evidentemente, su labor nos beneficiaba a todos. Se notaba que disfrutaba, pues de vez en cuando se daba caprichos en forma de Ferrari o Porsche. Bueno, alguna que otra vez me he dado el gusto de conducir uno de ellos. Para que voy a engañar a nadie.
Aunque lo mejor de vivir así, es algo de lo que hice en una de las salidas. De una joyería, escogí uno de los anillos que más me gustó. Una de las noches en las que hacíamos barbacoa en la playa, me puse de rodillas antes Silvia.
- Silvia, amor –abrí la cajita- ¿Te gustaría casarte conmigo?

Hubo gritos de alegría, de emoción. Silvia se puso colorada como un tomate y casi emocionada.
- Joder tío… -lloraba- … no me hagas estas cosas…
- Contéstale ya, no nos dejes con la intriga. –dijo Dani
- Sí, claro. –contestó- Claro que quiero.

Me levanté y le puse el anillo en el dedo. Leo, se puso delante de nosotros, e imitando a un cura dijo las palabras.
- Pues yo os declaro, marido y mujer. –exclamó
Evidentemente, la fiesta se alargó hasta casi el amanecer. Era emocionante saber que me había casado. No fue todo lo legal que se consideraba antes, pero solo me bastaba con que los demás fueran testigos de la unión. Por fin nos íbamos a la cama siendo un matrimonio.
Como no podía ser de otra forma, aquel día casi nadie hizo nada. Teníamos recursos suficientes, y después de la juerga, nadie tenía ganas de moverse. Nosotros bajamos hasta la playa y disfrutar de las pocas horas de luz que quedaban. Maria llegó algo preocupada.
- Perdonar que os moleste. –nos dijo
- Nada, no te preocupes. –contestó Silvia
- ¿Qué pasa Maria? –pregunté
- Vamos a tener que tirar toda la comida enlatada. –informó
- ¿Por qué? –Preguntó Silvia
- Llevan tiempo caducadas. Aun así, he esperado y cuando las he abierto estaban mohosas. –contestó
- Había muchas ¿no? –dije
- Dos estanterías enteras.
- Bueno. Saldremos a por más. –no di mayor importancia.

A la mañana siguiente, formamos un equipo para ir en busca de comida que no fuera solo pescado. Marcelo ya salió antes que nosotros. Así que iríamos Dani, Pol y yo. Mientras Leo y el resto salían con el barco. Fuimos más hacia el sur. Buscamos lugares seguros donde buscar. No queríamos arriesgar más de la cuenta. Había muchos lugares donde podríamos encontrar lo que necesitamos. Aunque revisando algunos restaurantes o supermercados, nos dimos cuenta de que empezaba a ser complicado. Muchos estaban vacíos, y los que no, no había nada comestible. Seguimos explorando lugares. Los Hoteles estaban algo descartados, pues era un foco de infección. Dentro casi siempre se encontraban encerrados cientos de infectados, como locos por salir. Cada vez eran más asquerosos. El tiempo también pasaba para ellos. Ya no tenían esos rasgos humanos del principio. Daban algo más de miedo al verlos de cerca. Después de varias horas, pudimos llenar una sola mochila con latas de atún y albóndigas de carne. Alguna caja de galletas y cacao en polvo. Ni rastro de agua embotellada. Mientras volvíamos, el cielo se ennegreció. Un trueno casi nos saca el corazón por la boca. Comenzó a llover extremadamente fuerte. Las gotas golpeaban contra el cristal de tal forma que pareciera que se iba a romper. La lluvia dio pasó al granizo. Algunas de las bolas, dañaron el cristal. Conseguimos llegar al pueblo con bastante dificultad. Leo y el resto no habían vuelto aun. Tan solo esperaban en mi casa, Silvia y Maria.
- ¿Qué tal ha ido? –Preguntó Silvia
- Mal –contesté yo- Casi nada. Esta todo vacío, y podrido.
- Leo y Yon no han vuelto. –informó Maria- Y Jimena no la vimos subirse al barco. La hemos buscado, pero no la encontramos.
- Ya aparecerá –dijo Dani- Es muy rarita. Estará llorando en algún rincón.
- Joder Dani, ¿Cómo eres así? –le regañó mi mujer.
- Es verdad cuñadita. Se pasa el día sin hablar con nadie. Es más, ni siquiera sé cómo es su voz. –seguía contando Dani.
- Si quieres te lo grabo en una cinta, gilipollas –nos asustamos de escucharla. Apareció por detrás sin avisar.
- Joder que susto, -me enfadé
- ¿Dónde estabas? –le preguntó Silvia- te hemos buscado por todos lados.
- No habréis buscado bien. –contestó- Anda venid.

