La nieve los trajo. Capítulo 1

Capítulo 1


Roberto y su mujer, Alicia, se encontraban cargando el equipaje de ella en el coche. Por fin le estaban dando la oportunidad de ejercer su profesión durante unos meses. Ambos se conocieron en la universidad, cuando estudiaban en Madrid. Roberto, no llegó nunca a terminar la carrera de Empresariales. Sin embargo, Alicia optó por Historia para más tarde especializarse en Arqueología. Durante el tiempo que coincidieron en Madrid, pues ambos eran del mismo pueblo Zamorano, mantuvieron una relación amorosa que aún perdura. Dada la poca oferta de trabajo sobre arqueología que había en ese momento, ambos decidieron volver a su pueblo natal: Fermoselle. Allí, con ayuda del padre de Alicia, pusieron un hostal rural para turistas en plena plaza del ayuntamiento. Siendo muy jóvenes, ella quedó embarazada de su primer hijo: Raúl. Catorce años más tarde llegó Rebeca. Su hija menor. 

Un año antes, una familia Italiana, contrató varias habitaciones de su hostal. A decir verdad, la gente de Fermoselle, por lo general, son muy acogedores y te tratan genial. Esto les gustó tanto a los italianos, que al año siguiente volvieron a hospedarse allí. Una noche, Paolo, el patriarca italiano, reservó una cena en el mismo hostal. Aquello no era un restaurante como tal, pero solían ofrecer comidas caseras a sus inquilinos, bajo pedido. En concreto, les pidieron dos tortillas españolas, varias raciones de croquetas, jamón serrano y queso. La misma Alicia se ocupó de prepararlo todo. La familia italiana, que consistía en Paolo, su mujer Bianca y sus dos hijas. La mayor se llamaba como su madre, Bianca. Su hermana de tan solo un año menos, se llamaba Doménica. Como decía, insistieron tanto a Roberto como Alicia y su hijo Raúl que se unieran a la cena. Además, ese día no había más clientes. Finalmente, aceptaron. Entonces, Paolo supo de la carrera de Alicia. Movió algunos hilos en su país, y meses más tarde fue contratada a modo de pruebas por un amigo suyo, también historiador. Así pues, con la aprobación de Roberto y su hijo mayor, aceptó la propuesta. De hecho, también había conseguido trabajo a Roberto en un hotel en Milán, para que pudieran estar más cerca. Pero este prefirió que Alicia se sintiera cómoda trabajando de lo suyo, y si todo iba bien, se mudarían todos. 

La familia entera viajaría hasta Madrid, para llevar a Alicia hasta el aeropuerto. Aunque el avión despegaría a las once y diez de la mañana, Roberto no tenía pensado volver ese mismo día al pueblo. Le había prometido a Raúl, que aprovechando que era Navidad, le enseñaría el centro de la ciudad y sus luces. Así que reservó una habitación en un hotel. Antes de pasar a la zona de embarque, se despidieron.

- Rober, cariño, ya has oído las noticias. No os demoréis en volver. –decía Alicia con un claro síntoma de tristeza por dejarlos allí.

- Nena… siempre pasa lo mismo. Parece que va a ser el apocalipsis por unos simple copos de nieve. Estamos acostumbrados. –sacudió la cabeza de su hijo- Además, le prometí que le llevaría a la Plaza Mayor.

- Dame un beso mi príncipe…-se dirigió a su hijo

- Joder mamá… te he dicho mil veces que no me llames así…-se quejó

- Oye…-se enojó-… y yo te he dicho mil veces que no hables así.


Se fundieron en un abrazo que Raúl, pensó que era una eternidad. Después, se agachó hasta el carrito donde estaba su pequeña Rebeca. Le dio tantos besos, que la mejilla se enrojeció. Terminó por hacerle llorar. Para que la cosa, no fuera a más, se despidió de Roberto con un beso y un abrazo y entró a la zona de embarque. Roberto no tardó en ponerse a los mandos del carrito, y se dirigieron hasta el metro. Algo que Raúl, que no había salido del pueblo, más allá de Zamora capital, al subirse al metro se sintió algo incómodo. Rebeca por su parte, se entretenía con un sonajero amarrado a la barra del carrito. Tras casi tres cuartos de hora, llegaron a la estación de Sol. Subieron en unos ascensores hasta la calle. Había tanta gente, que en un primer momento, Raúl se sintió mareado.

- ¿Qué pasa chaval? –preguntó entre risas su padre- ¿Mucha gente eh?

