Te haré un castillo. Capítulo 8

Capítulo 8
Jimena Belda

Hoy era su primer día libre, y Jimena estaba deseando ir al centro comercial de compras. No era una mujer demasiado presumida, pero le gustaba tener ropa interesante en su fondo de armario. Además de relajarla. A sus treinta y dos años, no tenía muchas amigas, y las relaciones amorosas no solían hacer demasiada aparición en su vida. Era temprano, y prefería ir a esas horas, ya que se encontraría menos gente y así, poder decidirse con más calma que se compraría. Caminaba por las galerías del centro comercial, mirando los escaparates. Algunos prohibitivos para su salario. Finalmente, entró en una tienda de ropa bastante más económica. Miraba algunos vestidos, camisetas y pantalones. Escogió las que más le gustaron para probárselo. Cuando se quiso dar cuenta, una dependienta tuvo que ayudarla a sujetar tantas prendas. Calculó por encima cuanto seria el importe total, y decidió que ya era suficiente. Se acercó al mostrador de la caja y la dependienta iba introduciendo en su ordenador los códigos de barras de cada prenda.
-Pues son doscientos noventa y cinco con treinta y dos, ¿Tarjeta o efectivo? –preguntó la dependienta
-Tarjeta, -le prestó su tarjeta para que se cobrase

Tras varios intentos, la tarjeta denegaba el pago.
-Lo siento, señora, pero no me deja. –dijo apurada la dependienta
-Señorita –dijo enfadada- que no estoy casada, prueba otra vez
-Ya lo he intentado cuatro veces, ¿no tiene otra? –dijo la dependienta
-No, no tengo otra. Y no llevo tanto efectivo. ¿Hay algún cajero cerca?
-Dos plantas más abajo, ¿Le guardo su compra?
-Si, por favor. Vuelvo enseguida. –dijo Jimena

Antes de que se diera la vuelta, un hombre se acercó al escucharla.
-No he podido evitar escucharla –dijo el hombre- si me lo permite, puedo pagarlo yo. Con la condición de que me lo devuelva.
-No déjelo, -dijo con vergüenza- puedo ir al cajero y enseguida vuelvo. Muchas gracias
-De verdad, no hay problema. –insistía- En breve empezara a llegar más gente y no vale la pena esperar.

La dependienta empezaba a impacientarse, y Jimena, muy avergonzada, sabiendo que luego tardarían un mundo en atenderla aceptó. Además, si la tarjeta le daba problemas con el datafono, igual se lo podría dar el cajero automático.
-Venga, vale. –aceptó- pero ahora me acompaña al cajero y se lo doy.
-Estupendo. –dijo sonriente a la dependienta- Me cobras lo de la señorita, y estos dos vestidos. ¿me los puede envolver para regalo?

La dependienta sumó todo, y cobró el total de la compra con su tarjeta. Jimena, roja como un tomate, sujetaba su bolsa, mientras esperaba que la dependienta envolviese los vestidos para regalo. Al terminar, ambos salieron de la tienda en dirección al cajero. Como se imaginaba, el cajero no admitió su tarjeta. Llamó varias veces al director del banco, poniéndole varias reclamaciones.
-De verdad, -le dijo al hombre que esperaba tras ella- no sé cómo hacer para pagártelo.

El móvil del hombre, sonó en ese instante. Le hizo una señal con el dedo, a modo de espera, mientras contestaba. Se alejó unos pocos metros y hablaba en privado por el móvil. De vez en cuando se giraba para mirar a Jimena. Le volvía hacer el gesto de que esperase. La llamada duro unos siete minutos.
-Disculpa, ¿por dónde íbamos? –preguntó algo despistado
-Que no sé cómo podemos hacer, para devolverte el dinero. –contestó apurada
-Oh… si… es verdad… -dijo el hombre llevándose las manos a la cabeza- Precisamente, mi cita acaba de cancelar nuestro almuerzo. Quizá… ¿podría acompañarme? Sería una pena desaprovechar la reserva que tenía. Por lo visto es un lugar muy solicitado por aquí.
-Esto… -eso la tomo desprevenida-… ¿me estas pidiendo una cita?