La seguimos hasta detrás de una de las casas. Era un jardín privado. Había estado trabajando allí. Tenía hecho un pequeño huerto.
- Viendo que solo de pescado no podemos vivir, -nos explicaba- he plantado tomates, pimientos y cebollas.
- Perdona Jimena, -me excusé- estamos algo nerviosos.
- No sé qué os creéis que sois. –decía algo molesta- Nosotros sobrevivíamos sin problemas desde antes de llegar vosotros. Que si, que ahora tenemos cosas que no teníamos. Pero eso no os da derecho a tratarnos como tontos.
- Jimena, - Silvia, trató de tranquilizarla- en ningún momento pensamos que seais tontos. Al contrario. Nos alegramos de haberos encontrado. Y esto que has hecho es maravilloso. ¿Sabes cuánto hace que no como un tomate fresco? Quizá con tu trabajo, y con el de todos, podamos recuperar algo de la vida que teníamos antes.
- No recuperaremos esa vida –se encaró con ella- No recuperaré a mi marido. No recuperaré a mis padres. Ni primos. Ni amigos.

Se derrumbó interiormente. Se tapó la cara para tratar de que no la veamos llorar, a pesar de que todos la veíamos. Silvia se agachó con ella.
- Tranquila –hablaba- Todos hemos pasado por esta pesadilla. Algunos lo superamos antes, y otros tardan más. Es normal. Si te sirve de ayuda, puedes contar conmigo para lo que quieras.
Solo se levantó y se fue a su casa. Nos estábamos mojando, y nosotros también nos marchamos. Tarde o temprano se le pasaría. Y si no era así, tampoco podíamos hacer mucho más que ofrecerle nuestro apoyo. Era bien entrada la noche, y el barco de Leo no aparecía. Marcelo tampoco, pero eso ya era normal. No podía dormir, y la tormenta había pasado ya. Di algunas vueltas por la casa inquieta. Me abrigué y fui hasta el embarcadero. Allí estaba el otro barco. Más viejo. Más sucio. Me subí y fui a la cabina de mandos. Pulsé lo que creía que era el interruptor de la luz. Acerté. Sorprendentemente, funcionaba. Trasteé un poco con todo lo que había por allí. Encendí la radio. No se escuchaba nada. Cambiaba de emisora aleatoriamente. Escuché algunas palabras lejanas. Retrocedí lentamente la ruleta. Poco a poco podía escucharlo más nítidamente.
- ¿Qué podéis ofrecer?–decía una de las voces- Cambio
- Los nuevos podrían conseguir cualquier cosa si se lo pedimos –descubrí la voz de Leo- Cambio
- ¿Cualquier cosa?, cambio
- Hacen lo que sea mientras nosotros salgamos a pescar. Cambio.
- ¿Hay alguna mujer? Cambio
- Te puedo ofrecer a las tres que van con ellos. Una de ellas no creo que tenga más de dieciocho años, cambio

Hubo un silencio. Estaba cabreándome. Ese maldito hijo de puta, nos estaba vendiendo a saber a quién y porque.
- Las mujeres me interesan, cambio –contestó la voz que no conocía.
- El problema van a ser los hombres. Nos los tendréis que quitar de encima. Cambio
- Nos ocuparemos de ellos. Cambio
- Está bien. Ahora debemos volver. Llevamos toda la noche fuera y pueden sospechar. Cambio
- Mañana quiero que nos reunamos cara a cara. Cambio
- Negativo. Cambio
- Leo… no estás en posición de rechazar nuestra reunión. Estamos hartos de esperar. Cambio
- Necesitamos prepararnos. Sospecharían si de repente queremos llevarnos a las chicas. Cambio
- Me da igual. Manda a los hombres hasta el parque acuático. Diles que hay cosas que necesitáis de allí. Cuando se hayan ido, sube a las mujeres al barco y te vienes hasta aquí. De lo contrario, os abordaremos por la tarde. Y ya sabes que no seremos tan amables. Cambio y corto.

Comentarios

siyalosabes ha dicho que…
Siempre que hay un momento de tranquilidad, es la calma que precede a la tempestad. A la espera de más. Salu2.
Leo Menendez ha dicho que…
Ok... Retiro lo dicho en el comentario anterior. Nunca confíes en un argentino.
Jesus Miguel ha dicho que…
Le da mas emoción, che