- Cállate –dijo malhumorado.


Visitaron, como prometió, los puestos navideños de la plaza mayor. Además, de los grandes centros comerciales. El chico, que comenzaba a acostumbrarse al bullicio, se sorprendía casi por cualquier cosa que el resto del mundo consideraba insignificante. 

- Papá…-llamó mientras no quitaba ojo a un Burger King-… ¿podemos comer ahí?

- Claro que si chaval…-se rio orgulloso-… ahora, no esperes gran cosa. La señora Dolores las hace mejores.


Pero estaba claro, que Raúl, un chaval de dieciséis años, que poco o nada había visto más allá de su vida rural, aquello le parecía fascinante. Nunca había sido caprichoso, y en cierto modo, casi era un alumno modélico en la escuela del pueblo. Así que, a Roberto, nunca le costaba premiarle con lo que en contadas ocasiones le pedía su hijo. Como era de esperar, la decepción al ver su esmirriada hamburguesa, y las patatas ultra congeladas, hizo que se acordase de las hamburguesas de la señora Dolores como le avisó su padre.

- Te lo dije chaval…-dijo triunfante

- Esto esta malísimo…-dio un bocado a la hamburguesa- tenías razón… pero bueno… hay hambre…


Roberto sonrió, porque en cierto modo, Raúl aparentaba ser más responsable que cualquier chico de su edad. Tras pasear toda la tarde por el centro, por fin decidieron ir hasta su hotel. Al pasar, notaron que hacía un calor excesivo y tuvieron que apagar la calefacción. Cuando por fin, sus dos hijos se durmieron, pudo relajarse viendo la televisión. Cansado, de ver en los telediarios asombrarse por una ola de frio sin precedentes, terminó por apagarla y dormirse. 

A la mañana siguiente, la alarma de su móvil les despertó. Eran las ocho de la mañana. Pero debían bajar a desayunar, ya que les entraba en el precio, y volver al aeropuerto. O más bien al parking, para recoger su coche y volver al pueblo. 

- Chaval, échame un mano, y cámbiale el pañal a Rebeca…-dijo mientras encendía la ducha

Sin rechistar, sacó del bolso del carrito un pañal nuevo y las toallitas. Le cambió el pañal, que no solo contenía aguas menores. Le sobrevino una arcada, ante la risa nerviosa de su hermana.

- Caca –decía la niña

- ¿Caca? –dijo con asco- ni las vacas hacen tanto… 

Una vez aseados todos, bajaron hasta el restaurante del hotel. Como era de esperar, nuevamente Raúl, se sorprendió al ver todas aquellas bandejas con todo tipo de dulces y cosas para comer.

- Es tipo buffet –le aclaró su padre

- Ya sé lo que es. –dijo ofendido.


Como si le fuera la vida en ello, se llenó un plato con magdalenas y cruasanes, mezclado todo con un huevo frito y dos lonchas de Bacon.

- ¿Te vas a comer todo eso chaval? –preguntó asombrado

- Tengo hambre –contestó mientras removía un vaso con cacao en polvo


Llegaron al parking del aeropuerto más tarde de lo que había previsto Roberto. Pero al fin se sentaban dentro y se marchaban a casa. Pero no podía ser todo tan fácil. Cuando dobló la primera esquina del parking, una gran cola de coches esperaban para salir. Maldijo en silencio, pues otra hora más allí, le costaría un dineral. Miró por el retrovisor, viendo como Rebeca se había vuelto a quedar dormida, y como Raúl jugaba o se mensajeaba, no lo sabía, por el móvil. 

- Oye chaval…-pretendía pincharle un poco-… al final no sé si tu novia es Eli o marta…


Raúl levantó la cabeza del dispositivo y con gesto cansado negaba con la cabeza.

- Venga chaval…-insistía-… puedes contármelo. Yo también he sido joven.

- Papa…-decía para cortar la conversación incómoda para el-… ni una ni otra. Aunque si fuera una de ellas, no te lo diría.

- Yo creo que es Eli…-intentaba disimilar su risa-… se pasa el día en el hostal

- Eli es mi amiga. Nada más. También viene Héctor y lo sabes. 

- Ahhh es verdad… entonces debe ser Marta. Vi como salía el martes de tu habitación.