Hubo unos segundos de silencio. Después, al unísono, se rieron juntos.
-Ruego me disculpe señorita…-dijo el-…me ha salido así… sin pensar.
-No, no… tranquilo –se ruborizó aún más- Es que una no está acostumbrada estas cosas.
-¿Sabe qué? –trataba de que no se sintiese incomoda- le voy a dejar mi tarjeta. Cuando pueda disponer de su dinero, me llamas. No es que necesite imperiosamente esa cantidad, pero no quiero que se sepa que voy pagando sus compras a mujeres bonitas.

Jimena sintió que le latía el corazón a mil por hora. Hacía tiempo que ningún hombre la alagaba de esa manera. Así que se armó de valor.
-Creo que voy a aceptar tu invitación a ese restaurante tan importante –cuando lo dijo con boba, se sintió así. Boba.
-Y yo que me alegro, -contestó- a propósito, me llamo Harold
-Jimena –se presentó ella

Caminaron por la galería baja, hasta la salida del centro comercial. El restaurante, aunque no pertenecía dentro del centro comercial, estaba relativamente cerca. Ambos se sentaron en la mesa y el camarero les dejó que pensaran el menú.
-Dime Jimena, -entabló conversación- ¿A qué te dedicas?

Las últimas veces que dijo en que trabajaba, por lo que sea, a partir de ese momento la cosa cambiaba. Así que decidió mentir.
-Soy profesora –contestó de tal manera que no se notase que mentía
-Oh… bonita profesión. Hace años tuve la tentación de hacerme profesor en mi país.
-Eso te iba a preguntar…-hizo una pausa-… eres ingles ¿no? Por tu acento…
-Oh… me temo que se equivoca. Irlanda. –rectificó
-¡ay! Perdona… -dijo avergonzada
-No se preocupe. Estoy acostumbrado a que me confundan.
-¿Y que hace un Irlandés en España? –preguntó interesada
-Mi familia son dueños de una empresa alcoholera allí. Últimamente las ventas han caído, y yo, estoy tratando de exportar nuestro Bourbon. –expresó

La comida fue más amena de lo que Jimena se había imaginado. Incluso se sintió más a gusto que con la suma de todas las citas anteriores. Aunque, en el momento de pagar, volvió a sentirse avergonzada.
-Jimena, -le dijo sonriente- me ha hecho pasar un almuerzo muy agradable. No se preocupe por el dinero. Además, ¿Qué clase de caballero pide la mitad de la factura? –la miró extrañado- Fue idea mía y no se hable más. Aunque los casi trescientos euros de su renovación de armario, no se los perdono.

Aquello hizo que Jimena sonriera alegremente. A pesar de que el día no comenzó bien, estaba terminando mejor de lo que esperaba. Volvieron hasta el aparcamiento del centro comercial. Harold llevaba tanto su compra como las dos bolsas de Jimena. Cuando llegaron al coche de ella, incluso le acomodó las bolsas en el maletero.
-Bueno, Jimena. –le dijo con motivo de despedirse- Ha sido un placer. Lamento no poder quedarme un rato más, pero mis compromisos de la tarde no los puedo cancelar. Aunque me los hayan cancelado, por suerte, a mí.

Jimena volvió a sonrojarse.
-Igualmente Harold. En cuanto solucione el problema con el banco, te llamo y te lo devuelvo.-se despidió

Harold le tendió la mano, pero instintivamente, Jimena se acercó y le dio dos besos en las mejillas ante el asombro de él.
-¿Qué pasa? –preguntó ella
-Oh… nada…-dijo incomodo-… aun no me he acostumbrado vuestras costumbres.
-La he vuelto a cagar…-dijo ella-…si es que no acierto ni una.
-Oh… no se preocupe…-dijo orgulloso-… por un momento había olvidado mi noble educación –ironizó

Jimena no hizo ademan de contestar. Tan solo le dijo adiós y se fue. En cuando la perdió de vista, Harold miró la bolsa donde había comprado los dos vestidos de regalo. Miró hacia todos lados, y descubrió una pareja joven que se daban cariños uno al otro. Se acercó a ellos.
-Joven, -le dijo Harold ante la mirada sorprendida de los dos- aquí tiene, su regalo de aniversario.

Le dio la bolsa al chico, y se alejó ante la mirada de asombro de la pareja.

Comentarios

siyalosabes ha dicho que…
Me gusta que, a pesar de que el lector sabe que Harold es extranjero, los personajes con los que habla es la primera vez que lo conocen, por lo que un acento irlandés destaca. Seguimos...