- Vino porque tenemos un trabajo en grupo

- Si… un trabajo en equipo…-se rio exagerando la risa 


Los coches empezaban a moverse por fin. Cuando le tocó su turno, ya no le hacía tanta risa. La factura ascendía a otros treinta y seis euros más. Pagó con resignación, y se marcharon. Al salir al exterior, otro nuevo atasco les esperaba. El cielo se había vuelto de un color blanquecino, con toques grises. Los copos de nieve empezaban a caer de un modo lento. Aun eran pequeños. Cuando por fin pudieron incorporarse a la autovía, la nieve caía con más fuerza. Aunque nada preocupante. A pesar de llevar un vehículo adaptado para este tipo de situaciones, Roberto prefirió una conducción más precavida. Como era de esperar, a mitad de camino, Raúl también se quedó dormido. Bajó el volumen de la radio para no molestarlos, pero lo justo para poder seguir escuchando las previsiones del tiempo. Si el tiempo empeoraba, nadie contrataría habitaciones y por tanto, la recaudación del mes se vería severamente afectada. A medida que avanzaban el tiempo empeoraba. Varias rachas de viento hicieron que el cuatro por cuatro que conducía se balancease hacia los lados. La nieve, aun poco intensa, comenzaba a cubrir los campos y verdes por donde pasaban. Era una estampa, sin lugar a dudas, muy navideña. A pesar de haber hablado con su mujer la tarde anterior, no pudo contener sus ganas de llamarla. 

- Hola nena. –dijo nada más contestar

- Hola cari, ¿Qué tal estáis? –preguntó Alicia con voz cansada

- Bien. Ya estamos de camino. ¿Cómo va tu primer día?

- Todo protocolario. Presentaciones y más presentaciones. Lo más seguro es que mañana visitemos unas excavaciones cerca de aquí. Un primer contacto, digamos.

- Seguro que lo haces bien, nena.

- ¿Cómo está el tiempo por allí?

- Empeorando. Aunque nada grave. Unos pocos copos nada más. Nos quedaran unos cien kilómetros más o menos. Ya me he incorporado a la carretera. 


Mientras hablaban, en el kilómetro 77 de la 316, carretera secundaria que desembocaba en Fermoselle, una patrulla de la Guardia Civil les cortaba el paso haciéndolos parar. 

- Buenas tardes Roberto –saludó el guardia civil

- Hola Anselmo –contestó- ¿Ocurre algo?

- ¿Llevas las cadenas? –preguntó amistosamente

- Claro, siempre las llevo

- Pues haz el favor, Roberto, y ponlas. Está nevando mucho y cuando comencéis las curvas verás que está peligroso.

- No será para tanto Anselmo.

- Te aseguro que sí. 


A decir verdad, no se había percatado de la fuerza con la caían en ese instante los copos de nieve. Incluso el viento era más fuerte. A regañadientes, y con ayuda de Anselmo, colocaron las cadenas al vehículo. Para cuando terminaron, ambos estaban cubiertos de una capa de nieve sobre los hombros y cabeza.

- Ten cuidado –le advirtió el agente

- No te preocupes. 


Volvió a sentarse en su coche, y Anselmo le permitió continuar. Tal como le advirtió, al llegar a la zona de curvas, aquello era más peligroso. A los lados se amontonaba la nieve, como si un quitanieves hubiera pasado recientemente. Aun así, la estrecha calzada volvía a estar cubierta de nieve. La tormenta empezaba a ser más agresiva, y para colmo, el viento soplaba hacia su cristal delantero, haciendo que su visibilidad fuera reducida. Accionó los limpiaparabrisas, entre otras cosas, para que la nieve no se amontonase en ellos, y terminaran partiéndose por tanto peso. No sería la primera vez, pensó. A pesar de que habitualmente solo tardaba una media hora en llegar hasta su casa, les costó en esta ocasión una hora y diez minutos. Pero por fin, llegaron hasta el parking de la plaza. Despertó a Raúl, y entre los dos llevaron el carrito con Rebeca hasta el hostal. Enseguida, metieron leña en la chimenea, y lo encendieron para calentarse. También tenía calefacción de gas y luz, pero con el calor del fuego les sería más que suficiente, ya que no tenían ningún cliente alojado. Ni se les esperaban.


Comentarios

Cris Albala ha dicho que…
Que agradable sorpresa. Empezamos bien, ya pensé que quedaban tiraos en la carretera.
Con muchas ganas de seguir leyendo.
Leo Menendez ha dicho que…
Aquí, ya metido en esta nueva aventura sin yener la menor idea de lo que se pueda esperar.